En Brasil, las mujeres decidirán las elecciones presidenciales de octubre. Los candidatos lo saben, los consultores políticos lo saben, los comandos de campaña lo saben. Lo saben, pero da igual. La ausencia de candidatas presidenciales en los grandes partidos muestra hasta qué punto la política partidista se ha alejado de la realidad de un Brasil donde las mujeres son protagonistas de (casi) todas las luchas a la vez que ven aumentar el número de feminicidios.
Ante esta contradicción en luces de neón, el actual presidente, Luiz Inácio Lula da Silva, parece haber encontrado lo que cree que es una solución. Cuando alguien se da cuenta de que falta representación femenina en un acto político, Lula, que se presenta a la reelección, ya grita: “¡Llamad a la primera dama!”.
Fue lo que ocurrió el 2 de agosto, durante la Convención Nacional del Partido de los Trabajadores, en São Paulo. Entre los ponentes no había ninguna mujer. Cero. Entonces Lula interrumpió el acto. “No puede ser que en el evento más importante de nuestra campaña nos hayamos olvidado de dar la palabra a una mujer”, dijo. “Como mi querida compañera Janja no figuraba en el guion, no está en la agenda de nadie, quiero que ella, en nombre de las personas que participan en el [programa gubernamental] Pacto contra el Feminicidio, se dirija a las mujeres aquí presentes”. Y Janja —Rosângela da Silva antes de casarse, Rosângela Lula da Silva después— tomó la palabra. En momentos como este, muchos fingen no darse cuenta de que las primeras damas, “resignificadas” o no, son personajes de una idea patriarcal del lugar de la mujer.
Otro evento, el domingo 16 de agosto. Lula, de 80 años, lanzó la que quizás sea la última campaña electoral de su vida en el estadio de Vila Euclides, en São Bernardo do Campo. Fue allí donde Lula empezó a convertirse en Lula, estrenándose como líder sindical en las históricas huelgas de los metalúrgicos a finales de los 70 y principios de los 80. Tras las críticas por la ausencia de mujeres en la convención del partido, la primera en hablar después de que Lula subiera al escenario fue la diputada federal Benedita da Silva. Pero después todo volvió al viejo orden, porque, al fin y al cabo, era lo que ofrecía la configuración de las candidaturas al Ejecutivo. Permanecieron sobre el escenario Lula, Geraldo Alckmin (actual vicepresidente y candidato a la reelección) y Fernando Haddad (candidato a gobernador de São Paulo). Tres hombres, acompañados de sus respectivas parejas: la ya mencionada Janja, Lu Alckmin y Ana Estela Haddad. Cada una con su historia, pero allí eran solo las esposas.
Janja, la primera dama, volvió a pronunciar un discurso, en el que rindió homenaje a la anterior primera dama en la vida de Lula, Marisa Letícia, de quien enviudó en 2017. También le cantó un eslogan de campaña a “mi amor”, como se refiere a Lula públicamente. En su discurso, Lula rindió homenaje a su madre, “doña Lindu”, que murió de cáncer en 1980. Madre, exmujer, actual esposa… primera dama. ¿Qué más podrían desear las mujeres para sentirse muy bien representadas en la mística principal?
En la lista de su oponente, la situación es mucho peor. Primero Flávio Bolsonaro tuvo un enfrentamiento público con Michelle Bolsonaro, su madrastra, hoy candidata al Senado y, de momento, su aliada, tras escuchar las disculpas públicas de su hijastro. Durante la pelea, uno de los principales apoyadores de Flávio, el influenciador Paulo Figueiredo —nieto del último general dictador de Brasil—, salió en su defensa y afirmó en su canal que “las mujeres, en general, votan muy mal”. Aún enfatizó que sobre todo las solteras, porque las casadas suelen votar lo mismo que sus maridos. A las que se quejaran, autorizó: “podéis arrancarles los pelos de las bragas”. Y añadió: “sobre todo a las feministas, que tienen pelos”. Flávio Bolsonaro condenó las declaraciones tras la repercusión, pero ya era demasiado tarde.
El expresidente Jair Bolsonaro, un extremista de derecha que actualmente cumple prisión domiciliaria por intento de golpe de Estado, salió elegido en 2018 con un discurso misógino que daba alas a los machirulos para decir cosas aún más brutales. En 2022, sin embargo, la ajustada victoria de Lula sobre Jair se atribuyó al voto femenino. Una encuesta reciente del Instituto Datafolha ha revelado que las mujeres —el 52,84 % del electorado— tienen un perfil más de izquierdas que los hombres y que, además, el voto de los hombres es más influenciable que el de las mujeres. Así que Flávio intenta proyectar una imagen de macho deconstruido, marido ejemplar y padre de niñas. Su mujer, Fernanda, cirujana bucal, afirmó en un vídeo público que lo había “reeducado” y convertido en un “Bolsonaro moderado”.
El problema es que, cada dos por tres, Flávio Bolsonaro mete la pata. Por ejemplo, no ha encontrado a nadie mejor para ser su vicepresidente que Alfredo Gaspar, un diputado federal acusado de haber violado y dejado embarazada a una niña de 13 años, algo que él niega y que, hasta ahora, no se ha demostrado. En el acto en que lo presentó, Bolsonaro soltó esta perla: “Muchas veces, la mayoría de las veces, quienes tienen que cuidar de los mayores son las mujeres. He hecho dos hijas precisamente para eso. Cuando esté viejito, tendré a alguien que cuide de mí, porque las mujeres son así: son familia, son corazón, son sentimiento, son sensibilidad”.
Esta es la situación en la campaña presidencial brasileña: una dificultad tremenda para ocultar el machismo, que rezuma por todos los poros.
El impeachment —o, mejor, “golpe”— contra Dilma Rousseff en 2016 tuvo muchas implicaciones para la democracia brasileña. Y también para las mujeres. Años antes, la primera mujer presidenta de Brasil acudió a los actos de investidura de sus dos mandatos acompañada de su hija. Fue una gran escena para las mujeres de Brasil. El lugar era otro.
El golpe contra ella y contra la democracia brasileña que perpetró el Congreso supuso también el regreso de escenas que parecían desfasadas. Su vicepresidente golpista, Michel Temer, formó un gobierno compuesto por hombres mayores y blancos. La fotografía oficial parecía un retrato de otro siglo. Una de las principales revistas brasileñas publicó un perfil de la entonces “casi primera dama” con el siguiente título: “Marcela Temer: bella, recatada y dedicada al hogar”.
La política ha retrocedido, el Congreso ha pasado de ser conservador a ser brutalmente depredador y las agresiones a las ministras y a las diputadas son recurrentes en una escena dominada por hombres. Pero en las calles y en la vida cotidiana en Brasil las mujeres brasileñas son cada vez más protagonistas en diversos frentes de lucha. Un movimiento crecente incluso cuando hacen frente al mayor número absoluto de feminicidios de América Latina. La política electoral, sin embargo, parece negar este movimiento: solo el 34,86% de las candidaturas son de mujeres en estas elecciones —que incluyen, además de la presidencia, candidaturas a los gobiernos de los estados, diputados federales y estatales y senadores—. Es más que en las anteriores, pero es muy poco para quienes son mayoría.
Otra encrucijada en la crisis de la democracia: cuesta entusiasmarse con candidaturas que, a pesar de repetir constantemente la palabra “futuro”, solo escenifican el pasado.

