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Jesús Puerta: Etapas o el final del antiimperialismo histórico

 

La historia de América Latina fue vista en el siglo XX por la visión oficial de la URSS (eso que llamaron “marxismo-leninismo), como una sucesión de etapas para liberarse del imperialismo norteamericano. No necesariamente se trataba de una escatología, sino de un conjunto de previsiones y un plan estratégico que tomaba en cuenta las fuerzas de las clases sociales en lucha y la posibilidad de que fuesen logrando sus objetivos, uno por uno, uno tras otro. Al dogmatizarse, esas previsiones se convirtieron en un guión predeterminado, el “etapismo”, cuestionado directamente por el trotskismo con su teoría de la Revolución Permanente, pero también por el foquismo, inspirado en el Che Guevara, según el cual no había que esperar las condiciones, sino crearlas. Hoy, cuando Venezuela es una factoría, un protectorado o una dictadura tutelada (escoja usted la denominación), se hace indispensable reflexionar sobre las posibles etapas de su cambio histórico.

La idea de que la historia avanza por etapas no es nueva en la izquierda latinoamericana. Es una tradición heredada de la Tercera Internacional, adaptada luego bajo el molde rígido del estalinismo a través de los Partidos Comunistas (PC) de la región. Esta doctrina establecía que los países periféricos, al no haber alcanzado un desarrollo capitalista pleno, debían transcurrir por, al menos, tres etapas ineludibles: 1) La Revolución Democrático-Burguesa, 2) la Liberación Nacional y, finalmente, 3) la Revolución Socialista. Esta visión chocó frontalmente con la tesis de la Revolución Permanente de León Trotsky, quien argumentaba que, en la periferia capitalista, la burguesía nacional era demasiado débil y dependiente del capital extranjero como para liderar cualquier gesta emancipadora. Para el trotskismo, las tareas democráticas y las socialistas debían fundirse en un solo proceso ininterrumpido conducido por la clase trabajadora. Sin embargo, el “etapismo” de los PC se impuso como el sentido común de la ortodoxia militante durante décadas.

Cuando la Revolución Cubana rompió los esquemas en 1959, la fe en la paciencia etapista se quebró. Emergió la consigna del Che Guevara de “crear dos, tres… muchos Vietnam”, inaugurando la era de la lucha armada guerrillera en la región. Ya no se trataba de esperar las condiciones objetivas, sino de crearlas a través del foco insurreccional. Este ciclo de romanticismo armado y tragedia militar, tuvo su cierre definitivo en 1990, cuando con claridad el Comandante del FSLN, Víctor Tirado, lo afirmó tras la derrota electoral de 1990 en Nicaragua.

La revolución, tal como se había pensado en el siglo XX, agotó su manual. Esto se confirmó con el surgimiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en México en 1994, que auto-limitó sus fines a la autonomía regional y comunitaria, renunciando explícitamente a la toma del poder del Estado.

A comienzos del siglo XXI, la izquierda populista y progresista, diversa, pero con representante claros en Chávez, Lula, Kirchner, Correa, Morales, asumió, al menos discursivamente, la vieja herencia de la “liberación nacional”. Los resultados, sin embargo, fueron decepcionantes. Esos gobiernos profundizaron el extractivismo y los vicios que, se suponía, dejarían atrás, descollando la corrupción y el patrimonialismo autoritario. La dependencia del petróleo, el gas, la soya y la minería se agudizó. Para financiar sus proyectos y sostenerse políticamente frente a la presión de Washington, abrieron las puertas del hemisferio a nuevos actores globales: China y Rusia. La soberanía no se tradujo con autodeterminación, sino con un oportunismo geopolítico, que derivó en un cambio de acreedores y de tutores geopolíticos en el tablero de la nueva Guerra Fría.

En el panorama actual, casi los únicos que enarbolan con peso específico la tradición de la soberanía nacional y el multilateralismo son el México de Claudia Sheinbaum y el Brasil de Luiz Inácio Lula da Silva, aunque ambos lo hacen desde coordenadas e intereses muy particulares, distantes de la retórica izquierdista del siglo XX y principios del XXI.  Ambos proyectos pretenden defender la soberanía nacional, gestionando las contradicciones de la globalización real, tratando con cuidado al loco de Washington (ni tan loco, o al menos, un loco con método y fines, con fracasos también) y aspirando a posiciones en un sistema multilateral en crisis, como un puesto en el Consejo de Seguridad de la ONU o conformar el puente de los BRICS al crecimiento del poder chino.

En este panorama, cómo pensar las etapas del cambio en Venezuela. El proceso chavista pretendió, atravesar la democracia constitucional, para ensayar algo que solo devino en un capitalismo de “compadres”, un reparto entre generales corrompidos, un Estado patrimonialista y fragmentado y, en general, una economía rentista destruida, más dependiente y deudora que nunca, multiplicando los vicios del pasado. La promesa de la “liberación nacional antiimperialista” fue derrotada y la capitulación del 3 de enero de 2026, ha profundizado la dependencia petrolera y minera, y la subordinación al imperialismo norteamericano. Venezuela ha involucionado a una etapa pre-institucional, pues su Estado ni siquiera controla el dinero de la venta del petróleo, y ha establecido una legislación que es una entrega total a las grandes corporaciones.

Pareciera que la etapa del presente venezolano es la de la reconstrucción de lo elemental, que atraviese fases como la de la redemocratización básica, que pasa por recuperar la constitución, reparar el tejido institucional, con el objetivo de restablecer el valor del sufragio y el imperio de la ley. Otras etapas serían la reindustrialización del país y la recuperación del control sobre nuestros recursos, pasando por una política de gran estímulo a nuestra educación, ciencia y tecnología.

No hay liberación nacional posible, que es la de una relación respetuosa con los Estados Unidos y un multilateralismo de las diferentes generaciones de los Derechos Humanos, si primero no se construye una república de ciudadanos. Hasta allí llega nuestro horizonte.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM
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