Hay dos imágenes que se me han quedado prendidas en la mente y no consigo borrarlas. Seguramente no son las imágenes más violentas que hayamos visto; lamentablemente, todos los días siguen apareciendo escenas de la guerra contra Gaza o Ucrania, los crímenes perpetrados por Netanyahu, los ataques de Rusia o cualquier violencia producida en países donde la vida cada vez vale menos.
Sin embargo, las escenas que voy a comentar me han producido un profundo daño, tanto por su violencia como por la justificación de estas y el disfrute que producen. Porque significan, ni más ni menos, que tradiciones, culturas o sencillamente el uso del poder jalean y normalizan los espectáculos relacionados con el daño al otro, con la violencia y la muerte, con la inhumanidad que los seres humanos son capaces de exhibir y aplaudir.
La primera imagen es la cacería de 700 delfines en las Islas Feroe, situadas entre Islandia, Noruega y Escocia, que pertenecen a Dinamarca (por si alguien piensa que pertenecen a otros países o culturas no occidentales). Una tradición con varios siglos de antigüedad que se llama grindadráp y que justifica una cruel matanza en la que manadas de cetáceos son atrapados y asesinados siguiendo un ritual ciudadano, en el que participan los isleños junto a los niños y niñas que presencian esta barbaridad.
Las aguas se tornan en un color rojo intenso, el color de la sangre de estos animales, que son arrastrados a la orilla mediante ganchos de metal clavados en sus orificios respiratorios. Así, año tras año, casi un millar de estos animales son asesinados para disfrute de una población que esos días retrocede varios siglos en su progreso ético.
En 2021 se consiguió el cruel récord de matar a 1428 ejemplares en una sola jornada. Fue tanto el bochorno que el propio gobierno de las islas planteó rebajar el número de capturas a un máximo de 500 por cacería. Pero da igual: la tradición de alimentarse del horror y la crueldad es más fuerte que la razón. Y así se acaba justificando la crueldad en nombre de la tradición.
¿Delfines, en serio? ¿Esos animales que aman y ayudan al ser humano si le ocurre algo en el mar? ¿Esos animales conocidos por su gran inteligencia y sociabilidad, que se comunican mediante silbidos y que son incapaces de desconfiar del ser humano?
Y no estoy criticando la caza como una actividad comunitaria, a veces de regulación de las especies, que afortunadamente ya está controlada y supervisada por organismos para impedir la caza ilegal, descontrolada o que amenace a unas variedades determinadas.
Me revuelvo contra las tradiciones que hoy día sobreviven exclusivamente para regocijo y disfrute malsano de los humanos, cuyos impulsos más atávicos parece que se convierten en motivo de fiesta a costa de infligir daño y muerte a otras especies.
Mostrar la violencia gratuita como espectáculo solo conduce a educar en sentimientos dañinos, en creernos poderosos y soberbios, en amos de un mundo que no es solo nuestro.
La segunda imagen es el 80.º cumpleaños de Trump, su carpa para más de 4000 personas, el dispendio y la fastuosidad, y un show reflejado en un circo romano que celebra una noche de combates de artes marciales mixtas. La UFC (Ultimate Fighting Championship) es la mayor y más importante liga de artes marciales mixtas, y sus combates han sido el espectáculo de cumpleaños del expresidente. Puñetazos, patadas y la disciplina de combate más agresiva de las conocidas hasta dejar un rostro ensangrentado de un hombre que se tambalea por todos los golpes recibidos. Un combate que, además de los presentes, siguieron más de 80 000 personas en pantallas gigantes, porque es una demostración viril del patriotismo y los valores duros del americano medio.
Solo faltaba ver a Trump con el dedo hacia abajo decidiendo el destino del luchador.
Imagino que mucha gente sonreirá sin comprender por qué me escandaliza una pelea que está considerada deporte.
Pero además del espectáculo de sangre y violencia entre dos luchadores, el presidente de la UFC es amigo íntimo de Trump y, aunque el evento ha costado muchos millones de dólares, se espera que recaude muchos más beneficios entre derechos de televisión y patrocinios. Un negocio patrocinado por la Casa Blanca con fines comerciales y beneficios que también recaerán sobre la familia Trump, que son accionistas de la UFC.
Y ni siquiera la sangre y los puñetazos evitaron que Trump se durmiera.

