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Jesús Alberto Castillo: Janilo Carruyo, de jugador de pelotica de goma a gran practicante de tirolesa

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Me levanté esta mañana con ganas de escribir en medio de una recaída por la virosis que hoy arropa a casi un país entero. La razón era obvia: el sueño que había tenido y su conexión con la arropante propaganda en las redes sociales. Aún con la garganta adolorida de tanto toser y las fosas nasales congestionadas, tomé la pluma para plasmar un momento onírico. Me encontraba resolviendo un producto notable, de esos ejercicios que nos enseñan en álgebra de bachillerato. Se apersonó ante mí el pana Janilo Carruyo, un maracucho de pura cepa, para invitarme a ver una partida de pelotica de goma, uno de sus deportes favoritos. No lo dudé un instante. Dejé el compromiso que tenía y fui a compartir el maravilloso juego que pone a más de uno a vibrar de emociones.

Janilo Carruyo, como buen hijo de “La tierra del sol amada”, soltaba su chispa en el terreno de juego. Golpeaba con fuerza y habilidad magistral la pelota de goma, corría a gran velocidad y echaba su chiste en cada jugada. Hacia lo que estaba a su alcance para llamar la atención a propios y extraños. La gente saltaba de alegría con cada travesura del ilustre marabino. El asunto no se quedó allí. La algarabía fue mayor cuando, al concluir el partido, comenzó a hacer piruetas en una improvisada colchoneta que trajeron al instante. Janilo parecía encantado. Realizó unas cuantas volteretas, se sostenía con las dos manos y las piernas elevadas y, luego, improvisaba unos saltos ornamentales. Todo un espectáculo digno de presenciar.

Los aplausos no se hicieron esperar. El joven marabino disfrutaba a rabiar lo que hacía. Luego, invitó a algunos osados del público a jugar “el salto de la mula”. Los fue colocando en fila india y procedió a saltar uno por uno hasta más no poder. Todos se sentían complacidos. Al concluir la jornada no se quedó allí. Los invitó a un nuevo reto. Se atraería a cruzar un río muy cercano atado a unas cuerdas como una especie de rescatista dispuesto a salvar muchas vidas en caso de desastres naturales. El carismático maracucho quería impresionar y demostrar hasta dónde puede llegar la osadía del ser humano. Así lo hizo y los aplausos nuevamente no se hicieron esperar del hipnotizado público frente a la tirolesa ejecutada por el joven Janilo.

Me quedé sorprendido. Teníamos frente a nuestros ojos a un hábil maracucho que se había ganado el corazón de todos. Él, que veneraba con gran devoción a la Chinita y exaltaba hasta lagrimear el portentoso puente Rafael Urdaneta, se había venido a estas tierras sucrenses a ganarse la vida como comerciante. Ahora daba muestra de toda su fulgurante energía, su pasión por el juego de la pelotica de goma, los saltos ornamentales y las actividades de salvamento. Lo único que le faltaba era meterse a dirigente político, aspirar a un cargo público y desde allí vislumbrar con esas cualidades. Pues, ya no tendría necesidad de esforzarse en gobernar para dar mayor calidad de vida a la gente, sino tenerla encantada a sus pies como el flautista de Hamlet.

Cuando estaba en la parte crucial de mi sueño, unas voces venidas de afuera y los primeros rayos del sol interrumpieron mi experiencia onírica para regresarme a la realidad. El sueño donde me había sumergido había generado una especie de reflexión a propósito de una serie de eventos noticiosos que he venido observando en las redes sociales donde la imagen tiene mayor relevancia que el texto. Precisamente, parte de las imágenes plasmadas en el espacio virtual, previamente las había visualizado en mi transitar por los alrededores del Liceo Sucre y las riberas del Manzanares en Cumaná, durante mi rutina diaria como docente de la UDO. Así que no lo pensé dos veces y decidí escribir estas desafiantes letras para que el público lector saque sus conclusiones.

 

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