Los recientes datos conocidos de la fortuna de Elon Musk son tan llamativos como obscenos. Según Oxfam, la riqueza personal del tecno-oligarca ha aumentado a un ritmo superior a un millón de dólares por minuto en el último año. Esto recoge el incremento estimado del empuje de las acciones de Tesla, SpaceX y otras empresas de Musk. El origen de esta expansión desproporcionada se relaciona con sus contratos con la administración Trump, a pesar de sus teatrales desavenencias. La sintonía del capital es absoluta; su vinculación al capital público —este que tanto se suele criticar— es palmaria. Esta situación de Musk no es exclusiva. Otros tecno-oligarcas se hallan en escenarios parecidos. Sus generosas donaciones a la campaña de los republicanos, y particularmente su apuesta por Trump, les moviliza para reclamar las facturas correspondientes: las que debe devengar la administración federal en forma de concesiones en proyectos considerados como estratégicos y que abrazan preferentemente la industria militar y la aeroespacial. Estamos ante una nueva fase del desarrollo capitalista, caracterizada por una elevada concentración del capital tecnológico. Y con otro rasgo característico: la amenaza a los sistemas democráticos por el control de la información y la capacidad financiera para depredar medios de comunicación. Se ha visto y se ve en Estados Unidos; y se aprecia igualmente en Europa.
Pero, además, estamos ante una nueva élite económica con un enorme poder económico y de influencia, que va mucho más allá de los límites conocidos de la empresa privada. Son grandes empresarios de las ramas tecnológicas que detentan plataformas digitales, inteligencia artificial, potentes redes de comunicación, algunos sectores productivos como la industria del automóvil o la aeroespacial, y que informan sobre hechos consumados en cuanto a posibles proyectos en los que se involucra de manera directa la administración por las acciones lobistas que perpetran esos magnates.
Es así como conflictos contra la migración, por ejemplo, se alientan sin recato desde X, como se ha observado recientemente en los graves disturbios en Belfast, con la ultraderecha desatada quemando negocios regentados por población no considerada “nacional”. La narrativa es simple, pero muy efectiva. Las derechas compran unos mensajes que son porosos para franjas de población, y que se divulgan a través de redes sociales y medios convencionales de comunicación. La democracia no parece necesaria cuando el “enemigo” es el “otro”, al que se hace responsable de pretendidas inseguridades y del consumo de recursos públicos, a la vez que se aboga por la reducción drástica de impuestos lesionando justamente esos servicios públicos. Con un telón de fondo: el ensalzamiento de una “libertad” edificada sobre arenosos cimientos.
La utopía ultraliberal está servida. Y los tecno-oligarcas ejercen de sumos sacerdotes del nuevo orden económico, con la aquiescencia de determinados poderes públicos, de administraciones concretas que se escoran, sin tapujos, hacia posicionamientos cada vez más ultraconservadores. Esa utopía tiene fundamentos tecnológicos, y una idea clara de que nada debe obstruir un avance imparable, que se vende como beneficioso para todos. Es decir, nada de regulaciones, ni de auditorías, ni de controles a esos poderes paralelos cuyas riquezas superan el PIB de muchos países. En tal sentido, Musk ha comparado la importancia de establecer presencia humana en Marte con combatir problemas como la pobreza o las enfermedades, vinculando esto a la supervivencia de la especie humana. El reclamo de inversiones para desarrollar más tecnologías que vayan en esa dirección representa un delirio tecnoutópico en el que están incurriendo fondos de inversión con financiaciones opacas, un hecho que preocupa al sistema financiero por la posible generación de una burbuja tecnológica. No sabemos a ciencia cierta si nos estamos moviendo en un pavimento en el que puede explosionar una crisis tecnológica por su sobreinversión. Un tema sobre el que un gran economista ya fallecido, Hyman Minsky, escribió analizando crisis económicas auspiciadas en recalentamientos de los activos.
Esa utopía abraza consideraciones de carácter macroeconómico, relacionadas con el desempeño de las economías públicas. Las propuestas que ya se están plasmando desde la ultraderecha siguen en esa senda de un ultraliberalismo sin freno: fiscalidades más bajas con menos tramos en los impuestos sobre la renta, eliminación total de los tributos sobre el Patrimonio y las Sucesiones, contraer el IVA y aportar menos carga fiscal a las empresas. Lo ha expuesto hace pocos días Vox; pero no descarrila con lo que algunos economistas conservadores proponen. Todo esto no cuadra con un ejercicio simple de contabilidad, a no ser que el mensaje opaco que se esconde sea la reducción drástica del gasto público y, en especial, del gasto social. Recordemos que esto supone un mensaje peligroso para los mercados: menos ingresos y posible mantenimiento de los gastos (reducirlos al nivel de la contracción de ingresos puede provocar movilizaciones sociales), conduce a un déficit severo que deberá ser financiado por la emisión de deuda pública. Con elevados intereses y con la sospecha de su devolución. Esto le pasó a Liz Truss, la premier británica asesorada por un gurú titulado en Oxford —poca broma— enaltecido en su momento por la prensa, Kwasi Kwarteng, tras la presentación en 2022 de un presupuesto muy reducido que contemplaba grandes rebajas fiscales y fiaba los ingresos a las emisiones de deuda. Los inversores no se lo creyeron y ese economista formado en la élite académica duró apenas un mes en el cargo (uno se pregunta qué diablos se les enseña en la Facultad). La libra se desplomó y la crisis política se acentuó.
Pero estas premisas encajan plenamente con los postulados de los tecno-oligarcas, cuyo objetivo estratégico es eliminar cualquier obstáculo que impida expandir sus negocios, incluso en un contexto de beneficios astronómicos ya consolidados. Según Bloomberg, los resultados corporativos en Estados Unidos en el primer trimestre de 2026 han aumentado de forma vertiginosa, por encima de previsiones previas establecidas. Esto es extensible a sectores como el inmobiliario, las comunicaciones, la tecnología, la energía, los materiales y los productos industriales. Según la misma fuente, la situación europea es igualmente boyante, si bien menor que en Estados Unidos, en prácticamente todos los sectores considerados.
Esta visión utópica de una realidad tecnologizada al máximo, sin cortapisas democráticas, con gobiernos de perfil autocrático o dictatorial, presentados como ejecutivos positivos que velan por los administrados pero que dejan rienda suelta a los tecno-oligarcas, solo puede ser desvelada y combatida por las armas de la política. En escenarios de gran dificultad, con inundaciones informativas que se sustentan sobre mentiras y falsedades en muchísimas ocasiones, urgen procesos de unidad de los demócratas. Este es el desafío para estos últimos. Porque ellos no van a cejar hasta obtener sus objetivos.

