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Soledad Morillo Belloso: Colombia, los deberes que impone la elección

 

Ganar por un margen mínimo es como salir vivo de un derrumbe: sí, estás de pie, pero todavía tienes el polvo en las pestañas y el temblor en las rodillas. No hay gloria limpia ahí; hay advertencia. El país mira con ese silencio que pesa más que un grito y dice, sin decirlo: “Le dejo pasar, pero no se confunda: le estoy midiendo”. Una victoria tan flaca que casi se transparenta no autoriza el brinco ni el pecho inflado; obliga a caminar con la conciencia despierta, como quien sabe que pisa un suelo que ya viene cuarteado.

El ganador de una elección así no recibe un mandato, más parece que recibe un ultimátum elegante. Le entregan el poder como quien entrega un cuchillo envuelto en terciopelo: con cuidado, con recelo, con la esperanza de que no lo use para degollar al otro medio país. Porque cuando la diferencia es mínima, el deber es máximo. Y el que llega al poder tiene que entender que no entra a un palacio, sino a un quirófano donde cada palabra puede ser bisturí o torniquete. Su tarea es casi alquímica: convertir la desconfianza en un mínimo de convivencia, transformar el ruido en un hilo de sentido, evitar que la mitad contraria se convierta en enemigo declarado. Ganar por tan poco es quedar condenado a escuchar incluso lo que no quiere oír, a gobernar para quienes lo miran con los brazos cruzados, a entender que la legitimidad no vino en la urna: vino en cuotas, a crédito, y el país va a cobrar puntual.

Pero perder por ese mismo margen también tiene su propio filo. El perdedor queda con la herida abierta y la tentación —tan humana, tan peligrosa— de convertir esa herida en incendio. Perder por un suspiro no es una derrota total: es un recordatorio de que el país está partido en dos mitades que respiran distinto pero comparten el mismo techo. Y cuando el techo es uno solo, el perdedor no puede darse el lujo de patear columnas. Su deber es más amargo, más adulto: tragarse el orgullo sin hacer ruido, reconocer el resultado sin teatralidad, sin insinuar sombras donde no las hay, sin convertir la duda en arma. Un país astillado no resiste que el derrotado juegue a profeta del caos.

El perdedor tiene que hablarle a los suyos como un padre sensato que evita que la rabia se vuelva estampida. Debe recordarles que la democracia no es un casino donde uno voltea la mesa cuando pierde, sino un pacto que se honra incluso cuando duele. Su deber es evitar que la frustración se vuelva veneno, que la derrota se convierta en excusa para incendiar el país que dice defender. Y, sobre todo, debe entender que su papel no es desaparecer ni sabotear, sino vigilar: ser contrapeso, no dinamita; ser memoria, no rencor; ser la voz que señala sin destruir, que critica sin desfondar, que exige sin arrasar.

En un país fracturado, el ganador debe gobernar sin romper; el perdedor, perder sin destruir. Ambos están obligados a una grandeza incómoda, casi antinatural. Pero si uno falla, el país se tambalea; si fallan los dos, el país se cae.

Ambos, ganador y perdedor, tienen que ser estadistas. Les toca.

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM
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