El primer poblado de la región venezolana es una misión fundada por los Capuchinos catalanes que se establecieron en la zona tomando el nombre de Misión de San Félix de Tupuquén alrededor de 1770. El descubrimiento de yacimientos de oro empieza a atraer a muchas personas que le otorgan el nombre de Nueva Providencia. Finalmente, el pueblo viene a llamarse El Callao según cuenta una leyenda muy famosa de un minero que habiendo encontrado una gran cantidad de oro, se quedó “callao” para que éste no le fuera saqueado (DALY K. 2013: 68). La particularidad de este poblado es que no nace como sociedad o pueblo instituido, sino que surge como consecuencia de la gran confluencia de personas acudidas a explotar los primeros yacimientos aluvionales de oro(1).
En 1850 nace la llamada Proclama del Oro, también conocida como Oro del Yuruary, con que se daban a conocer los resultados de las investigaciones que no dejaban ninguna duda acerca de la abundancia de la mina y de la finura del metal. Inmediatamente cambia el paisaje: llega una masa heterogénea de buscadores de oro con sus modelos de vida ajenos a la región e inversionistas interesados en la explotación. Empieza una nueva etapa en la búsqueda de El Dorado y al mismo tiempo empieza un proceso de expoliación favorecido por la falta de una política de control sobre la licencia de concesiones a compañías extranjeras (RODRÍGUEZ MIRABAL A. 2013).
La noticia de la gran riqueza que tenía la región se dio a conocer primero entre los centros cercanos y en poco tiempo alcanza los lugares más lejanos y empieza una importante migración. Su posición logística, además, facilitó la llegada de familias enteras procedentes de las Antillas y de Trinidad que podían aprovechar de las vías marítimas y fluviales.
La región sufre una importante transformación en 1868 en cuanto se le cambia status jurídico y desde entonces pasa a considerarse estado minero. Esto permite un cambio sustancial en cuanto la población de rural pasa a ser urbana y con la llegada de nuevos pobladores se adquiere un estilo de poblado minero. Esta nueva condición conlleva primero la diferente construcción de viviendas que ya no son fijas sino inestables, se forman de la noche a la mañana y desaparecen con la misma facilidad. Casa y sitio de excavación coinciden, los patios se rellenan de huecos. Hay un fuerte incremento del costo de la vida e inclusive los alimentos y los artículos de primera necesidad suben a alturas impresionantes, debido también al alto costo de los transportes. Las vías de comunicación van a ser el problema más arduo de resolver en cuanto de difícil acceso la vía por tierra porque peligrosa por los posibles atraques, obstruida por una vegetación tupida, problematizada en temporada de lluvias. También las vías marítimas, si bien más idóneas, presentan su problematicidad. Lo más difícil resulta la circulación de maquinarias. De ahí que la región queda prácticamente aislada. En este contexto, con el arribo de un intenso flujo inmigratorio, procedente sobre todo de las Antillas y Trinidad, las mayores transformaciones se verifican en el ámbito social, dado que las modificaciones sustanciales se registran en las costumbres, alimentación, en el costo de la vida y en el lenguaje (RODRÍGUEZ MIRABAL A. 2013).
A finales del siglo XVIII los Franceses se encontraban en Trinidad dado que el reino español le había cedido el territorio que desde un punto de vista económico no era particularmente productivo. En 1797 los Ingleses invadieron Trinidad, pero ya la huella francesa se había quedado en las costumbres y en la identidad dando lugar, entre otro, a los calipsoniam o sea hombres dedicados al canto del calipso en francés. Poco a poco el canto se fue apoderando del idioma inglés produciendo la mezcla entre idiomas que hoy se conoce como patois (DALY K. 2013: 82).
Alrededor de la segunda mitad de mil ochocientos también en Venezuela se intenta promulgar leyes sobre la inmigración lo que proporciona que a finales del siglo en el Oriente de Venezuela se dirigieran habitantes de las Antillas inglesas y holandesas, afincándose esencialmente en la región minera de El Callao. Aunque en su mayoría eran jornaleros, una parte de estos inmigrantes se estableció definitivamente otorgándole una marca étnica y cultural peculiar a toda esa zona (HERNÁNDEZ GONZÁLEZ M. 1997: 42).

Gracias a la permanencia de estos inmigrantes, la Guayana venezolana se presenta hoy como una isla cultural en donde: «los tipos físicos, el mundo de valores, la cultura culinaria, las manifestaciones populares tradicionales y el lenguaje […] muestran una imagen y una esencia que los identifica con los cercanos vecinos de Trinidad» (COLMENARES J.M. 1990: 106).
