El 1 de agosto de 2026, Venezuela inauguró formalmente una mesa de diálogo que aspira a guiar al país hacia una transición democrática. Sentados frente a frente, los delegados de la Asamblea Nacional electa en 2015 —la última instancia democrática” que Washington aún reconoce— y los emisarios del Parlamento de 2025, controlado por el chavismo que encabeza Jorge Rodríguez, hermano de la presidenta encargada, Delcy Rodríguez. El tutor, Estados Unidos, oficia como mediador y, en los hechos, como dueño del circo.
Pero hay una ausencia que resuena más que cualquier presencia: María Corina Machado, la líder opositora con mayor respaldo popular, premio Nobel de la Paz, no fue invitada. Su exclusión no es un descuido logístico ni una omisión técnica. Es una decisión política calculada y detrás de ella hay dos razones que Washington no dice en voz alta, pero aplica con frialdad: la mala relación de Machado con la administración de Donald Trump y su incapacidad para controlar el territorio nacional.
La Asamblea de 2015: legitimidad prestada, pragmatismo impuesto
La Asamblea Nacional de 2015 fue la última elegida en condiciones que el mundo consideró aceptables. Su legitimidad es indiscutible en el plano formal, y por eso Washington la sostiene como el referente institucional de la oposición. Pero esa legitimidad es, hoy, un pasaporte para negociar, no una herramienta para transformar.
Su representante en la mesa, Dinorah Figuera, es una figura que encarna el pragmatismo de la transición que tenemos: administra los activos venezolanos en el exterior, firma los acuerdos con Estados Unidos y Europa y custodia los fideicomisos que Washington ha puesto a disposición del «cambio». Pero su rol es esencialmente notarial, no fundacional. Figuera no tiene arrastre popular, no moviliza calles ni representa a las nuevas generaciones. Es la gerente de un patrimonio en liquidación, no la arquitecta de un país nuevo.
Ese es el primer síntoma de la transición que no queremos: la institucionalidad se reduce a la custodia de bienes, no a la construcción de soberanía. La Asamblea de 2015, en su afán por mantenerse relevante ante el tutor, ha aceptado un papel que la despoja de su potencial transformador. Se ha convertido en el notario del tutelaje, firmando papeles que otros redactan.
El argumento formal: No es miembro de la Asamblea de 2015
La excusa oficial para excluir a Machado es simple: no es miembro de la Asamblea Nacional de 2015. La mesa, formalmente, se establece entre dos parlamentos: el de 2015, de mayoría opositora y cuyos integrantes están en el exilio, y el de 2025, que controla el oficialismo. Bajo esa lógica, la participación se define por un escaño, no por liderazgo político.
Pero el argumento es, cuando menos, endeble. La Asamblea de 2015 está representada por Dinorah Figuera, una figura que, si bien tiene legitimidad institucional, carece del arrastre popular y la capacidad de convocatoria de Machado. La oposición no es un cuerpo monolítico, y excluir a quien ganó las primarias opositoras y encabeza las encuestas no es un tecnicismo: es un veto disfrazado de protocolo.
La primera razón: La mala relación con Washington
Detrás de la exclusión hay un dato incómodo que los comunicados oficiales no mencionan: la relación entre María Corina Machado y la administración de Donald Trump está rota.
Machado ha sido crítica con el enfoque de Washington. Su negativa a entregar a Estados Unidos una lista de nombres para la liberación de presos políticos generó fricciones. Trump, según reveló The Wall Street Journal, le habría aconsejado no regresar a Venezuela, y la Casa Blanca ha vetado su retorno en múltiples ocasiones. La percepción en Washington es que Machado es una líder incómoda, poco manejable, que no sigue el libreto que el tutor ha escrito para la transición.
El mensaje es claro: en una negociación donde Estados Unidos impone los tiempos y las condiciones, no hay espacio para una figura que cuestiona al tutor. Machado no es funcional al plan de Washington, y por eso ha sido reemplazada en la mesa por una oposición más pragmática, más dispuesta a firmar lo que el tutor diseñe.
La segunda razón: La falta de control del territorio
Pero hay una segunda razón, quizás más brutal, que explica por qué Washington ha decidido prescindir de Machado: no controla el territorio venezolano.
La oposición que lidera Machado tiene fuerza en las calles, capacidad de movilización y respaldo internacional (aunque esa capacidad ha mermado desde las primarias y el tiempo ha hecho mella en su liderazgo). Pero sobre el terreno, en los estados, en los municipios, en las gobernaciones, el poder real —el que administra los recursos, el que mueve los aparatos de seguridad, el que negocia con las fuerzas armadas— sigue en manos del chavismo administrativo que representa Delcy Rodríguez.
