Hay quienes sostienen con ácido humor, que mientras China y los Estados Unidos perfeccionan la Inteligencia Artificial cruzando y superando nuevos y desconocidos límites del pensamiento, Venezuela y Colombia siguen discutiendo sobre quién inventó la arepa. Siempre se dijo que los liberales colombianos iban a misa de ocho y los conservadores a misa de once y en Venezuela los adecos se preocupan por la salud política de los venezolanos y los copeyanos por la salud moral, aunque, en el fondo, siguen siendo los mismos. Los que realmente son distintos son los comunistas que no creen en la salud política y mucho menos en la moral, porque creen y sostienen que son los que saben mandar oponiéndose a todos autoritariamente, devastando al país donde les toca actuar, imponiendo con feroz crueldad el castigo de un pensamiento único.
Fui un niño en edad escolar en tiempos anticomunistas de Eleazar López Contreras y sus Agrupaciones Bolivarianas y en tiempos permanentes del propio Bolívar, utilizado como escapulario para enfrentarse al marxismo. Tuve que padecer al maestro necio y atolondradamente bolivariano que pretendía que el retórico y mediocre Delirio sobre el Chimborazo fue escrito por Simón Bolívar, ponderando absurda e irreflexiblemente al padre de la patria como excelso escritor. El niño que entonces yo era se daba perfecta cuenta de que aquel delirio visiblemente retórico era el de algún mal escritor colombiano. El verdadero Bolívar, en tiempos de López Contreras, no era el nacido en la Caracas que prefirió cambiar por Bogotá, sino el propio Eleazar vestido de civil y no de militar rodeado de sus inventadas Agrupaciones Bolivarianas. ¡No ha sido el único! Secretamente, casi todos los presidentes venezolanos han querido parecerse a Bolívar. El más alucinado y prepotente fue Hugo Chávez, que de manera absurda y prepotente intentó, quiso igualársele físicamente.
Conocí a un publicista bogotano radicado en Caracas, de humor hirviente y socarrón, que sostenía que resultaba fácil apoderarse del país venezolano sin ejercer violencia alguna. En realidad quien lo logró fue Fidel Castro en su momento y ahora Donald Trump en el suyo. El publicista decía, entre risas, que Colombia declaraba la guerra a Venezuela y de inmediato se rendía, no obstante ser mayoría. Los venezolanos, decía el colombiano, son adictos a las elecciones (es cierto, realizamos una en la que la oposición ganó por más de siete millones de votos y, sin embargo, nos preparamos para una nueva elección, desconociendo la anterior). La adicción venezolana va más allá, porque cada vez que convoca a elecciones piensa en democracia, sin saber muy bien en qué consiste o de qué está hecha, porque las veces que ella aparece en el panorama político, desaparece detrás del verde uniforme militar. Las elecciones las gana Venezuela y se apodera del país colombiano, que seguramente escribió el retórico Delirio sobre el Chimborazo, pero como Colombia es más numerosa que Venezuela, 54 millones de habitantes, termina por apoderarse del país que vio nacer al colombiano Bolívar.
Como buen vecino, conozco mal a Colombia, pero tengo la certeza de que como país es mucho más apuesto que el mío. Sé que sus ciudades y pueblos son bellos y limpios; los míos, en cambio, dan pena, porque son ese tipo de poblaciones que se niegan a morir.
Adriano González León descubrió que Colombia tiene tres fenómenos literarios que más allá de la literatura pertenecen a la sociología por la dilatada resonancia de sus obras. En su tiempo respectivo: Jorge Isaac por María (1869), tardío romanticismo hispanoamericano; Vargas Vila , el célebre autor de Aura y las violetas (1887) y Gabriel García Márquez, de Todos conocido, natural de Aracataca: tres escritores que arrasaron con Latinoamérica. Yo les dije a los asistentes a la Muestra de Cine Venezolano que tuvo lugar en Cúcuta en 1952, en pleno conflicto por el archipiélago de los Monjes que estuvo a punto de desencadenar una guerra con Colombia, que el país vecino tenía sintaxis y crueles volcanes y el mío no solo hablaba y escribía atropelladamente, sino que en lugar de volcanes tuvo unas ridículas fumarolas dejadas por Lope de Aguirre, aquel explorador y conquistador vasco y paranoico que murió violentamente en El Tocuyo en 1561, después de decirle al Rey de España que el verdadero Tirano era él.