No obstante esta región nunca fue dominada por los Franceses es una de las pocas zonas no fronterizas en que se habla patois o criollo francés venezolano. En efecto existe una frontera marítima, en el Golfo de Paria, compartida desde antaño entre Venezuela y Trinidad. Estas dos regiones están separadas de una distancia de unos pocos kilómetros (cerca dieciséis) que permitió un constante intercambio entre las poblaciones y consecuentemente entre las lenguas. Cruzaron estos kilómetros de mar las lenguas amerindias en época precolombina y, después de la conquista, el español, el francés, el inglés, las lenguas criollas caribeñas del léxico francés y del léxico inglés, y también hindi y bhojpuri o bhoyapurí, idioma hablado en algunos estados de Las Indias y difundida también en Guyana, Surinam, Mauricio, Fiyi y en Trinidad y Tobago (FERREIRA J.A. 2010: 1-2).
La presencia de la cultura caribeña en la región guayanesa es representada, entonces, según varias manifestaciones. El arte culinario, por ejemplo, muestra muchos aspectos procedentes de Trinidad. La costumbre de consumir “roti”, un plato indo- trinitario, manifiesta como el contacto entre los países que se asoman al mismo mar ha continuado hasta después la segunda mitad del siglo XIX debido a que los descendientes de los trabajadores de India llegados a Trinidad en 1845 se trasladaron a Venezuela (FERREIRA J.A. 2010: 4). Si bien Trinidad nunca fue reclamada como colonia por los Franceses, el francés siguió siendo la lengua del comercio y de la alta sociedad aunque cuando se convirtió en territorio inglés, mientras que el criollo francés era la lengua franca del pueblo, esa misma que entró con los inmigrantes a Venezuela en donde prosperó hasta transformarse en el criollo francés venezolano(2). Las inmigraciones siguieron bien terminada la esclavitud y es por eso que no podemos identificar ese idioma únicamente con los grupos étnico procedente de África como esclavos. En realidad el patois aparece más bien como lengua de inmigración. Claro está que no se puede prescindir de la realidad afrodescendiente en cuanto a tradiciones y costumbres. Uno de los vehículos para el mantenimiento de este idioma es sin duda el Carnaval.
El Carnaval en Trinidad adquiere las costumbres francesas en donde las fiestas se desarrollan de manera refinada y elegante y a las cuales sólo podían participar los blancos Franceses mientras que estaban prohibidas a Africanos y mestizos las fiestas carnavalescas de calle, si bien la celebraran en sus espacios propios (SARTI R. 2013: 324). La prohibición se mantiene también bajo el dominio inglés hasta cuando, en 1838, al promulgarse la ley para la abolición de la esclavitud, los Africanos, en honor a la fecha de liberación, celebran las fiestas a principio de agosto. Pero si bien termina la esclavitud, no termina el racismo de modo que los blancos siguen rechazando la presencia de los negros a las fiestas del carnaval acusándolos de cargar las fiestas con expresiones culturales:
«inmorales, obscenas, violentas y cargadas de manifestaciones sexuales explícitas. La totalidad de la prensa de la época pedía su prohibición, lo cual proporcionó al gobierno colonial británico el pretexto para aprobar varias leyes en contra de toda forma de expresión de las tradiciones culturales africanas. Pero mientras más represivas eran las leyes, más agresivas eran las respuestas. Pues, el carnaval para los negros, más que música, disfraces y bailes, era el verdadero motivo de su existencia; representaba el mecanismo de lucha más emblemática que la comunidad negra tenía para protestar en contra de las injusticias a que eran sometidos diariamente» (SARTI R. 2013: 324-325).
Si consideramos que en sociedades relativamente estables las manifestaciones folclóricas pueden crear contextos en que se encuentran ritualmente los poderosos con los desposeídos, en sociedades más conflictivas las manifestaciones populares, una vez que han sido legitimadas oficialmente, proporcionan el marco institucional necesario para mortificar a la estructura del poder, para ostentar rebeldía y hasta protestas, las cuales son difíciles de reprimir oficialmente. El Carnaval, según las ciencias sociales, permite la autodefinición de los grupos étnicos en relación con la sociedad mayor. En condiciones creadas por los inmigrantes se articula cierta relación entre la sociedad de origen con la de destino, en donde los grupos minoritarios encuentran audiencia y los mayoritarios definen las fronteras étnicas (FREIDENBERG J.- KASINITZ P. 1990: 109).
