Después de un desigual espectáculo de inauguración, algo predecible y estereotipado en su formato de show de medio tiempo, el Mundial 2026 inició con varios cambios discutibles: el canto del himno en el círculo del estadio, la oficialización de las pausas de hidratación y la incorporación definitiva de las body cams en el cuerpo de los árbitros.
En los tres casos, hubo errores técnicos propios del debut y del lanzamiento en vivo.
La dirección en el canto del himno fue un desatino en el registro de las impresiones de los jugadores, en el montaje de planos secuencia a espaldas, cuando más nos entusiasma el rostro emocionado de los protagonistas al cantar sus notas patrióticas. Prefiero el estándar clásico de todos mirando de frente y la cámara captando los close ups, los llantos y gestos.
Cambios así no suman, solo evidencian una necesidad de proponer un estilo distinto que no cuadra. Veremos hasta dónde llega. Qué sensación me dejó el partido inaugural, tras su marcador de dos goles por cero a favor de los manitos. Un resultado merecido, por demás.
Como soy crítico y comunicador, voy con mi opinión más honesta. La victoria azteca, bastante cómoda, refleja el problema del otro gran cambio del Mundial 2026: su sentido de hinchazón para convertirse en el acaparador máximo de la atención por su lapso abultado de más de un mes, como si fuese un Netflix del fútbol, donde no te puedes despegar, so pena de perderte de tu pasión.
Los demás torneos se gestaban desde otro lugar y contexto, el de un mundo laboral posfordiano, cuyos juegos eran una pausa de ocio, antes de seguir con la jornada de trabajo.
Ahora seguir el Mundial es un trabajo, para fanáticos y expertos, el ingreso a una cadena costosa, donde pagas para divertirte y monetizar tus redes, si tienes la oportunidad. Por tal motivo, el partido de México contra Suráfrica no tuvo sorpresa, no tuvo el efecto de aquellas inauguraciones rudas con el campeón vigente, que tumbaban quinielas, bajo el peso de la realidad, pues en la cancha se acaba la venta de humo de los grandes equipos que viven de la camiseta, para reeditar sus conquistas.
El pecado del Mundial inflado de 2026 es el de toda plataforma de negocios y servicios en la actualidad, al querer expandir su experiencia para vender más avisos y rentabilizar la adicción de las audiencias.
Con el Mundial clásico, el afán de lucro existía y era moneda corriente para garantizar la viabilidad económica de la FIFA.
En la actualidad, ante un mercado saturado por la competencia, el Mundial apuesta a ser un Coachella non stop de partidos, como conciertos y sensaciones, durante más de un mes.
Por tanto, frente a la ampliación de la grilla, la oferta no sostiene la expectativa de la demanda, porque las diferencias entre selecciones y federaciones son abismales.
De modo que la primera ronda será un trámite para los equipos grandes, tragándose a los pequeños que no tienen oportunidad, debido a sus limitaciones estructurales. Suráfrica no tiene talla mundialista, es obvio, salvo por su inclusión en el Mundial que montaron.
Desde entonces, la selección lejos de evolucionar, nos mostró que el proyecto de ampliación del Mundial, en modo aplicación global, no resulta funcional y atractivo, por los momentos.
De seguro, la primera ronda tendrá sus daños controlados, sus instantes de tensión.
Pero en realidad, el Mundial 2026, tal como se perfila, comenzará en octavos o cuartos de final.

