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María Ángeles Durán: La servidumbre de los cuerpos

 

En sus estudios sobre la sociología del cuerpo, Le Breton expuso con gran éxito la idea de que la técnica y la ideología estaban construyendo la nueva corporalidad de la Modernidad. Más restringida la velocidad del cambio por condicionantes éticos que por barreras tecnológicas, el cuerpo humano escapaba de su condición natural y dejaba progresivamente de ser un cuerpo orgánico para convertirse en un cuerpo plástico, protésico, digital, cibernético y, finalmente, inmaterial. De golpe y sin previo aviso, esta perspectiva parece haberse esfumado. A causa de la pandemia de la covid-19, las insuficiencias de la técnica y de la estructura productiva se han hecho patentes y la penuria de simples equipos de protección ha echado por tierra el sueño de la inmortalidad cibernética. Quizá no era un sueño, sino una pesadilla en los comienzos de su gestación. Las relaciones humanas se han hecho más restringidas y corpóreas a la par que virtuales; el cuerpo no puede darse ya por garantizado ni es el telón de fondo que enmarca las demás cualidades de la persona, sino un aviso de alerta que se anticipa a cualquier otra percepción. El miedo al contagio se ha instalado firmemente y evitar el cuerpo del otro es una guía de conducta legalmente impuesta.

Alrededor del cuerpo todo ha cambiado. Simmel enfatizaba la importancia del rostro, la mirada y el reconocimiento visual, la sensorialidad, los detalles, la etiqueta de la gestualidad. En lugar de proyectarse, ahora el gesto se reprime, sobresalta al otro, obliga a pedir disculpas por el acercamiento excesivo. Códigos complejos y elaborados por un aprendizaje de siglos, basados en la capacidad de ver, oír, tocar, oler y gustar, tendrán que rehacerse y de momento están en suspenso, en el torpe ensayo de olvidarlos e instalar a tientas los nuevos.

Mientras las pilas de agua bendita están vacías, el gesto ritual ha revivido a la puerta de los centros comerciales, donde el rastro del aroma levemente punzante del hidrogel se expande a veces hasta las calles. Tememos las nubes de respiración que acompañan nuestro paso y el de los otros. Sospechamos del aire y el agua por si arrastrasen gotículas contaminantes. La voz del otro, su risa, su cántico, su estornudo o su beso; todo es posible vínculo de transmisión del mal. Para evitar la nariz y la boca de los otros, tapamos con máscaras nuestra cara, enfundamos el cuerpo en trajes de astronauta cuando la actividad nos obliga al contacto físico.

La exhibición de los cuerpos bien mantenidos se había declarado consustancial a la Modernidad. ¿Cómo se ejerce la seducción en los espacios encapsulados, fragmentados por mamparas acrílicas, con la distancia regulada a un mínimo de dos metros? La vestimenta y el adorno eran signos del cuerpo, pero no hacen falta signos, o al menos no de ese tipo, cuando han dejado de frecuentarse los espacios de encuentro. En la rebeldía de los jóvenes no hay sólo la prepotencia de quien se cree inmune, también se afirma la necesidad de reponer la pérdida del contacto, del juego.

Las manos eran antes una herramienta para conocer el mundo, y la pandemia las convirtió en fuente de riesgo. Tocar es ya un ejercicio prohibido o, cuando menos, fuertemente desaconsejado. Por prescindir del cuerpo, ahora rehuimos la exploración y la caricia. Un ligero chocar de codos sustituye malamente al apretón de manos, al roce suave de las yemas de los dedos. Se ha generado una nueva avaricia de la proximidad; hay que escatimar, limitar personas y espacios, decidir con quién se quiere o necesita compartir la cercanía. Entre el afecto y la consciencia, se instala la lotería del riesgo. Lejos de quien querríamos estar cerca, el azar nos coloca próximos a los desconocidos irrastreables que posaron sus manos hace un rato en la misma barandilla o los que respiraron en el mismo ascensor y cabina. Sentimos nostalgia por la pérdida de los grupos intermedios, la de quienes sin ser íntimos compartían con nosotros la mesa festiva, el espectáculo, la reunión religiosa o el debate presencial.

En toda política hay algún tipo de coacción o restricción sobre el cuerpo; en la pandemia, las prohibiciones y restricciones tratan de limitarse al nivel inocuo de la recomendación, pero su eficacia escasa obliga a imponer sanciones de todo tipo al incumplimiento, desde multas hasta privación de libertad. En el plano personal, la norma y su desobediencia se acompañan de un arco de sensaciones, desde la festiva del reto y la aventura hasta la dolorosa del desasosiego y la culpa. Lo que comenzó con el anuncio de un breve cierre de los espacios educativos ha ido prolongándose mes tras mes, sin que el fin del confinamiento haya traído una libertad real de movimientos, ni a corta ni a larga distancia. Imposible hacer proyectos en medio de tanta incertidumbre, cuando la amenaza sigue latente y agazapada, pronta a revivir por circunstancias propias o ajenas. Suplicamos, para que declaren a nuestros territorios libres de riesgo de contagio, para facilitar la llegada de los otros/consumidores. Y bregamos, actuamos contundentemente para evitar que vengan a nuestro territorio los otros/no consumidores, o los que proceden de territorios contaminados.

La Modernidad había creado infinidad de ocupaciones relacionadas con el cuidado, mantenimiento y esplendor del cuerpo. Más allá de la lucha contra la enfermedad, la medicina se había expandido hacia los límites de la estética, el modelado, la corrección de las imperfecciones. Pero el temor al cuerpo ajeno, al contacto con los otros, ha mermado la asistencia en los gimnasios, las salas de fisioterapia, las manicuras y demás servicios personales. El acceso, gratuito o pagado, al cuerpo del otro también se ha redefinido en un nuevo equilibrio entre la oportunidad y la prudencia.

No sabemos cuánta gente quedará marcada por las secuelas de la enfermedad, el estrés, las convivencias intensivas no deseadas, el sedentarismo, el desuso de los servicios sanitarios y, en los casos peores, el desempleo y el hambre. Pero no sólo pasa factura el daño directo, objetivo y medible. A los mayores, la pandemia nos ha dejado más aislados y viejos, anclados en el estatuto ambiguo de la necesidad de protección. A los enfermos y a los que van a morir, más solitarios; quizá sea la oportunidad de repensar la deriva organicista de la medicina y, por ende, del sistema sanitario, que ha avanzado en el conocimiento de las parcelas del cuerpo a costa de olvidar al paciente en su totalidad de persona. A los forasteros, la pandemia les ha convertido en más sospechosos y rechazables. A las mujeres, más sobrecargadas por el cuidado. A los afortunados que atravesaron la enfermedad sin sufrir sus síntomas les ha premiado con un nuevo título de aristocracia de sangre.

Para compensar tanto sufrimiento, inventamos risas donde no hay ganas, esperanza contra todo pronóstico; lo que antes decían agarrarse a un clavo ardiendo. El clavo ardiendo es la vacuna, la contención. Sabemos que tardará en llegar y, aun cuando el antídoto sea capaz de ofrecer suficiente protección, persistirán las desigualdades y la dificultad de acceso. ¿Quién podrá pagarla, asegurar las dosis, a pesar de las economías endeudadas? ¿Cuántos cuerpos enfermarán, morirán entretanto?

Lo que el coronavirus nos ha mostrado a todos es que la Modernidad puede tener caminos de vuelta atrás. Que somos vulnerables y hemos de adaptarnos a las servidumbres de nuestro cuerpo, inventando un modo distinto de tratar con los cuerpos ajenos.

Catedrática de Sociología e investigadora especializada en el análisis del trabajo no remunerado.

 

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