En este contexto se pone el Carnaval de El Callao, en donde, durante el desfile, aparecen todos los grupos étnicos que comparten el mismo poblado y en donde los disfraces comunican el rostro de tantas culturas que se han ido sobreponiéndose a lo largo de la historia. Los participantes se disfrazan con hábitos que representan a los varios personajes de la sociedad callaoense del siglo XIX: las madamas que recuerdan a las mujeres africanas; los diablos típicos de los mitos populares criollos; el peón que se forja en los negros con el cuerpo pintado… todos juntos desfilan bailando y cantando.
Las madamas reflejan a las matronas de la sociedad caribeña de Martinica, Dominica y Guadalupe, quienes durante el siglo XIX vinieron a El Callao acompañando a sus hombres e hijos, trabajadores de empresas británicas a las que fueron dadas concesiones para la explotación de oro. Los trajes están formados por enaguas blancas sobre las cuales se colocan vistosos vestidos de falda larga ornatos con botones y piedras de colores. Completan el vestuario numerosos collares con cuentas de colores, a veces acompañados de cruces de oro o plata, relicarios y otras prendas, a las que se unen gran cantidad de pulseras. El toque final lo da un gran pañuelo amarrado en la cabeza en forma de turbante. Las madamas son quizás el icono más representativo de El Callao, el único lugar de Venezuela en donde se pueden ver a estos personajes. Mientras las madamas lucen vistosos ropajes con elegancia, cantan los versos que dan vida a la festividad y bailan mientras desfilan al ritmo del Calipso.
Los diablos, adultos o niños, vestidos de rojo, blanco, azul o amarillo cuyas cabezas se cubren con grandes máscaras llenas de cuernos, se reanudan a los mitos populares y supersticiones criollas. Característicos de la cultura venezolana, representan el mal y la fuerza de los colonizadores europeos. Los diablos exhiben máscaras gigantescas y puyan con sus tridentes a la multitud para abrir paso entre las comparsas.
La figura del peón se manifiesta en los negros mediopinto, hombres que se pintan todo el cuerpo con betún o pintura negra y abrazan a los espectadores que no les den bebida o dinero. Los visitantes corretean al mediopinto en un acto simbólico y curioso, durante las celebraciones del carnaval.

También desfilan comparsas y disfraces alusivos a las etnias indígenas de la región Guayana.
Lo más representativo entre los cantos que acompañan al baile es el calipso(3), que aquí toma el nombre de Calipso a lo venezolano, a subrayar la unicidad con que este canto se expresa. En el Calipso se manifiestan la herencia africana, antillana, venezolana, francesa y anglosajona. Y es el Calipso también la música que acompaña el Carnaval de El Callao. El Calipso, sello único de la fiesta, emplea mucha percusión de tambores de todos los tamaños, tanto de madera como los metálicos steelpan, tambores que nacieron en Trinidad construidos mediante la percusión de las tapas de los bidones de petróleo hasta adquirir la forma de una gran taza según un proceso conocido como “hundimiento del tambor”. Los cantos se expresan con un lenguaje en que se reconocen trazas inglesas, francesas, africanas e indígena sumando años de convivencia que han permitido a cada cultura expresar su historia, sentimientos y emociones más profundos.
El calipso es una filosofía de vida en donde se comprenden las complicadas costumbres que han resultado de esa mezcla y al mismo tiempo en donde se manifiestan todas la emociones: de las tristes a las felices. Es cierto que al ritmo del calipso se celebran los nacimientos, pero también se entierran a los muertos, se cantan los triunfos y las injusticias hasta hacerse canto de protesta.
Si bien de origen afroantillano el calipso de Venezuela adquiere características suyas con la incorporación de instrumentos musicales venezolanos, o sea el cuatro, la campana y las maracas además de añadir, poco a poco, el bambú, el rallo y el triángulo. En el calipso a lo venezolano se encuentran otras características peculiares que son estribillos con letras picarescas, las narraciones de acontecimientos locales y el uso del patois.
