La narración de Homero inspira una aparente adaptación clásica con visos de relectura posmoderna, al incorporar un reparto de actores multiétnicos de diverso origen, dando pie a una falsa polémica contra lo woke.
El realizador siempre fue inclusivo, no de manera forzada, sino porque lo demandan sus textos, sus versiones, sus guiones acerca de la culpa del antihéroe occidental frente a la ruina del planeta.
En la infravalorada Tenet, el creador brinda protagonismo a un actor afroamericano, para contar una historia de dobles agentes y espías, perdidos en una maraña temporal en modo Inception.
En la trilogía de Batman, la presencia de talento asiático era fundamental, con el propósito de rendir tributo a las fuentes de las artes marciales que inspiran al Caballero Oscuro.
Cada filme expuso una variante disruptiva, cónsona con el espíritu vanguardista e iconoclasta del director.
En Prestige se codea con David Bowie y su look alien.
Por ende, resulta orgánica la recuperación de Eliot Page, para encarnar a un soldado atormentado en el Hades, tras la entrega del Caballo de Troya.
Nolan lo capta en primer plano, cubierto de cenizas, mientras interpela al protagonista, encarándolo con su destino y su tragedia.
La escena es magnética y teatral, sublime en su inmersión por el inconsciente apocalíptico del cine del director de Memento.
Se pueden establecer vasos comunicantes con las imágenes analógicas de Herzog, Coppolla y el Godard de su fase literaria.
En efecto, se percibe un guiño al Desprecio del cineasta francés, cuando los actores desfilan por sets con vestuarios, declaradamente anacrónicos y kitsch, propios del Peplum de Hollywood.
Es una nueva mirada de cómo la industria suele representar los dilemas épicos de Ulises, según la estética apolínea de los relatos bíblicos de Cecil B. Mille y el Ben Hur de los años cincuenta.
La Odisea de Nolan bebe de aquellas aguas, pero agregándoles su toque freak de culto por lo dionisíaco.
Es un ángulo que rememora la fuerza del Espartaco de Kubrick, en el sentido de enfrentar la traición y conspiración de los poderosos, para dar un golpe de estado a espaldas del pueblo llano.
Hoy que resurge una política imperial de guerra, en pos de conquistas y saqueos de tierras raras, La Odisea parece apostar por el regreso, por la venganza de un soldado que ha sido exiliado, luego de sacrificarse por su nación.
Lo acompaña el Sancho de un escudero ciego, como Homero, que corporiza John Legizamo, colombiano como tantos compatriotas suyos deportados.
Son ellos contra los mercaderes que pretenden tomar la mano de su esposa, símbolo de una república extraviada que teje su desdicha, a la espera de un redentor.
Antes Odiseo vive las alucinaciones de Cerces, madurando en su comprensión de la mujer, harta de la masculinidad tóxica que domina el firmamento.
También enfrenta a monstruos como el Cíclope y a una cruzada de colosos, todos íconos de un Homero inmortal que escribió los pasos del camino del antihéroe nolanesco.
Al final, La Odisea del 2026 propone un final feliz, después de revisitar El Corazón de las Tinieblas.
Hay esperanza en la recuperación de las esencias de la literatura, el cine y el humanismo.
Odiseo conjura su culpa y la del declive de la civilización. Emprende una aventura marítima, con sol y olor a revancha.
Pero la imagen de una diosa degollada en Troya, Atenea, lo persigue. Se le presenta con el rostro de Zendaya, un recuerdo de su duelo, de su angustia existencial. Crímenes de Guerra como los de De Palma, en la era del síndrome de Vietnam.
Sin memoria no hay evolución.
Alegato pacifista en tiempos de conflicto bélico, como los de ahora.

