A veces las cosas no son ni buenas ni malas: simplemente son. Pero en política nada “simplemente es”. Todo viene con dueño, con historia, con intereses cruzados y con esa respiración pesada del poder que nunca es inocente.
La tutela estadounidense sobre América Latina no cayó del cielo ni fue un accidente geopolítico: fue arquitectura, diseño, doctrina. Desde la Monroe hasta hoy, Washington ha jugado a ser guardián, árbitro, socio o verdugo según le convenga. El discurso cambia; la intención, rara vez.
En ese mapa, Venezuela no fue un convidado de piedra. Durante décadas jugó con inteligencia: autonomía negociada, respeto mutuo, pragmatismo sin estridencias. No fuimos “patio trasero”; fuimos socio energético con voz propia, con instituciones que daban confianza y con una diplomacia que sabía bailar con gigantes sin perder el paso.
Ni pitiyanquis ni antiyanquis: venezolanos, pues.
Ese equilibrio tenía bases claras: petróleo confiable, inversión extranjera con reglas, industria y banca conectadas al mundo, cooperación tecnológica y educativa. Un toma y dame funcional, sin romanticismos ni rabietas. La política exterior era adulta.
Hasta que dejó de serlo.
La revolución bolivariana rompió la ecuación. La relación con Estados Unidos pasó del pragmatismo al teatro ideológico. A la retórica incendiaria se sumaron decisiones que desarmaron capacidades: expropiaciones, instituciones debilitadas, PDVSA politizada, mercados cerrados. En nombre de la soberanía se desmontaron los instrumentos que la sostenían. Paradoja cruel.
Y cuando un país se debilita, no queda solo: cambia de dependencias. Se abraza a otros “poderosos” que no necesariamente ofrecen mejores tratos. El resultado: menos autonomía, más vulnerabilidad.
La relación Caracas–Washington entra entonces en espiral descendente: ruptura diplomática, sanciones, desconocimiento político, bloqueo energético. Se pasa de una interdependencia manejada a un ring de boxeo donde cada golpe se da mirando a la gradería interna. Mucho grito, poco cálculo.
Tras los sucesos de enero de 2026, Estados Unidos actúa más como bombero cansado que como estratega. Sanciona, flexibiliza, vuelve a sancionar, concede licencias, abre canales discretos. Su política interna manda más que su visión hemisférica. Pero con los meses aparece un reconocimiento básico: la situación de Venezuela es compleja y no cabe en un memo.
De allí salen espacios limitados: licencias petroleras, operaciones puntuales, acuerdos humanitarios, entendimientos mínimos en gobernabilidad. No resuelven mucho por el momento, pero admiten lo obvio: el colapso total es ingobernable.
La otra cara no desaparece del todo. Las sanciones han dejado cicatrices profundas: financiamiento restringido, comercio trabado, producción asfixiada. Su impacto es transversal. Y aunque en Washington hay debate, la lógica sigue siendo la misma: presión y contención.
A eso se suma un error conceptual: creer que los venezolanos abandonaron la democracia. No la abandonaron; se la arrebataron. No fue apatía, fue captura institucional. Para Washington, Venezuela es geopolítica; para los venezolanos, es pérdida íntima. La democracia es una memoria interrumpida.
En la región, los datos de Latinobarómetro muestran otra deriva: la democracia empieza a medirse por resultados inmediatos. Si no mejora la vida, pierde legitimidad. Ese vacío lo llenan los autoritarismos que prometen eficiencia exprés. Venezuela es ejemplo y advertencia.
Reconstruir no es consigna: es cirugía mayor. Rehacer instituciones, economía, tejido social. Y en ese proceso, la relación con Estados Unidos será inevitable, pero no debe ser ni única ni determinante.
La tutela no es solución. Es herramienta. Sirve sí para administrar tensiones. La pregunta es otra: ¿cuándo deja de ser útil y cuándo empieza a estorbar? ¿Cómo evitar que lo transitorio se vuelva camisa de fuerza?
La salida pasa por redefinir el vínculo: acuerdos, sí —energía, energía, producción industrial, comercio, seguridad—, pero con reglas claras, reciprocidad y sin ambigüedades sobre soberanía.
Porque el riesgo no es solo material: es simbólico. La caricatura de Venezuela como “estado 51” no es real, pero puede movilizar emociones. Alimentarla sería gasolina para el conflicto.
El dilema no es tutela o aislamiento. Eso es un falso dilema. El reto es construir una relación funcional sin dependencia. Cooperación sin subordinación. Autonomía sin encierro.
La política exterior influye, pero no sustituye lo esencial: reconstruir el país desde dentro. La historia venezolana no se escribirá en Washington. Se escribirá aquí, con tinta venezolana, en esta tierra que todavía pelea por recuperar dirección, instituciones y futuro.
Hay mucho por hacer. Y no se puede ser espectador. Hay que ser protagonista. Porque un país no se reconstruye desde la grada ni desde la queja resignada, sino desde la decisión íntima —y colectiva— de volver a ocupar el centro del escenario. Cada quien, desde donde pueda y como pueda, tiene un pedazo de país entre las manos. Soltarlo es renunciar; asumirlo es empezar. Y Venezuela, si algo ha demostrado, es que todavía tiene gente dispuesta a empezar de nuevo.
Bienvenidos todos, de cualquier nacionalidad, que quieran ayudar.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