Muy lamentablemente el patois o criollo francés venezolano ya no es hablado por las últimas generaciones y los pocos que siguen usándolo son los ancianos en la intimidad hogareña. En 2005 se organizó el Primer Encuentro de Parlantes de Criollo Francés que reunió a hablantes de esta lengua de Venezuela y de otras partes(4) con el intento de crear un proyecto concreto para la revitalización de este criollo el cual sufre serio riesgo de extinción. Poner la atención sobre este habla ha servido para estimular la política a intervenir para evitar su declive:
«A nivel nacional, la Ley Orgánica de Educación ha sido aprobada dándole a cada grupo étnico, minorías y otros, el derecho a la educación bilingüe y bicultural. Con el total apoyo de los Ministerios de Poder Popular para la Educación y para la Cultura, el patuá venezolano cuenta ahora con protección oficial del gobierno. Tanto es así que la Embajada de Venezuela en Puerto España está dispuesta a impartir clases de patuá junto a las clases de español que tradicionalmente ofrece, reconociendo de esta forma al patuá como lengua venezolana, con el deseo de promover su uso como parte de sus continuos esfuerzos de cara a la integración regional. Más de dos siglos después de la llegada no oficial del patuá a Venezuela, esta lengua aún se habla por los descendientes de inmigrantes antillanos. Los hablantes que todavía quedan en el país se presentan como un grupo unido y listo para defender, fortalecer y promover la lengua en el siglo XXI y en el futuro, tanto en Venezuela como en el país vecino de Trinidad y Tobago» (FERREIRA J.A. 2010: 34-35).
Para terminar, como ejemplo, nos gusta mostrar una frase en patuà con la cual contestó uno de los entrevistados durante la labor del Primer Encuentro: «Mue ka kwe Patua se ion lang ki pokò konte listua li» que significa: “Creo que es una lengua que todavía no ha tenido la oportunidad de contar su historia” (FERREIRA J.A. 2010: 29).
Al primer encuentro de parlantes patuà han seguido otros y otras iniciativas con la esperanza de arrestar el trágico destino a que está destinado este lenguaje summa de tanta historia y de un mestizaje profundo que supo transformarse en armoniosa convivencia.
Recordamos el calipso The dusty band, nombre del grupo liderado por Don Luis Giraud, auténtico calipsonian venezolano, compuesto en los años Cuarenta del siglo pasado, que constituía el son de marcha de la compañía: The Dusty Band coming down (x3) Clear the way let them pass down there Uay ay ay ay Cecilia Uay ay ay ay Cecilia Si ue me me mue puma ie mande mama mue Ue sau fe, see what you do you put under your bed you make your mako cut off my head Mama mue ce sen lucien papa mue ce marticien Si ue me me mue puma ie mande mama mue (MENDOZA E. 2013: 3).
Notas
(1) El intrépido inglés Sir Walter Raleigh, fué el primero en tener la mejor visión acerca de la riqueza de Guayana, debido a que los indios sus aliados, le regalaron calabacitos llenos de granos de oro, de greda o aluvión. Fue Walter el primero que llevó a Europa cuarzo blanco aurífero de las minas de Guayana en 1595, de las cuales dijo en su libro Descubrimiento del Grande, Rico y Hermoso imperio de Guayana” que «cada montaña y cada piedra brillan como metales preciosos y de no ser oro es al menos madre del oro». En la región de Guayana el interés en la búsqueda y exploración del oro recomienza a partir de 1824, cuando en la misión de Tupuquén, caserío situado a doce kilómetros al este de El Callao y al norte del río Yuruarí, los indígenas consiguieron cochanos en las montañas de Caratas y Caratal, ésta última llamada Nueva Provincia. La producción comenzó en 1829, interrumpiéndose en el lapso de 1830 a 1854. El interés por la búsqueda de oro en esta región se reanuda en el año 1854, cuando en otras localidades, o pueblos del mismo río Yuruarí, se descubren nuevos placeres auríferos. Geología del oro en Venezuela – Antecedentes históricos, Banco Central de Venezuela, 2010, http://200.74.197.135/orobcv/index.php?option=com_content&view=article&id=75&Itemid=188.
(2) Se identificaron algunas áreas en Venezuela con abuelos patuáhablantes que incluyó pueblos en Paria tales como Güiria, Macuro, Mapire, Don Pedro, Uquire, Ríó Caribe, Irapa y Yaguaraparo y otros pueblos en otras partes de Venezuela, como por ejemplo, El Callao, San Félix, El Tigre, Caripito, Maturín, Caracas, Valencia y Cumaná (FERREIRA 2010: 16).
