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Ricardo Combellas: Voltaire, el marqués de Pombal y el gran terremoto de Lisboa

 

El primero de noviembre de 1755, Día de Todos los Santos, una fecha de gran relieve religioso para el mundo católico, se desató sobre la ciudad de Lisboa un terrible terremoto, al cual siguió un furioso tsunami y un pavoroso incendio, en parte, debido a la iluminación de las velas que poblaban sus numerosos templos, plenos de gente dado la hora, las 9 de la mañana. El número de muertos se calculó en alrededor de noventa mil, una cuarta parte de sus habitantes. El incendio devoró buena parte de la ciudad y se estima la destrucción del ochenta y cinco por ciento de sus edificaciones. Fue tal la repercusión en todos los órdenes, que los historiadores de ayer y de hoy siguen considerando al cataclismo de Lisboa como el aporte de mayor repercusión de Portugal a la historia europea.

La primera vez que supe de la tragedia señalada devino de la lectura en mis años juveniles del Cándido de Voltaire, ese maravilloso cuento del consagrado autor. De allí deriva la primera reflexión que quiero compartir con mis lectores. En 1755 nos encontramos con el apogeo de la Ilustración, ese poderoso movimiento de ideas que transformó Occidente y que tuvo en Voltaire uno de sus adalides. Una de sus ideas centrales fue el optimismo, al considerar que el progreso del hombre caminaría por una senda positiva que nos lleva a experimentar en esta tierra el mejor de los mundos posibles. Por qué, se preguntaba, la Providencia Divina acepta esta terrible obra de destrucción, abandonando al hombre a un destino negro y sin rumbo. Voltaire revisa a partir de entonces sus convicciones profundas para empezar a entender a la humanidad sumida en un camino donde caben todas las posibilidades, incluida la desesperanza.

Otros ilustrados, como fueron los casos de Rousseau y Kant, también reflexionaron sobre la tragedia, planteando preguntas que hicieron más realistas las convicciones ilustradas. El hombre depende de sí mismo ante una contingencia que no puede controlar y su decisión tiene que ser la adaptación a una realidad llena de incertidumbres inmanentes incapaz de avizorar.

La segunda reflexión atañe al estadista que supo encarar la tragedia y promover con lucidez y decisión la reconstrucción de la ciudad, con un espíritu férreo y con necesaria dosis de autoritarismo, que todavía hoy enaltecen su legado. El marqués de Pombal, preclaro representante del Despotismo Ilustrado, dirigió como alta autoridad la nueva situación, y así rediseñó calles, fortaleció las nuevas edificaciones, prohibió construir donde no se debía construir, combatió con vigor el vetusto dogmatismo religioso y, tal vez lo más trascendente, estableció las bases y principios de la nueva ciencia de la sismología, imponiendo programas modernos en ciencia y tecnología en los centros de estudio del país y descartando del mundo de la ciencia práctica y experimental moderna la escolástica medieval.

Las ideas centrales de Pombal siguen vivas. Como saber adaptarnos a una realidad como lo es la sísmica, que nos desborda, para lograr, si no dominarla, reducir todo lo posible sus deletéreos efectos. Recordemos las palabras de Pombal cuando le preguntaron qué hacer ante la adversidad: “Cuidar de los vivos, enterrar a los muertos”. Mi recomendación para la presidenta Delcy Rodríguez es seguir el espíritu del marqués de Pombal y designar una Autoridad Única para la reconstrucción del Estado Vargas bajo su única dirección. Venezuela, nos lo ha revelado muchas veces, es un país sísmico. En cien años, en cincuenta, no lo sabemos, volverá nuestra tierra a temblar con fuerza. No lo podemos evitar, pero sí podemos, como lo hicieron los habitantes de Lisboa bajo la dirección del marqués, aminorar sus consecuencias desgarradoras. Nosotros los vivos también, pero sobre todo las nuevas generaciones, incluidas las no nacidas, se lo agradecerán.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM