Buscamos una transición pacífica. González Urrutia/El País.
Mucho de lo que ha sucedido en nuestro país en materia educativa ha dependido de un contexto sociopolítico contrario a los intereses y aspiraciones las mayorías, y que en buena medida es consecuencia de la recomposición salvaje de la geopolítica global, que indica la reinstalación de la Doctrina Monroe como respuesta airada y desordenada al ensanchamiento de la inhumana influencia militar de la Rusia de Putin y la creciente economía política de la China (de capitalismo salvaje) en las Américas. Lo que estamos leyendo, lo que suponemos ocurre al cierre de nuestra edición 1054, apunta al desarrollo de una intervención que progresivamente está pasando de guerra fría, en todos sus componentes y escalas físicas y espirituales, a guerra en caliente. Donde se juntan todas las contradicciones y las desgracias propias de la conveniencia política y económica que carece de filtros democráticos. Hay una negociación entre Trump y Maduro, porque la hay, con poca o ninguna presencia del interés nacional y sin frutos visibles para quienes están fuera de la élite que gobierna; en paralelo a un ruidoso despliegue de fuerza destructora, que hacen quimérica una transición respetuosa de los resultados del 28-j-2024. De ese modo no hay mucho oxígeno para una transición razonable y pacífica, aunque no dejemos de aspirarlo. Un residuo de optimismo lleva hoy a aspirar a conversaciones eficientes para la transición (en minúscula), a una TRANSICIÓN de verdad; que abra pacífica y constitucionalmente las puertas a cambios ordenados para superar el estado fallido que tenemos, para ponernos en camino al estado de bienestar que aspiran las mayorías que configuran la sociedad democrática.
Casi agónicamente parece todavía ser posible una negociación entre los factores extra-nacionales que hoy aplastan la vida del Venezolano de a pie, para abrirle el paso a una transición a la transición. Como la que dibuja el New York Times, al ponerle nombre propio a los que pudieran ser los ejecutores de esa transición provisional, también a los mínimos que ella debería garantizar. Una transición a la transición necesaria, que ponga fin a los horrores de esta guerra asimétrica contra el pueblo venezolano, post 28-j-2024. Que al menos ponga fin a la ola represiva más larga y alta que conozcamos, en la que resalta hoy la muerte en custodia de Alfredo Diaz, la prisión del presidente de la CTV Elías Torres y la detención extorsiva de Nicmer Evans, al lado de la creciente suma de muertes y prisión ilegal de probados demócratas, del mundo civil y militar. Abría de reconstruirse con mediación internacional el poder electoral y mejorar la calidad de vida que supone la imposición de un régimen social de sálvense quien pueda. La represión de estado mata a muchos, pero la abyecta precariedad en que vive la gente ha matado muchos más. Razones por las cuales se nos puede hasta acusar de forzar el optimismo hasta niveles de Candidez Volteriana, cuando se sugiere que el gobierno está cediendo a la urgencia de dejar el poder, pero cubierto por una taima, un colchón anti-venganza, que permita su salida ordenada después de tanta intransigencia movida por la pretensión de gobernar para siempre. Ya veremos qué ocurre con la inefable realidad, que en estos tiempos suele hablar en contrario a los intereses democráticos de la nación.
Revista N° 1.054 Memoria Educativa Venezolana, paso a paso

