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José Rafael Herrera: El delirio de la presunción

Toda gran tragedia política comienza cuando una voluntad particular deja de reconocerse como particular.

Mientras conserva conciencia de sus límites, la libertad puede abrirse al mundo y construir instituciones capaces de sostenerla. Pero cuando una voluntad se convence de que ella misma encarna la totalidad, cuando deja de distinguir entre su propia certeza y la verdad, la libertad comienza a transformarse en su contrario.

Hegel llamó a esta figura de la conciencia der Wahnsinn des Eigendünkels, “el delirio de la presunción”. No se trata de una simple vanidad personal ni de un defecto psicológico. Es una posibilidad interna del Espíritu: el momento en que una conciencia, individual o colectiva, deja de reconocerse como un momento particular de la realidad histórica y pretende ocupar el lugar de lo universal.

Esta es la razón por la cual Hegel no sitúa esta figura en los primeros capítulos de la Fenomenología del Espíritu, dedicados a la conciencia inmediata, sino en el territorio del Espíritu. Allí la libertad ya no pertenece únicamente a la interioridad del individuo; se ha convertido en una fuerza histórica que busca realizarse en el derecho, en las instituciones, en la vida política y en la cultura de los pueblos. Precisamente por eso su extravío adquiere una dimensión trágica.

La Fenomenología del Espíritu comienza con una crítica radical a una presuposición fundamental: la ilusión de que el conocimiento puede colocarse frente a la verdad como un instrumento, un medio o un procedimiento exterior. La conciencia supone que posee un criterio independiente desde el cual puede juzgar lo verdadero. Pero esa separación entre el saber y la verdad es ya una forma de desconocer la relación profunda entre ambos.

El delirio de la presunción representa la culminación histórica de esa ilusión. La conciencia ya no solo presupone que tiene un criterio para medir la verdad: presupone que ella misma es ese criterio. La certeza subjetiva se transforma en una supuesta verdad absoluta. La propia convicción deja de ser una perspectiva limitada y se convierte en una instancia que pretende juzgarlo todo. El problema no es tener ideales elevados. Ninguna transformación histórica nace sin una gran pasión, como recuerda Hegel. El problema aparece cuando una pasión particular se declara depositaria exclusiva de lo universal. En ese instante, la realidad deja de ser algo que debe ser comprendido y pasa a ser algo que debe obedecer.

La Revolución Francesa mostró a Hegel la grandeza y, al mismo tiempo, la tragedia de esta dialéctica. La libertad había irrumpido como la afirmación más poderosa de la dignidad humana: ningún hombre debía estar sometido a un poder arbitrario. Pero cuando la libertad absoluta rechazó toda mediación concreta —las instituciones, las costumbres, las diferencias históricas— terminó enfrentándose con todo aquello que no coincidía inmediatamente con su propia pureza.

El resultado fue el Terror. La guillotina no fue para Hegel un simple accidente político ni la consecuencia de la maldad de algunos individuos. Fue la expresión de una contradicción interna: una libertad que, al no reconocer límites objetivos, terminó destruyendo a los mismos sujetos que pretendía emancipar. Robespierre no fue solamente un hombre de la Revolución; fue una figura de la Revolución en el momento en que la voluntad particular pretendió identificarse con la voluntad universal.

Algo semejante permite comprender la célebre afirmación de Hegel al contemplar a Napoleón: “he visto al Espíritu del mundo montado a caballo”. No era la admiración por un conquistador lo que estaba en juego, sino el reconocimiento de una racionalidad histórica que supera las intenciones individuales. La historia no es la realización de un proyecto particular, por noble que éste pueda parecer; es el movimiento complejo en el que los individuos son protagonistas, pero nunca dueños absolutos del sentido.

Allí reside la diferencia profunda entre Hegel y toda forma de subjetivismo extremo. Frente a la actitud que sostiene que, si los hechos contradicen la idea, tanto peor para los hechos, Hegel afirma que la razón debe aprender a reconocerse en la realidad efectiva. La verdad no consiste en imponer al mundo una representación previa, sino en comprender el movimiento mediante el cual la realidad llega a ser racional.

El delirio de la presunción reaparece cada vez que una voluntad particular abandona la humildad de saberse particular y se presenta como encarnación exclusiva del destino histórico. Puede adoptar distintos lenguajes, defender causas diferentes y aparecer bajo signos ideológicos opuestos. Pero la estructura permanece: la sustitución de la realidad por una certeza, del pensamiento por una consigna y de la política por una voluntad que ya no reconoce límites.

Por eso la advertencia de Hegel conserva toda su vigencia. La libertad no consiste en que una conciencia imponga su propia medida al mundo, sino en que sea capaz de reconocerse dentro de una realidad histórica más amplia que ella misma contribuye a construir. Solo una libertad que acepta la mediación, el diálogo y la corrección de la experiencia puede evitar convertirse en aquello que pretendía combatir. Toda época tiene sus presuposiciones. El peligro comienza cuando deja de examinarlas y las convierte en absolutos. Entonces la conciencia ya no busca la verdad: busca únicamente confirmarse a sí misma.

@jrherreraucv

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