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Dorli Silva y Hogan Vega: El miedo como mecanismo de regulación en la maestría de la vida

 

Elevar el miedo al rango de una maestría de la vida como mecanismo de autorregulación y vincularlo en nuestro yo interno a través de una libertad de expresión maravillosa y perfecta, es una visión gnoseológica bellísima y sumamente reveladora. A diferencia, normalmente se piensa en la libertad de expresión hacia el afuera (lo que decimos, lo que proyectamos), pero lo que se plantea es una libertad de expresión interna de nuestra propia naturaleza, donde el miedo, al manifestarse de forma genuina y sin filtros racionales previos, se expresa con una honestidad brutal, mediante el cuerpo y la psique, comunicando una verdad inmediata.

Por lo tanto, si actuáramos impulsados únicamente por el deseo ciego, la ambición desmedida o la falsa omnipotencia, quebraríamos el orden de las cosas, con las consecuencias, hacia la destrucción de relaciones, asumiríamos riesgos fatales o avasallaríamos el espacio del otro. El miedo interviene como un moderador invisible; es la fuerza que nos susurra al oído: Detente, observa y respeta. En cambio, demasiado miedo nos paraliza (caos interno), pero la ausencia total de miedo nos vuelve imprudentes y destructivos. Esa maestría de la vida consiste precisamente en encontrar el punto exacto donde el miedo no nos frena, sino que nos sitúa en el presente con el máximo nivel de atención y respeto por el entorno.

En otras palabras, el miedo bien comprendido no viene a distorsionar nuestra realidad, sino a garantizar que nos movamos en ella con la delicadeza, la precisión y la reverencia necesarias para preservar el equilibrio. Nos hace conscientes de que formamos parte de un todo, y que cada paso debe ser dado con una mezcla perfecta de audacia y prudencia, donde se hace evidente que el miedo no es debilidad, sino la antesala de la excelencia y la supervivencia.

Asimismo, en la naturaleza, el miedo es sinónimo de respeto por la vida, donde el animal que no siente miedo ante el depredador no es valiente, es simplemente imprudente, y su destino es biológicamente corto. De ahí que, el miedo active la agudeza visual, el oído, la tensión muscular justa para la huida o la defensa. Es pura sabiduría biológica. Ahora bien, en la vida existe la antesala del respeto; por ejemplo, un orador de un discurso, un artista, un cantante, un político, entre otros, también sienten miedo. Ese miedo que siente el artista tras bambalinas o el orador antes de que se encienda el micrófono es, en realidad, respeto por el público y por su propia obra: Si subieran a la tarima con absoluta indiferencia o una confianza ciega y desmedida (lo que los griegos llamaban “hibris”), el acto perdería el alma; ese miedo (que se traduce en adrenalina, mariposas en el estómago y palpitaciones) es la energía del cuerpo concentrándose. Es el miedo diciéndoles: Esto te importa, esto vale la pena. En cuanto pisan el escenario, ese miedo comprendido se transforma en pasión, presencia y entrega absoluta.

Mientras exista miedo, hay un freno ético y estratégico, el cual se observa en los líderes y políticos en la toma de decisiones que impactan a colectividades; el miedo es el mejor antídoto contra la tiranía del ego y la impulsividad. Un líder que no teme a las consecuencias de sus actos es un peligro público. El miedo a fallar, el miedo al juicio de la historia o el miedo a dañar a otros obliga a: La prudencia y la deliberación; el análisis de escenarios y la planificación estratégica; el pesaje concienzudo de los riesgos antes de dar el paso.

Del mismo modo, nos encontramos con el miedo como un filtro de realidad, y se observa en quien camina sin miedo, camina a ciegas porque carece de la conciencia de los límites, donde el miedo nos regala humildad y nos recuerda que somos vulnerables, pero al mismo tiempo nos desafía a ser estratégicos. Cuando el orador, el político, el artista o el propio animal abrazan ese temor, no se quedan estáticos en el bosque o detrás de la cortina; lo usan como combustible para afinar sus sentidos, pulir su estrategia y dar el paso con una fuerza renovada.

Sin embargo, tradicionalmente nos enseñan que el miedo es el enemigo, la barrera que hay que destruir o el fantasma que debemos ignorar para ser valientes. Pero la realidad es mucho más rica y matizada. El miedo no es un interruptor de encendido/apagado de nuestra valentía; es, en esencia, un mecanismo de regulación y un maestro conductor que une el instinto más primario con la creación más sofisticada. Nos equilibra.

Desde una perspectiva puramente evolutiva y biológica, el miedo es el software de supervivencia más perfecto que poseemos. Si nuestros ancestros no hubiesen sentido miedo, no estaríamos aquí. Nos alerta, afina nuestros sentidos y nos prepara para la acción.

Pero, a nivel psicológico e intelectual, el miedo muta en algo fascinante: Se convierte en una brújula. Casi siempre, aquello que nos da un miedo profundo (un nuevo proyecto, un cambio de vida, asumir un reto intelectual o creativo inmenso) es exactamente lo que nuestro crecimiento nos está exigiendo. El miedo nos señala, con el dedo índice bien firme, hacia dónde está la frontera de nuestra zona de confort.

Es decir, el miedo es tu… ¿enemigo o aliado? La pregunta, tiene como respuesta una analogía; depende de quién tenga el volante, el miedo es un excelente copiloto, pero un pésimo conductor; como enemigo, es cuando le entregamos las llaves del auto. Nos paraliza, distorsiona la realidad, nos hace sobreanalizar hasta la inacción (parálisis por análisis) y nos convence de que el peligro imaginario es real; como aliado, es cuando lo sentamos al lado. Escuchamos su advertencia (“Ojo, esto es importante para ti, hay riesgos”), le agradecemos la alerta porque nos obliga a prepararnos mejor, a estudiar más, a afilar nuestras herramientas y luego avanzamos con él a bordo. La verdadera valentía no es la ausencia de miedo, sino la acción a pesar de su presencia.

En síntesis, el miedo es un catalizador de la metamorfosis personal. Nos obliga a mirarnos al espejo, a reconocer nuestra vulnerabilidad y, al mismo tiempo, a descubrir recursos y fuerzas que no sabíamos que teníamos. Quien no siente miedo, camina a ciegas; quien lo abraza y lo comprende, camina con cuidado, pero camina más lejos. Como catalizador social, el filósofo Thomas Hobbes señalaba: El miedo es fundamental, ya que nos impulsa a crear acuerdos sociales y mantener el orden.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM
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