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Bárbara Ayuso: El desayuno no es la comida más importante del día

 

Crecí convencida de que las fiambreras eran para el verano. Aunque estaban omnipresentes en la cocina todo el año, pertenecían a ese catálogo de cosas que tenían una utilidad estacional, como los pareos, las palas de playa o las sombrillas. Hasta que la vida laboral arrasó con todo y empezamos a llamarlos tuppers y transportarlos para engullirlos a la luz del fluorescente con otros curritos, relacioné siempre las fiambreras con el esparcimiento y las vacaciones. Un contenedor de felicidad comprimida y empanada, que significaba dos cosas: que ibas a comer a un sitio mejor, la playa, la montaña o la plaza; y que descorcharías sus tapas para ofrecer y compartir con otra gente.

No es nostalgia, sé que el mundo cambia y no vivimos ya en un tiempo donde es gratis poner aire a los neumáticos en las gasolineras. Pero deseaba que ciertas costumbres nos sobrevivieran, como esa de aprovechar el fresquete de la noche veraniega para sacar los bártulos a la calles y montarse una cuchipanda con quien se tercie. Entre otras cosas, porque esas cenas colectivas contienen, al margen de sus delicias más o menos elaboradas, una riqueza lingüística también exquisita: en mi pueblo se denominan “cenas de traje” (yo traje esto, yo lo otro), en otros se apodan “de sobaquillo” (por el acto de acarrear las viandas bajo el brazo).

En Valencia se denomina “sopar a la fresca”, cenar a la fresca, ese rito inmemorial que alfombra el paseo marítimo de la Malvarrosa de sillas y mesas de plástico en cuanto cae el sol, donde los vecinos alternan los mejillones en escabeche y las tertulias a la brisa del mar. Pues justo esos han hecho levantarse en armas a la hostelería de los chiringuitos del paseo, porque ―y déjenme aquí ahorrarles un tiempo precioso reproduciendo los malabarismos verbales que usan como pretexto― queda feo y asustan a los turistas.

Ellos van perfumados y sofisticados a zamparse un arroz a los restaurantes, y en palabras de uno de los hosteleros “los extranjeros cuando pasan y los ven con la botella del aceite y vinagre haciendo la ensalada, es la imagen de un país un poco tercermundista”. Por supuesto los restauradores no están solos, porque la alcaldesa María José Catalá planea una reforma de ese espacio público y a estas alturas no queda vivo ningún ingenuo que dude de a quién hará feliz: al vecino con fiambrera o al empresario hostelero. Estos últimos ofrecen la solución de siempre: confinar a los que no pagan en áreas segregadas, para que sean humildes pero no visibles.

A las redes no se les ha escapado lo evidente: que esto no es un conflicto estético sino ético. Claro que a mucha gente se le arruga el morro como si olfatearan miseria cuando se cruzan con quien cena en plato de plástico, pero esto va de otra cosa. Insertemos aquí el tintineo de una caja registradora: el tema es que esta gente no hace gasto. Mastica el sistema turbocapitalista con sus tortillas cuajadas y sus patatas de bolsa, y encima disfruta como de un estrella Michelín.

Lo resume a las mil maravillas la cantante y diva Bad Gyal en una entrevista que ha resucitado en X al fragor de la polémica: “No me obligues a consumir, estaré en la calle cuando a mí me dé la puta gana. Si quiero llevarme el café roñoso con la botella de plástico… prohibirlo debería ser ilegal, viola nuestros derechos como personas que habitamos este planeta”. No hay nada de roñoso ni de necesariamente humilde en cenar al fresco, es un disfrute tan sensato y legítimo como emperifollarse para que cuando te lo puedas permitir, cocinen otros y elijas a la carta. Claro que hay cosas que tienen que cambiar, como el dicho ancestral que eleva el desayuno a la categoría de comida más importante. No: la comida más importante del día la elige cada uno. Y cabe en una fiambrera.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM