Fragmento de una larga historia.
De repente, detrás de unas cuatro o cinco personas que salieron primero, apareció una pareja tomada de la mano. El hombre vestía de traje negro y la dama iba vestida de novia para el matrimonio; un traje largo y amplio y todos los detalles usuales para ese ritual en la iglesia católica. Ella, como por instinto, tal si hubiese, pese estando de espalda, detectado mi presencia, movió el cuerpo ligeramente a la izquierda, volteó la cara hacia donde me hallaba, me miró; pude distinguir que era ella, la misma muchacha de mis tertulias y romance oculto, a través de la ventana de aquella casa. Al mirarme, creí percibir en su rostro todo, dirigido hacia mí, una honda tristeza. Luego bajó la cabeza y asida a la mano de su acompañante, abordó el vehículo, no sé si se dirigía a la iglesia o rumbo a la luna de miel. Cuando el hombre que la acompañaba giró su rostro hacia donde me hallaba, por ese usual hábito de siempre de los seres vivos, de otear los espacios circundantes, pude percatarme que, era un señor de mucho más edad que ella y yo. Tanto que, ella y yo, pudiéramos haber sido hijos de él.
Mi amigo, sin que yo hiciese ningún comentario, me dijo:
– “A esa joven la casaron obligada con ese tipo. Él es……me habló del contrayente, de su profesión, “egresado de la UCV. Vive en la ciudad donde esa familia antes vivió y allá ejerce. Al parecer, años atrás”, siguió hablando mi amigo, “pidió su mano para el casamiento, al padre de ella; es decir la pidió en matrimonio. Esa es una vieja costumbre, como medieval, que algunas familias todavía practican. Justamente por eso, el compromiso contraído, cuando esa familia se vino de por allá de una región del llano, un área ahora petrolera, para Cumaná, porque su hermano, mayor que ella, el que conoces del Liceo, debía ingresar al quinto año de bachillerato, nivel que en oriente sólo existe aquí todavía, la familia se mudó para acá; el padre todavía trabaja por allá. Va y viene. Por ese compromiso, para cuidarle la muchacha al prometido, la encerraron en su casa y, el encerramiento ha sido tal que, pese empezó a estudiar bachillerato por allá, aquí no la inscribieron en ninguna escuela secundaria y menos la dejaron salir sola de la casa. Sale con la mamá y el papá, cuanto este viene a visitarlas”.
– “¿Y cómo sabes tú todo eso?” Pregunté.
– “Pues, porque vivo aquí. Y aquí toda vaina se sabe. No hay como guardar secretos”.
“¡Pero ese tipo es un viejo para esa muchacha!” Dije con admiración y hasta manera inocultable de protesta.
Mi amigo, sabiendo mi persistente actitud de inconforme y protestón frente a todo lo que no considerase justo, no percibió nada extraño en mí y por eso se limitó a reír.
Mientras hablaba con mi amigo, yo miraba hacia ella, directamente a su cara, sorprendido y pidiéndole, en medio de mi mudez y gesto sorpresivo, con angustia y pesadumbre una explicación. Mis ojos, sus ojos, mi extrañeza y su pesadumbre, en medio del camino se mezclaron; en mi imaginación y angustia, le extendí la mano y vi las de ella extendidas hacia mí, atadas a unas esposas; la llevaban secuestrada; las lágrimas rebosaban sus ojos y empezaban a correr por sus mejillas; y hasta la escuché lamentarse en un muy discreto susurro, dirigido a mí, pues, como cuando por primera pasé al lado de su ventana, pronunció mi nombre y dijo otras palabras. Pudo haber sido, “espérame, volveré y nos escaparemos al río, pues lo que realmente quiero, los que los dos, ahorita, hubiésemos querido. En todo lo que haga, serás tú quien estará conmigo”.
Yo inmóvil, sorprendido, mirándola esposada, hablando conmigo mismo, pero también con ella, le dije, “te espero, te comprendo. Seguiré pasando como antes por tu ventana, hasta volver oír tu llamado mencionando mi nombre. Entonces nos iremos al río; éste lo sabe y nos espera; nos guarda un bello rincón para escondernos y su corriente para irnos; escaparnos por nosotros. Eso sí, desde ahora, como antes, donde estés, como quieras, en todo lo que hagas, siente mi presencia. Allí estaré. Pues, por nosotros y quienes vendrán después, estamos obligados a romper esas esposas, ser libres y poder ir al río abrazados, hasta nadar contra la corriente y salir en la orilla que queramos. Sé qué, de algún modo, hasta por intermedio de otros, eso vamos hacer”.
Más nunca supe de ella. Pero el mundo siguió dando vueltas, el río no cesó de correr y está todavía esperándonos, porque somos demasiados. Hubo cambios y muchas esposas fueron rotas y seguirán rompiéndose, si la verdad, constancia, amor, prevalecen para fortalecer las luchas y los derechos de la gente. El amor rompe muchas barreras.

