Hay que mirar con atención lo que está haciendo Estados Unidos con la oposición venezolana.
Washington recibe a dirigentes que no están alineados con María Corina Machado, les abre espacios, los escucha y los devuelve a Venezuela con una relevancia que antes no tenían. Enrique Márquez pasó por Washington. Dinorah Figuera regresó a Caracas por invitación estadounidense y se convirtió en la principal vocera de una ruta acordada con Jorge Rodríguez. Otros dirigentes comienzan a presentarse ante Estados Unidos como operadores útiles para la reconstrucción.
No parece haber todavía una alternativa escogida. Lo que hay es un tanteo.
Así comenzó también la operación dentro del chavismo. Estados Unidos buscó durante meses una figura capaz de garantizar el control del Estado sin conservar a Nicolás Maduro. Al final encontró a Delcy Rodríguez.
Ahora hace lo mismo en la otra acera.
Washington quiere identificar, organizar y prestigiar a la oposición que podría asumir el poder después de Delcy. No necesariamente busca otro liderazgo fuerte. Puede resultarle más conveniente una fórmula moderada, fragmentada y dependiente, compuesta por actores que necesiten el respaldo estadounidense para llegar al gobierno y sostenerse en él.
Esa es la reingeniería que ya está en marcha.
La mesa produce dirigentes
La elección de la Asamblea Nacional de 2015 como canal de negociación no fue casual.
Esa institución conserva reconocimiento internacional, continuidad jurídica y responsabilidades sobre los activos venezolanos en el exterior. Estados Unidos necesitaba una contraparte capaz de revestir los acuerdos de alguna legalidad y la encontró allí.
Al escoger la institución, también escogió a sus representantes.
Dinorah Figuera no necesita tener hoy la popularidad de la principal dirigente opositora. La propia mesa puede producir su relevancia. Primero recibe el reconocimiento de Washington. Después se sienta con Jorge Rodríguez, comunica la hoja de ruta y comienza a aparecer como la persona que hace avanzar el proceso.
El mecanismo es sencillo: acceso, tareas, visibilidad y resultados. Si los resultados llegan, también llegará alguna credibilidad.
Washington no solo reconoce liderazgos. Puede fabricarlos.
Y mientras unos ejecutan las tareas asignadas, otros dirigentes y partidos tienen incentivos para acercarse. Algunos quieren recuperar protagonismo. Otros creen sinceramente que una oposición menos confrontativa facilitará los acuerdos. También están quienes simplemente quieren estar presentes cuando se reparta el futuro.
No hace falta una gran conspiración. Basta con abrir varias puertas y dejar que las ambiciones hagan el trabajo.
La correlación de fuerzas es la que es
María Corina puede ganar una elección. Lo demostró la fuerza social que construyó y el resultado político de 2024.
Pero no tiene cómo obligar al aparato estatal a convocar esa elección, reconocer el resultado y entregar el poder. No controla a los militares, los cuerpos de seguridad, los tribunales, la burocracia ni el árbitro electoral.
Puede ganar. No puede cobrar sola.
La fuerza capaz de quebrar el sistema la tiene Estados Unidos. Y resulta que Washington está produciendo precisamente los acuerdos entre élites que ella cuestiona.
Podemos lamentarlo, denunciarlo o considerar que no debería ser así. Pero la realidad no cambia porque nos parezca injusta.
No podemos pretender bailar joropo cuando lo que suena es reguetón.
La voluntad popular deberá legitimar el desenlace. Sin votos no habrá democracia. Pero antes de llegar a ellos alguien está decidiendo las reglas, las garantías, el calendario y quiénes se sientan a negociar.
Ese alguien es Estados Unidos.
¿Empieza a ser María un problema para Washington?
Yo quiero y valoro a María Corina. Su liderazgo moral ha sido excepcional dentro del conflicto venezolano. Precisamente por eso conviene advertir el peligro sin adornos.
Estados Unidos quiere controlar Venezuela a largo plazo.
Busca estabilidad petrolera, seguridad jurídica para sus empresas, cooperación migratoria y un país alejado de sus adversarios estratégicos. Para conseguirlo necesita gobiernos previsibles y liderazgos que no puedan prescindir de su protección.
