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Betilde Muñoz-Pogossian: La OEA, palabras y también acción

 

En los archivos de la Organización de los Estados Americanos (OEA) se alojan más de 200 tratados internacionales y más de 6,000 acuerdos bilaterales de cooperación, constituyendo uno de los acervos jurídicos más ricos a nivel mundial; acervo que estructura normas de convivencia democrática y protección de valores interamericanos, y de derechos humanos entre muchos otros bienes regionales. Con frecuencia se cuestiona su valor, y se alega, a veces justificadamente, que espacios como la OEA están demasiado enfocados en diálogos y más diálogos, en reuniones y entrega de acuerdos y declaraciones, y muy poco en resultados. Estos cuestionamientos son atribuibles a la brecha que persiste entre los compromisos que se logran a nivel interamericano y el impacto que estos tienen en el diario vivir de las personas. El problema es que es en dicha brecha donde la credibilidad de los organismos multilaterales se pone a prueba.

El tema es que estos cuestionamientos ignoran una verdad fundamental: el multilateralismo no es una opción entre palabras y acción. Al contrario, es un continuo en el que los acuerdos, las normas y los compromisos compartidos hacen que la acción colectiva sea posible, y que, de ahí, con la agencia de diversos actores y el liderazgo de los países, se logren resultados. Es comprensible que esta arquitectura resulte poco tangible para quienes no están en el centro de las negociaciones, más cuando esos acuerdos y compromisos no son tan fácilmente traducibles para la ciudadanía. Tampoco ayuda la limitación de recursos relativa a las grandes demandas de la ciudadanía. Sin embargo, no ha sido por falta de voluntad para lograr acuerdos, generar compromisos, y para llevar bienestar a la ciudadanía.

¿Es esa brecha absoluta? ¿Y está toda la responsabilidad en organismos como la OEA, como frecuentemente se asume? La respuesta es compleja. Por un lado, la brecha persiste a pesar de que la OEA este activa trabajando. Consideremos, por ejemplo, la labor de la OEA en materia de observación electoral. Desde 1962, la OEA ha realizado 348 Misiones de Observación Electoral (MOE) en 28 países del Hemisferio. Solo en 2025, se desplegaron 579 observadores y expertos, con una participación del 52% de mujeres y 48% de hombres, y se formularon más de 400 recomendaciones en los informes preliminares de estas misiones. En lo que va del primer año de la administración del actual Secretario General Albert Ramdin, se han implementado 16 misiones electorales y enviado a campo a más de 600 observadores en contextos de alta competencia política. Estas misiones no son meros ejercicios simbólicos ni funcionan como turismo electoral. Las misiones electorales de la OEA contribuyen con la transparencia y equidad electorales, fortalecen instituciones, y en contextos altamente polarizados ayudan a construir confianza ciudadana en los procesos democráticos y a dirimir conflictos electorales. Más aun, sus recomendaciones se traducen con frecuencia en reformas que mejoran como se organizan elecciones.

Otro ejemplo que ilustra acciones de la OEA son las misiones especiales. A lo largo de las últimas dos décadas, la OEA ha traducido los compromisos hemisféricos en resultados medibles mediante el despliegue sostenido de misiones especiales, cuando los Estados miembros así lo solicitan. La Misión de Apoyo al Proceso de Paz (MAPP/OEA), activa desde 2004, ha mantenido una presencia continua sobre el terreno durante más de 20 años, monitoreando procesos de desmovilización, apoyando la reintegración y acompañando a comunidades en territorios afectados por el conflicto. La misión especial de la OEA en la zona de adyacencia entre Guatemala y Belice ha sido altamente exitosa si se considera que la disputa se ha extendido por más de 150 años. Desde el año 2000 se han logrado avances significativos, incluyendo 3 acuerdos de construcción de confianza; el Acuerdo Especial para someter la controversia a la Corte Internacional de Justicia; más de una docena de acuerdos bilaterales; y no se ha producido ni una sola confrontación entre las fuerzas armadas y de seguridad de ambos países.

Estos ejemplos demuestran que la OEA no es meramente un foro lleno de palabras, sino que hay acciones detrás de esas palabras. Reconocer los logros de la OEA, con frecuencia silenciosos, y no necesariamente cuantificables (porque, ¿cómo se cuantifica la violencia que no ocurre? O, ¿los beneficios de la desmovilización de actores en conflicto?, o la elección que no termino en conflictividad social?)  tampoco se debe retirar el foco del reto central: la entrega de resultados sigue siendo desigual en un mundo en el que las expectativas sobre los organismos multilaterales siguen aumentando.

La responsabilidad absoluta no recae solo en la OEA. Tener buenos resultados requiere apropiación nacional usando el apoyo de la OEA. La sociedad civil también cumple un rol, así como el sector privado. En otras palabras, la responsabilidad es compartida. Revalorizar el multilateralismo, y la OEA como principal foro de diálogo político, requiere cambiar la narrativa, y ser justos en la evaluación. Es entender que la diplomacia es más que palabras, y que es un espacio que permite establecer normas compartidas, y consensos que sirven de marco para la acción. Es dimensionar el rol de la OEA, y ajustarlo a lo que puede lograr cuando la voluntad política, y los recursos apropiados se alinean. Los resultados importan, y se deben seguir entregando, pero es importante no perder de vista la realidad. En última instancia, la pregunta no es si la OEA puede cumplir. Ya lo hace. La pregunta es cómo seguir potenciando los acuerdos y fortaleciendo a la OEA para asegurar aun mejores resultados.

Las opiniones son personales. No representan las de la Organización de los Estados Americanos (OEA).

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM
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