En una humilde casa de bahareque y con techo de cinc oxidado, nació Alberto Segundo Calvo, llamado cariñosamente “Beto”. El alba llegaba aquel primer domingo de mayo de 1970 y su grito ahogó el silencio de esa barriada preñada de esperanza.
El niño creció en medio de la orfandad económica, pero con fuertes valores morales inculcados por sus padres, miembros de una familia campesina que se vino a vivir a las afueras de la ciudad en busca de mejores oportunidades.
Su madre Matilde, una abnegada mujer que dejaba el hueso del espinal en una vetusta máquina de coser para alimentar a sus críos. Beto creció persiguiendo mariposas y agarrando peces pequeños en unas charcas, cada vez que regresaba de la escuela en compañía de sus amigos.
Siempre listo para el juego y los libros, el niño superó adversidades. Aprendió de su padre Heriberto, un disciplinado y jovial bodeguegero, que el estudio no solo era una ventana de crecimiento intelectual sino el camino idóneo para superarse en la vida.
Beto estudió medicina en la universidad y se hizo docto, catedrático y conferencista en Neurociencia. Ganó buen dinero a fuerza de su brillantez, pero no olvidó sus orígenes. Cada mes va a su barriada a jugar dominó, truco y degustar una bebida espírituosa de esas que despiertan los sentidos.
Devoró con pasión los textos de Santiago Ramón y Cajal, el padre de la neurociencia moderna y de él aprendió muchas cosas interesantes de las neuronas y de la plasticidad cerebral, sino de los ensayos filosóficos y la literatura de ficción.
Pero Beto es más que un intelectual y un exitoso profesional. Siente dolor por su pueblo. Cuando estudiaba en la universidad incursionó en la política, contagiado del sarampión marxista. Luego fue entendiendo la importancia de las libertades públicas, la propiedad privada y la calidad de vida.
Decidió leer a John Locke, Adan Smith y John Stuart Mill y otros tantos teóricos liberales. De Heidegger aprendió al Dasein, a ese ser ahí arrojado al mundo con sus vivencias. Se ve allí reflejado y por eso sale adelante para inspirar a otros.
Hoy, con la piel surcada por los años y el pelo grisaceo, Beto sueña con un país mejor, lleno de bondades. Él, a pesar de la estrechez económica de sus primeros años, recuerda la infancia feliz tras el vuelo del cometa tricolor, similar a la bandera de su país.
Desde su espaciada oficina levanta la mirada como buscando el cielo y ve a lo alto su añejo juguete, desafiante con esa libertad que tanto anhela para su madre patria. Los ojos de Beto son los mismos de esos muchachos del barrio que luchan por superarse y construir muy pronto un maravilloso país.