Machado es una líder en el exilio, desde Panamá. Su liderazgo es moral, simbólico, pero no territorial. Y en una negociación que busca una transición pactada, Washington necesita interlocutores que puedan garantizar el cumplimiento de los acuerdos en el terreno. Eso lo tiene Delcy, que controla el aparato del Estado. Eso lo tiene la Asamblea de 2025, que legisla en Caracas. Eso lo tiene Jorge Rodríguez, que preside el parlamento vigente.
Machado, en cambio, no puede ofrecer esa garantía. Puede movilizar multitudes, pero no puede asegurar que una reforma electoral se implemente en los 23 estados. Puede ganar elecciones, pero no puede controlar las fuerzas armadas que las custodiarían. Su poder es vertical, horizontal en las calles, pero no territorial. Y en la lógica fría del tutelaje, eso la vuelve prescindible.
El fracaso político de la clase venezolana: La extracción que no supimos resolver
Hay una verdad que la transición actual se niega a mirar, y que explica por qué hoy estamos bajo tutela: el problema de Venezuela no fue nunca exclusivamente económico. El problema fue —y sigue siendo— político. La salida de Nicolás Maduro, el núcleo duro del conflicto, fue algo que la clase política venezolana, en su conjunto, no logró resolver por sí misma.
No fue por falta de oportunidades. Hubo elecciones, hubo protestas, hubo diálogos en Barbados, en México, en Noruega. Hubo presión internacional, hubo sanciones, hubo reconocimiento de gobiernos paralelos. Y sin embargo, Maduro siguió allí. La oposición no pudo desalojarlo del poder; el chavismo no pudo encontrar una salida negociada que preservara sus mínimos; la Fuerza Armada no se quebró; la Asamblea Nacional de 2015, con toda su legitimidad, no logró articular una transición desde dentro.
La clase política venezolana fracasó en lo fundamental: resolver políticamente la permanencia de un régimen que la mayoría del país rechazaba. Y ese fracaso no es menor. Es la raíz de todo lo que vino después: la diáspora, el colapso de los servicios, la economía de guerra, la militarización de la vida cotidiana.
Por eso hoy el tutor está sentado en la mesa. No porque Washington haya decidido «salvar» a Venezuela por bondad, sino porque la clase política local demostró ser incapaz de cerrar el ciclo por sus propios medios. Estados Unidos no intervino porque quisiera; intervino porque pudo, y porque nadie más lo hizo. El tutelaje es, en este sentido, la confesión de un fracaso colectivo: el fracaso de los políticos venezolanos para resolver su principal conflicto sin ayuda externa.
El Estado que cambió por extracción política, no por elección
La extracción que define a Venezuela no es solo económica —el petróleo como sostén del rentismo— sino política: el poder no se ha renovado por la vía de las urnas, sino por la vía de la fuerza, del control de los recursos y de la lealtad de las fuerzas armadas. La salida de Maduro no se logró porque el sistema político estaba blindado contra cualquier cambio que no viniera de la propia cúpula.
Esa extracción política es la que el tutelaje viene a resolver. No porque el tutor sea democrático, sino porque la estabilidad geopolítica de la región exige que el conflicto venezolano deje de ser un foco de tensión. Washington no negocia una transición por amor a la democracia; negocia porque Maduro se convirtió en un problema para sus intereses, y porque la clase política venezolana no supo manejar ese problema.
Por eso la transición no puede ser solo un relevo presidencial. Si cambian los dueños del negocio, pero el modelo de extracción política sigue intacto —el poder concentrado, las instituciones secuestradas, la justicia a dedo— todo habrá sido en vano. Habremos cambiado de amos, pero seguiremos siendo esclavos de un sistema que nos ha convertido en súbditos de una lógica de poder que no admite competencia ni rendición de cuentas.
El pragmatismo de la transición que tenemos: un pacto de élites como primer paso
Aquí está el núcleo de la decepción, pero también de la oportunidad. La transición que tenemos es profundamente pragmática: busca estabilidad inmediata, acuerdos funcionales y un relevo en la cúpula que no altere la paz del país. No se negocia una nueva constitución. No se discute la descentralización. No se toca el modelo extractivista. Es un pacto de gerentes, no de estadistas.
Pero ese pragmatismo, por frío que sea, es el único camino posible para empezar a desactivar la bomba. No porque sea la transición que soñamos —no lo es—, sino porque es la transición que las circunstancias permiten. La clase política venezolana demostró que no podía hacerlo sola. El tutelaje de Washington, visto con crudeza, no es el enemigo a derrotar, sino el andamiaje que permite empezar a construir después de décadas de fracaso.
El mapa del tutelaje
La exclusión de Machado revela el mapa real del poder en la Venezuela tutelada de 2026. No es un mapa de legitimidad democrática ni de apoyo popular. Es un mapa de utilidad para el tutor.
Dinora Figuera está en la mesa porque administra los activos en el exterior y firma los papeles que Washington necesita. Jorge Rodríguez está en la mesa porque controla el parlamento y puede garantizar que las leyes se aprueben. Delcy Rodríguez está detrás porque maneja el territorio y las fuerzas armadas.
María Corina Machado no está en la mesa porque no es funcional al diseño de Washington. Su mala relación con Trump la convierte en una pieza que no encaja; su falta de control territorial la vuelve una líder sin palancas para cumplir lo que se firme.
La transición que tenemos es una transición de gerentes, no de líderes. De administradores, no de estadistas. De figuras que aceptan el libreto, no de quienes lo cuestionan. Y Machado, por su carácter, por su historia, por su negativa a doblegarse, ha quedado fuera.
Conclusión: El tutelaje como primer paso, no como destino
María Corina Machado no está en la mesa de diálogo, no por ser una negociadora indócil, no está porque su relación con Washington está rota. No está porque, desde el exilio, no puede ofrecer el control territorial que el tutor exige como garantía.
Pero su ausencia no es el único problema de esta transición, ni siquiera el principal. El problema más profundo es que hoy, la postura de María Corina y el mandato de sus voceros no contribuyen a la transformación que el país necesita. Su discurso de pureza democrática, su negativa a cualquier acuerdo que no sea la rendición incondicional del chavismo, su exigencia de justicia inmediata sin considerar los tiempos de una negociación compleja, se han convertido en un obstáculo para los primeros pasos que Venezuela requiere.
Porque la transición que tenemos, con todos sus defectos, con toda su tutela, con todo su pragmatismo frío, es el único camino posible para salir del atolladero. No porque sea la transición que soñamos —no lo es—, sino porque es la transición que las circunstancias permiten. La clase política venezolana fracasó en resolver políticamente la salida de Maduro. Ese fracaso es el que hoy paga el país, y el tutelaje es la consecuencia de esa incapacidad.
Y aquí está la paradoja que Machado y sus voceros se niegan a entender: el tutelaje no es el enemigo a derrotar, sino el andamiaje que permite empezar a construir. Estados Unidos no ha intervenido por generosidad; ha intervenido porque sus intereses geopolíticos lo exigen, y porque la clase política venezolana demostró que no podía hacerlo sola. Esa intervención, por interesada que sea, ha abierto una ventana que el país no puede darse el lujo de cerrar por un exceso de radicalismo.
La transformación territorial que soñamos, el desmantelamiento del chavismo sin confrontación, la construcción de una economía al servicio de la gente, la democracia donde el pueblo deje de ser esclavo de cualquier extremo —todo eso no puede comenzar sin un primer paso. Y ese primer paso es el que hoy se negocia en la mesa de las dos Asambleas. No es el paso que queríamos, pero es el paso que tenemos.
La pureza de Machado, su «todo o nada», su negativa a sentarse con el chavismo, su exigencia de justicia sin contemplaciones, han terminado por alejarla del centro de la toma de decisiones. Washington no la excluyó solo por su mala relación personal con Trump; la excluyó porque su posición no es funcional para generar un cambio real. Y aunque duela reconocerlo, el cambio real —el que necesita el venezolano que no tiene comida, el que no tiene medicinas, el que no tiene futuro— no puede esperar a la revolución perfecta.
La lógica del tutelaje es necesaria para generar un cambio. Ese cambio llegará cuando entendamos que la democracia no es el cambio de dueños en una Capitanía General, sino la abolición de la esclavitud a cualquier extremo. Cuando el pueblo venezolano deje de ser moneda de cambio entre facciones y se convierta en el sujeto real de su historia. Cuando la transición no sea un relevo de élites, sino una rebelión contra el sistema que nos ha hecho súbditos en lugar de ciudadanos.
Pero para llegar allí, hay que empezar por algún lado. Y el primer paso, por imperfecto que sea, por tutelado que esté, por excluida que quede Machado, es el que hoy se está dando. No es la transición que queremos, pero es la transición que tenemos. Y mientras no la hagamos nuestra, mientras sigamos atados a la utopía imposible de la pureza, seguiremos caminando un sendero que otros trazaron, hacia un horizonte que no elegimos.
La transición que queremos no nacerá del no de Machado, sino del sí de un pueblo que entienda que la transformación se construye con pasos pequeños, con acuerdos incómodos, con tutelas temporales, y con la certeza de que el fin último es la soberanía plena, no la inmediatez de la victoria.
Esa es la transición que queremos. La que tenemos es solo su sombra. Pero hasta las sombras pueden alumbrar el camino, si sabemos leerlas.
Egresado de la universidad Católica Andrés Bello, de la escuela de Comunicación Social, profesor universitario, estudiante de la especialización de sistemas y procesos electorales de la UCV.

