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Joschka Fischer: El virus que cambió al mundo

 

La pandemia de Covid‑19 ha expuesto sin piedad las debilidades de las instituciones de las que depende la inmensa mayoría de la población del mundo. En esto están incluidos los gobiernos nacionales y el orden internacional. Ninguna de las dos cosas tiene grandes chances de sobrevivir en su forma actual, ni deberían.

Ya mucho antes de que analistas entendidos anunciaran la llegada del «Antropoceno» (una época geológica definida por el dominio humano de la naturaleza), en las economías industrializadas avanzadas se daba por sentado que el mundo estaba básicamente bajo nuestro control. Pero entonces vino un organismo microscópico y trajo consigo un shock global. Y pese a todo el conocimiento científico y las capacidades tecnológicas de la humanidad, la Covid‑19 está ganando, al menos por ahora.

Para colmo de ironía, los países más avanzados y poderosos del mundo se hallaron entre los menos preparados para la pandemia. Gastaron millonadas en investigación y desarrollo, y tienen las tecnologías más poderosas del mundo y los ejércitos más fuertes, pero no se tomaron en serio el riesgo de que la siguiente gran amenaza pudiera proceder de la naturaleza. Ahora sabemos que fue un error de proporciones históricas. Lo que antes parecía inverosímil sucedió: se nos posó la madre de todos los cisnes negros.

A primera vista, la crisis de la Covid‑19 parece obrar en el sentido de fortalecer las instituciones establecidas. El estado‑nación tradicional asumió la tarea inmediata de contener el virus y sus repercusiones económicas, y las instituciones multilaterales de la posguerra sólo han desempeñado un papel auxiliar. Incluso en Europa, son los estados nacionales y no la Unión Europea los que lideran la lucha contra la pandemia.

Y sin embargo, esto es señal de un enorme malentendido. El sistema internacional comprende estados de tamaños muy diferentes, con distintos niveles de poder, pero todos ellos fieles al viejo mito de la soberanía nacional. Ese sistema, en su forma actual, surgió de las cenizas de las guerras religiosas del siglo XVII en Europa, y se consolidó primero a través del colonialismo y después a través de la descolonialización (ella misma una reacción nacida de nuevos estados‑nación).

En la primera mitad del siglo XX, el trauma de dos guerras mundiales y la llegada de la era nuclear demostraron la necesidad de una reforma radical del sistema internacional. La innovación principal fue la creación de Naciones Unidas como contrapeso a las pretensiones de los estados nacionales. El transnacionalismo se convirtió en el nuevo ethos: los estados nacionales debían poner límites a su egoísmo y mantener la paz y la cooperación dentro de un marco de instituciones globales.

Pero en realidad, el poder nunca se entregó a la ONU, sino que siguió en manos de las superpotencias mundiales, es decir (a grandes rasgos), los miembros permanentes del Consejo de Seguridad. De modo que por varias décadas, el sistema internacional se basó en un equilibrio implícito entre el nacionalismo y el transnacionalismo, en el que Estados Unidos era a la vez garante del marco multilateral y uno de sus participantes. Pero desde la asunción al cargo del presidente Donald Trump, Estados Unidos ya no se considera atado a deber alguno.

Lo cierto es que el período posterior a la Segunda Guerra Mundial fue también el momento en que el mundo entró realmente al Antropoceno, con la adopción plena de la idea de un progreso material dirigido por la humanidad en el nivel global. En las décadas que siguieron, hubo un enorme aumento de la población mundial, desde unos 2500 millones de personas hasta casi ocho mil millones en la actualidad.

Pero el Antropoceno también ha sido un período de extinción en masa. Y al extenderse la industrialización a otras regiones del mundo, el consumo de recursos naturales se disparó. Uno de los resultados es que el calentamiento global antropogénico llegó a un nivel peligroso antes de que empezáramos siquiera a organizar una respuesta adecuada.

Al mismo tiempo, las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación, cambios en la distribución de la mano de obra y el surgimiento de las cadenas de valor globales llevaron a un aumento de la interdependencia. Pero ahora que un virus detuvo al mundo entero, estamos aprendiendo que una economía globalizada se parece a un Fórmula Uno: una máquina muy eficiente y a la vez muy frágil.

A futuro, el estado‑nación tradicional (incluso uno tan poderoso como Estados Unidos o China) será incapaz de manejar un mundo interconectado con más de ocho mil millones de personas. Sencillamente, el horizonte de intereses del estado‑nación es demasiado estrecho. El Antropoceno no puede sino acentuar la importancia de los intereses compartidos de la humanidad, y sobre todo la cuestión de su supervivencia. La pandemia de Covid‑19, que en última instancia demanda coordinación internacional, está mostrando que en algún momento los intereses nacionales tendrán que pasar a segundo plano. Las próximas crisis que creará el cambio climático serán mucho mayores, y sus consecuencias irreversibles.

Si bien el estado‑nación seguirá teniendo un papel indispensable en lo referido a proveer buena gobernanza y contribuir a las iniciativas globales, el principio de nacionalismo sólo agravará las futuras crisis sistémicas. Después de la pandemia, tiene que comenzar una nueva era de cooperación internacional y fortalecimiento de las instituciones multilaterales. Y esto se aplica en particular a Europa.

Hoy más que nunca, tenemos que recuperar el espíritu de 1945. Las dos superpotencias del siglo XXI (Estados Unidos y China) tienen que dar el ejemplo, enterrar su rivalidad y unir a la humanidad en torno a una respuesta colectiva a la crisis actual y a las que nos aguardan. Como la Covid‑19 nos enseñó, el viejo sistema internacional ya no es garantía de protección de la humanidad contra amenazas naturales o intencionales. No podemos darnos el lujo de que nos den esa lección dos veces.

 

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