(3) «Sus orígenes se remontan a una hacienda de las Antillas colonizadas por los franceses -Santa Lucia, Dominica, Martinica, Guadalupe- no se sabe con exactitud cuándo. Cuentan que había un joven negro con una voz extraordinaria que hacía grandes improvisaciones. Él era el capataz de la hacienda y la gente lo invitaba a las celebraciones diciendo ‘traigan el Kaiser’ (‘kaiser’, del alemán y ‘Caesar’ del latín para referirse al que mandaba). Poco a poco, la palabra ‘kaiser’ se fue degenerando en ‘caisó’ (entendiendo que en francés hay muchas palabras agudas). Luego, las personas de la zona se referían a las canciones como ‘caisós’. En Venezuela, con la llegada de los antillanos, comenzaron a llamarlos ‘carriso’ -se desconoce si por majadería- y, posteriormente, llegaría a lo que se conoce hoy como calipso» (BIGOTT 1995). OROPEZA Rebeca – LÓPEZ DE D’AMICO Rosa, El Calipso del Callao: expresión musical, teatro y danza venezolana. “Lecturas: Educación Física y Deportes” (III), n. 118, 2008, http://www.efdeportes.com/efd118/el-calipso-del-callao.htm.
(4) En la Venezuela actual del siglo XXI, una antropóloga y la delegada de la Casa de la Diversidad Cultural del Estado Sucre, Omaira Gutiérrez Marcano, está ayudando a organizar una iniciativa oficial para salvar el criollo francés venezolano de la extinción y para legar la lengua y la cultura a las generaciones futuras. Con este fin, se celebró el primer encuentro de hablantes de criollo francés que reunió a hablantes de esta lengua de Venezuela y de otras partes en Güiria, Paria, Estado Sucre entre el 13 y 16 de octubre de 2005. El evento tomó por nombre Primer Encuentro de Abuelos Creole y/o Patuá Parlantes de Venezuela y El Caribe en homenaje a Jorge Logan Delcinep, y se le dio el subtítulo de “Encuentro de memorias y saberes populares para la reafirmación de nuestra identidad Afro-Caribeñap”. Delcine era hablante del criollo francés venezolano, de origen afro-venezolano, conocido en su comunidad por su habilidad para contar historias y por su interés en mantener vivas las tradiciones lingüísticas y culturales del patuá. El I Encuentro reunió a historiadores, antropólogos, lingüistas, profesionales de la cultura, hablantes nativos y sus descendientes, estudiantes de patuá como segunda lengua y muchas otras personas interesadas. Entre los estudiosos venezolanos se encontraban la antropóloga Angelina Pollak-Eltz de la Universidad Católica Andrés Bello (ver POLLAK-ELTZ A. 1990) quien actualmente es miembro del Centro de Estudios Afro-Americanos en Caracas, los antropólogos Esteban Emilio Mosonyi y Josefina Solange Sampson y el historiador Carlos Viso C., todos éstos de la Universidad Central de Venezuela (UCV): FERREIRA Jo-Anne, La historia y el futuro del patuá en Paria: informe de los esfuerzos iniciales en la revitalización del criollo francés en Venezuela, “Romanitas, lenguas y literaturas romances”, vol. 4, n. 2, 2010, pp. 14-15.
Bibliografía
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FERREIRA Jo-Anne, La historia y el futuro del patuá en Paria: informe de los esfuerzos iniciales en la revitalización del criollo francés en Venezuela, “Romanitas, lenguas y literaturas romances”, vol. 4, n. 2, 2010, pp. 1-42.
FREIDENBERG Judith – KASINITZ Philip, Los rituales públicos y la politización de la etnicidad en Nueva York, “Desarrollo económico”, vol. 30, n. 117, abr-jun 1990, pp. 109-132.
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HERNÁNDEZ GONZÁLEZ Manuel, Raza, inmigración e identidad nacional en la Venezuela finisecular, “Contrastes”, vol. 9, n. 10, 1997, pp. 35-48.
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Sitiografía
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OROPEZA Rebeca – LÓPEZ DE D’AMICO Rosa, El Calipso del Callao: expresión musical, teatro y danza venezolana. “Lecturas: Educación Física y Deportes” (III), n. 118, 2008, http://www.efdeportes.com/efd118/el-calipsodel-callao.htm.
RODRÍGUEZ MIRABAL Adelina C., 2013, La formación del Distrito Aurífero de “El Callao”, http://saber.ucv.ve/jspui/handle/123456789/4549, 8/5/2014.
SARTI Ricardo, 2013, Temas sobre El Callao (un tributo a nuestro pueblo), http://ricardosarti.com/inicio/librotemas-sobre-el-callao/, http://issuu.com/yuruarihosting/docs/ricardosarti?e=0, 25/4/2014.
Anna Sulai Capponi – Università degli Studi di Perugia, Italia

