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Alirio Pérez Lo Presti: La alegría de vivir

 

Creo que ni siquiera estudiaba bachillerato cuando se armó una sampablera en el colegio. En el centro del alboroto, había una chica rubia y apretada en carnes que decía a viva voz, rodeada de varias decenas de estudiantes que el “camino es la revolución”. Luego de soltar la inefable frase, quedamos todos en silencio y en un alarde de histrionismo que pocas veces he visto, cerró el discurso enfatizando que “el camino es la revolución… La revolución del amor”.

Descreído y casi a punto de salir corriendo por la teatralización que el momento generaba, di un paso al costado y me retiré con sigilo. No sé qué quería decir con eso de la Revolución del amor y ni estaba dispuesto a averiguarlo. Imagino que en el ideario de cada generación, surgen conceptos que destacan tanto por su banalidad como por su aparente profundidad. En esos mismos días leí por primera vez El banquete de Platón y entendí que eso de dizque “amor platónico” era una chapucería y piratería que la gente repetía sin saber que nada está más erotizado que el discurso de ese libro.

La joven se tomó lo de la revolución del amor en serio (al menos así parecía) y aspiró a ser la presidenta del Centro de Estudiantes. En su campaña repartió un librito pequeño que tenía en la portada esa foto clásica de un atardecer en donde los rayos del sol hacen contraluz con la superficie del mar. Es la misma foto con la cual se acompaña la frase Dios es amor y la vemos recurrentemente presente en mensajes de autoayuda y esperanza. El título del librito era La alegría de vivir.

La alegría de vivir

Hace poco estuve en misa y no pude evitar sentir risa por la indumentaria del sacerdote. Aplaqué la carcajada diciéndome a mí mismo que el hábito hace al monje y recordé el contenido del librito La alegría de vivir. Básicamente señalaba que se alcanzaba el amor a través del disfrute de las cosas sencillas de la vida y que el amor finalmente se materializaba cuando uno encontraba a Dios. De verdad que ya no son cosas que me parezcan atractivas discernir, pero con sus implicaciones y pesados elementos culturales, esos asuntos siguen siendo universos que pareciera que cargáramos siempre a cuesta. Tal vez la cruz de cualquier hombre sea cargar con sus dudas, así como la liberación de cualquier hombre es abrazar la duda como eterno elemento inspirador y tendiente a subvertir lo convenido y reconfigurar la esencia de lo que somos. De ahí que la ausencia de certeza es el motor de cualquier inventiva que parte, a fin de cuentas, de una carencia. La creación surge porque hace falta algo y ese algo faltante es el elemento inspirador a las grandes motivaciones humanas. La ausencia de certeza es una representación de inteligencia y la certeza absoluta de cualquier prédica es un signo de potencial fanatismo, sinónimo de fatalismo.

La alegría de vivir, en su momento, me pareció un libro ridículo y fatuo, para gente sonsa y de escasa capacidad para el discernimiento propio. Hoy en día me parece un texto que puede ser de ayuda para muchos y si eso es así, se justifica su presencia y celebro su existencia. Todos los caminos conducen a tratar de lidiar con la forma de ver el mundo de los otros y aceptarlo en buena lid es la base de la socialización sana y la vida en equilibrio en el contexto de una sociedad.

La gente ama y también odia

En una ocasión, ocupando una Jefatura había dos grupos de trabajadores enfrentados. Con grandes dificultades para crear espacios de entendimiento decidí ponerme en contacto con dos colegas expertas en resolución de conflictos y mejora del clima laboral en instituciones. Se me ocurrió que contratarlas a la vez, sin que ellas lo supieran, podía ser un elemento que sumara potenciales posturas encontradas en relación al mismo asunto. Resulta que las contraté por separado y no pudo ser mayor la sorpresa hasta que se dijeron hasta de lo que se iban a morir cuando se encontraron de frente. Lo malo fue la vergüenza que pasaron cuando se pelearon frente a todos los trabajadores. Lo bueno fue que pude prescindir de sus servicios y ahorrarme una buena suma de dinero. El trabajo de unificar a los grupos lo realicé personalmente a martillazos y de moraleja nos quedó la percepción de que en muchas ocasiones, hay personas que viven de predicar lo que no practican. Con eso estamos hartos de lidiar y resabiados de enfrentar.

A manera de colofón puedo decir que La alegría de vivir es un manual de comportamiento que por buenos modales no puedo caricaturizar. En la práctica, prefiero leer libros viejos y novelas clásicas que me hacen repensar las cosas sin atisbo alguno de burla. Lo que piensen los demás tendrá mi más profundo respeto, aunque ni o comparta ni lo crea medianamente sensato. Lo que sí exijo a cambio es la reciprocidad en lo que atañe a la forma de vincularse conmigo. Respeto se gana con respeto. ¿Cómo exigirle menos a quien se le ocurra siquiera asomar su nariz y hurgar nuestra forma de conceptuar la existencia?

@perezlopresti

 

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