Una dirigencia débil y fragmentada dependerá de Washington para llegar al poder, mantenerse unida y gobernar. Un liderazgo con legitimidad moral y social propia puede decir que no.
¿Puede esa autonomía convertir a una aliada necesaria en un problema para los intereses estadounidenses?
La pregunta ya no resulta descabellada.
Washington puede reconocer su papel histórico y, al mismo tiempo, concluir que no es la persona más disciplinable para administrar la etapa siguiente. Los estadounidenses no suelen ser sentimentales cuando alguien deja de resultar funcional. Cuando se cansan de un aliado que estorba sus objetivos, actúan.
No tendrían que atacarla públicamente. Bastaría con hacerla cada vez menos necesaria: recibir a otros, darles tareas, exhibirlos como interlocutores y permitir que acumulen visibilidad mientras las decisiones importantes se toman en otra parte.
La fórmula de poder posterior a Delcy
La fórmula que busca Washington tampoco tiene que tener nombre y apellido.
Puede ser una fórmula compuesta por estructuras institucionales, partidos, administradores territoriales, empresarios y dirigentes capaces de negociar con lo que sobreviva del chavismo.
Una coalición así tendría una ventaja para Estados Unidos: ninguno de sus integrantes concentraría suficiente poder para independizarse del tutor. Washington sería el árbitro que reparte reconocimiento, protección y acceso.
La elección llegaría después. Para entonces ya se habrían definido la cancha, las reglas, las garantías y los actores autorizados para competir.
Los venezolanos votarían, sí, pero dentro de una arquitectura construida previamente desde Washington.
Y aquí aparece la ironía: María Corina podría quedarse siendo oposición incluso después de un cambio de gobierno.
Estados Unidos no busca únicamente decidir quién gobernará después de Delcy. Quiere asegurarse de que, gobierne quien gobierne, siga necesitando su autorización.
Juana de Arco y la leña verde
En La transición a la americana: Por qué los votos no están decidiendo el futuro de Venezuela comparé a María Corina con Juana de Arco.
Mantengo la metáfora.
Como Juana, encarna una causa moral, movilizó a una sociedad derrotada y sostuvo la esperanza cuando buena parte de la dirigencia tradicional había perdido credibilidad.
Pero Juana de Arco no cayó únicamente por la fuerza de sus enemigos. También fue abandonada cuando dejó de resultar conveniente para quienes se habían beneficiado de su liderazgo.
La hoguera no tiene que estar preparada todavía. La leña puede ir apareciendo poco a poco.
La recogen antiguos aliados que quieren recuperar espacios, moderados que temen una ruptura, dirigentes dispuestos a cumplir las tareas de Washington y organizaciones convencidas de que el futuro puede construirse sin la persona que hoy concentra la mayor legitimidad opositora.
Algunos incluso recogerán leña verde, por pura mezquindad. Pero no todos actuarán por maldad. Muchos lo harán por interés, pragmatismo o miedo a quedar fuera.
El resultado puede ser el mismo.
Salvar a Juana de Arco no consiste en alimentar su épica hasta llevarla a la hoguera. Consiste en comprender la correlación de fuerzas, entrar en la disputa por la arquitectura de la transición y evitar que otros demuestren que pueden construirla sin ella.
La reingeniería ya comenzó
Estados Unidos hizo con el chavismo lo que ahora intenta hacer con la oposición: Separar al sistema de su liderazgo dominante, conservar sus componentes útiles y reorganizarlos bajo una nueva dependencia.
Delcy fue la alternativa funcional a Maduro. En la oposición, Washington todavía prueba perfiles, distribuye tareas y mide obediencias.
La intervención estadounidense sigue siendo una necesidad para los dos sectores. El chavismo la necesita para sobrevivir sin ser arrasado. La oposición, para convertir su mayoría social en una posibilidad material de poder.
Ese es el único consenso real.
Pero quien tiene la fuerza para abrir la transición también puede diseñarla. Y quien diseña la transición termina decidiendo qué fórmula de poder necesita para gobernar el país que viene.
Washington ya empezó a construirla.

