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Zulima Quiñones: Venezuela no puede seguir viviendo entre tragedias

 

Hay dolores que una nación puede soportar por un tiempo. Ningún pueblo, sin embargo, debería acostumbrarse a vivir durante veintisiete años bajo una crisis que ha desdibujado sus instituciones, fracturado a sus familias y puesto a prueba la resistencia de millones de ciudadanos.

Venezuela no necesita que le expliquen lo que significa sobrevivir. Lo vive cada día. Lo conoce la madre que espera noticias de un hijo detenido, el militar preso por mantenerse fiel a sus principios, el jubilado cuya pensión no alcanza para alimentarse. el joven que tuvo que abandonar el país porque su futuro le fue arrebatado. el niño que crece con sus padres separados por la migración.

Las cifras nunca alcanzarán para contar el tamaño de esta tragedia, porque el sufrimiento no se mide en estadísticas, sino en vidas. En abrazos aplazados. En sillas vacías. En cumpleaños sin familia. En hogares donde la incertidumbre se ha convertido en rutina.

Los presos políticos, civiles y militares, representan una de las heridas más profundas de esta larga crisis. Más allá de cualquier diferencia ideológica, su situación interpela la conciencia de toda sociedad que aspire a convivir bajo el respeto a la dignidad humana y al Estado de derecho. Cada persona privada de libertad por razones políticas deja también una familia atrapada entre la angustia, la espera y la esperanza.

Como si décadas de crisis no fueran suficientes, un terremoto vuelve a poner a prueba la capacidad de resistencia de un país ya profundamente golpeado. Cuando una emergencia natural ocurre en medio de una crisis prolongada, sus consecuencias humanas suelen ser aún más severas. Los más vulnerables son quienes pagan el precio más alto.

Pero Venezuela no necesita únicamente solidaridad después de un desastre. Necesita que el mundo comprenda que la emergencia no comenzó con un movimiento telúrico. La verdadera emergencia lleva casi tres décadas golpeando el corazón de la nación.

No podemos permitir que la tragedia venezolana se normalice. No podemos aceptar que el sufrimiento cotidiano se convierta en paisaje ni que la resignación sustituya la exigencia de justicia, libertad y respeto por los derechos humanos.

Humanizar a Venezuela significa recordar que detrás de cada noticia hay un rostro. Que detrás de cada preso político hay una madre que espera, unos hijos que preguntan y una familia que resiste. Que detrás de cada migrante hay una despedida que nunca fue un deseo, sino una obligación. Que detrás de cada víctima de un desastre natural hay personas que merecen protección, apoyo y un Estado capaz de responder.

Los venezolanos han demostrado una fortaleza extraordinaria. Han resistido donde muchos habrían renunciado. Han reconstruido sus vidas una y otra vez. Pero la resiliencia de un pueblo no puede ser utilizada para justificar que continúe viviendo sin garantías, sin justicia y sin libertad.

Después de veintisiete años, el cansancio es evidente. No es el cansancio de quien pierde la esperanza, sino el de un pueblo que reclama el derecho a vivir con dignidad. Ninguna sociedad debería resignarse a que generaciones enteras crezcan con el miedo, la escasez, el exilio o la prisión como parte de la normalidad.

Venezuela merece volver a ser un país donde la libertad no sea un privilegio, sino un derecho, donde pensar diferente no conduzca a la cárcel, donde los desastres naturales no profundicen una crisis provocada por años de deterioro institucional, donde las familias puedan volver a reunirse sin temor y sin fronteras impuestas por la necesidad.

Humanizar a Venezuela es negarse a olvidar. Es dar nombre a quienes sufren, escuchar a quienes han sido silenciados y recordar que detrás de cada historia hay una persona cuya dignidad merece ser respetada.

Porque ningún pueblo debería vivir eternamente entre tragedias y los venezolanos merecen, por fin, la oportunidad de vivir en libertad, con justicia y con esperanza.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM