Entre un pasado reciente que pasó y no ha pasado, Kaldone G. Nweihed.
Las guerras y tensiones contemporáneas que parecen desarrollarse sobre territorios nacionales se comprenden de otra manera cuando desplazamos la mirada desde la tierra hacia el mar.
Pensé en esto hojeando La vigencia del mar, de Kaldone G. Nweihed, un texto escrito hace más de veinte años desde Venezuela con el foco en el Derecho del Mar, que conserva una actualidad sorprendente.
Nweihed propone tres maneras de entender nuestra relación con el espacio marítimo: el Mar Puente, vía de comunicación e intercambio; el Mar Tesoro, fuente de recursos, y el Mar Ambiente, patrimonio que exige protección. A esas tres dimensiones agregaría hoy una cuarta: el Mar Poder.
El enfrentamiento entre Estados Unidos e Irán suele presentarse como un choque civilizacional y contarse a través de bombardeos, misiles, sanciones, amenazas y negociaciones. Sin embargo, una de las claves para comprender la situación actual está en una estrecha franja de agua: el estrecho de Ormuz. Irán ha convertido su posición sobre Ormuz en una palanca estratégica, restringiendo el flujo energético mundial y elevando para Washington el costo de la confrontación. Las monarquías árabes, por su parte, han quedado atrapadas entre ambas fuerzas, pues dependen de la protección estadounidense y, al mismo tiempo, necesitan preservar sus relaciones con Irán para evitar una escalada que amenace directamente su seguridad y sus exportaciones energéticas.
La geografía ha recuperado la palabra en un mundo que presume haber vencido las distancias con satélites, inteligencia artificial, mercados que operan en tiempo real y comunicaciones instantáneas.
Una interrupción del tránsito marítimo se transmite al precio del petróleo y del gas, a los seguros, al costo del transporte, a las cadenas de suministro y, finalmente, al bolsillo de ciudadanos que quizá nunca hayan visto el estrecho en un mapa.
Movamos ahora la mirada hacia el estrecho de Gibraltar. Como paso clave entre el Mediterráneo y el Atlántico y una de las grandes arterias del comercio marítimo mundial, el estrecho constituye un verdadero Mar Puente. Sin embargo, como en el caso de Ormuz, las dinámicas que allí se desarrollan dependen en gran medida de los intereses de los actores ribereños, que experimentan las ventajas y vulnerabilidades de ocupar una posición estratégica. El 14 de julio, la Unión Europea y el Reino Unido firmaron el nuevo acuerdo sobre Gibraltar, en aplicación provisional desde el día siguiente. España asume la responsabilidad de los controles Schengen en el puerto y el aeropuerto del Peñón, mientras la soberanía británica permanece inalterada.
Apenas dos semanas después, el 30 de julio, Ceuta sufrió una fuerte presión migratoria desde Marruecos, tanto por tierra como por mar, con una cierta complacenciencia de Riad. La coincidencia es sugestiva, aunque por sí sola no permite establecer una relación causal. Digamos solo que pone de manifiesto la capacidad estructural de influencia que la geografía concede a Marruecos frente a España.
De nuevo, el Mar Puente se ve tensionado por el Mar Poder. Un poder que se extiende a la delimitación de las fronteras y la explotación del espacio marítimo y de los recursos que contiene. Según la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, los derechos de los Estados ribereños se proyectan sobre los espacios y recursos marítimos a través de figuras como la Zona Económica Exclusiva (ZEE), que puede alcanzar las 200 millas náuticas, y la plataforma continental, que comprende el lecho y el subsuelo marinos y que, bajo determinadas condiciones, puede extenderse más allá de esas 200 millas.
Marruecos tiene frente a sus costas las Islas Canarias. La proximidad hace que sus proyecciones sobre el mar se superpongan y deban ser delimitadas.
En 2020, Rabat aprobó unilateralmente una legislación que amplió sus pretensiones marítimas. El desacuerdo no se refiere solo al trazado, sino a las reglas para dibujarlo. España defiende esencialmente la equidistancia entre las costas enfrentadas; Rabat reclama criterios de equidad y circunstancias geográficas que podrían desplazar esa línea en su favor. A ello se suma la inclusión de las costas del Sáhara Occidental en sus cálculos, pese a que la soberanía sobre ese territorio continúa en disputa.
El Mar Poder atraviesa así las tres dimensiones señaladas por Nweihed. Condiciona el Mar Puente, influye sobre el acceso al Mar Tesoro y determina también responsabilidades sobre el Mar Ambiente, pues todo derecho sobre el espacio marítimo lleva consigo obligaciones de protección.
Los venezolanos sabemos de esto. El despliegue estadounidense en el Caribe, previo a la operación que terminó con la salida de Nicolás Maduro del poder, devolvió el mar al centro de la política. Poder naval, petróleo, rutas marítimas y presión política aparecieron estrechamente vinculados. Meses después, la influencia de Washington continúa pesando sobre la transición y sobre decisiones que determinarán el futuro del país, desde la explotación y comercialización de sus recursos energéticos y minerales hasta la protección del ambiente.
El mar comunica y separa. Proyecta territorios. Define fronteras, derechos y responsabilidades. Puede convertirse en espacio de cooperación, negociación, presión o conflicto.
Nweihed dedicó buena parte de su vida académica a recordarnos la importancia de desarrollar una conciencia marítima. Los acontecimientos recientes confirman la vigencia de su advertencia.
La geografía importa. Nos ofrece recursos, nos abre al mundo y también nos expone al poder de otros.
Pero no decide nuestro destino. Eso corresponde a los ciudadanos.

