Según resuena aún en los mentideros de la historia, el presidente de Estados Unidos Franklin Delano Roosevelt habría dicho del viejo dictador marrullero de Nicaragua Anastasio Somoza García que bien podría ser cierto que este era a son of a bitch, but he’s our son of a bitch.
La frase admite distintas traducciones, la más convencional y comedida de las cuales sería “puede que sea un hijo de perra, pero es nuestro hijo de perra”; en cambio, la más exacta, en correspondencia a su significación e intención, sería “es un hijo de la gran puta, pero es nuestro hijo de la gran puta”; o un hideputa bellaco, como diría Sancho en castellano de puros quilates. En el idioma callejero de Nicaragua, tan teñido de términos en inglés heredados de dos ocupaciones militares en el siglo XX, esa traducción, fonética y pendenciera, sería “es un sanamambiche, pero es nuestro sanamambiche”; muy de mi infancia, pero a la vez muy actual ahora que América Latina se puebla de obsequiosos sanamambiches.
Que el viejo Somoza fuera un verdadero sanamambiche nadie lo pone en duda. Lo que sí está en duda es si la famosa frase fue pronunciada de verdad por Roosevelt. El historiador Michael Wood, por ejemplo, concluye: “No sabemos quién la dijo, a quién iba dirigida, o dónde se origina”.
Pero ese tipo de frases, aunque nunca hayan sido dichas, encarnan toda una filosofía geopolítica: mientras sean nuestros, no importa que sean unos hijosdeputa, pues los podemos dejar a cargo de nuestros protectorados, como administradores provisionales de largo plazo para que cuiden del petróleo, del oro, de los minerales raros, y, de paso, mantienen a raya a los emigrantes, criminales por naturaleza. Y en esta visión imperial de la historia, que nunca olvida el traspatio, el pretendido color ideológico del bellaco de marras, pasa a sobrar.
Hay quienes niegan que Roosevelt se refiriera a Somoza con lo de hideputa, aunque es obvio que le guardaba estima, pues lo recibió en Washington en visita de Estado en 1939, con los mismos honores que al mes siguiente dispensó al rey Jorge de Inglaterra y a su consorte, incluida una parada militar por Constitution Avenue y un suntuoso banquete oficial; aunque también se afirma que aquella parafernalia no fue sino un ensayo general para no errar en el protocolo dispensado a sus altezas reales, vaya para lo que sirven los dictadores sumisos.
Hay otros candidatos a destinatarios de la frase, si es que existió, el primero de ellos el generalísimo Rafael Leónidas Trujillo. Pero según se lee en el libro Gracias a Dios están de nuestro lado. Estados Unidos y las dictaduras de derecha, del historiador David Schmitz, quien ha expurgado miles de páginas de documentos en los archivos de la Biblioteca Presidencial Franklin D. Roosevelt, la frase sólo aparece en una referencia de pasada sobre Trujillo en la edición del 15 de noviembre de 1948 de la revista Time; y es mencionada posteriormente, el 17 de marzo de 1960, en un programa trasmitido por CBS Reports llamado Trujillo: retrato de un dictador. Nada más.
Tampoco es citada por ninguno de los numerosos biógrafos de Roosevelt. Y más borroso aún el panorama porque hay quienes la atribuyen más bien a su secretario de Estado Cordel Hull, “porque esta es la clase de cosas que él hubiera sido capaz de decir”, pero tampoco hay fuentes que lo testifiquen.
Y cuando las baterías apuntan al viejo Somoza, bellaco entre bellacos, la verdad es que sólo lo hacen de manera fugaz; supuestamente, y tampoco hay evidencia alguna, Roosevelt la habría dicho en 1939, en respuesta a una pregunta de alguien acerca del porqué invitaba a aquel dictadorzuelo tropical a la visita de Estado a Washington, para la cual se vistió de frac y bombín e hizo disparar los consabidos 21 cañonazos.
Un buen ejemplo de la política del buen vecino esa visita, otro de los cuales sería la amistad profunda y sincera desarrollada entre el Pato Donald, Pepe Carioca y Pancho Pistolas en la película de dibujos animados de 1944 de Walt Disney.
Luego la frase ha sido aplicada a otros dictadores y puesta en boca de otros presidentes de Estados Unidos; así, se dice que Eisenhower se refirió de esta manera al generalísimo Francisco Franco, caudillo de todas las Españas, cuando este aceptó establecer las bases militares en territorio nacional conforme los Pactos de Madrid de 1953. Pudo haber sido. Las leyendas toman cuerpo propio y se van encarnando en otros personajes, que hoy, en tiempos restauradores, se vuelven legión.
Pero, lo mejor de todo, es que Andrew Crawley, en su libro Somoza y Roosevelt: la política del buen vecino en Nicaragua, 1933-1945, asegura que Somoza era tan hideputa, que él mismo inventó la frase y se la atribuyó a Roosevelt para demostrar que, fuera lo que fuera, contaba con el respaldo de Estados Unidos.
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