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Gustavo Tovar-Arroyo: El abrazo de María Corina Machado

 

Después de años la abracé en Oslo, era la misma pero distinta: más serena, más humana, más hecha de país. Instantáneamente me percate que abrazaba un momento luminoso de la historia de Venezuela, no uno oscuro como el de Chávez, Maduro, los Rodríguez o Diosdi, donde las palabras han sido piedras y los brazos empuñan golpes letales, donde la política ha representado una maquinaria de resentimiento y de crueldad. Fue extraño abrigarme en los brazos de mi amiga que a su vez eran los brazos de otra Venezuela, más humana, más libre.

Se lo dije en Washington, ella sonrío. Nuevamente me abrazo con la serenidad de llevar una nación a cuestas, como una madre abraza a su hijo cuando recién regresa de la guerra: compasiva, sonriente, total.

Me abrazó: No estrechaba mi cuerpo, abrigaba un espíritu extenuado.

La compasión en el abrazo

La observé detalladamente abrazar hondamente a otros, amigos, compañeros, partidarios, venezolanos todos de su círculo o fuera de éste. Uno tras otro lo hacía con gratitud y compasión: somos una nación náufraga que se reencuentra en la misma orilla. Ya la había observado en su gira por Venezuela abrazando a ancianos consumidos por el abandono, padres llorosos rogando por el retorno de su familia en el destierro, madres en agonía urgiéndola a liberar a sus hijos torturados y presos, a niños deteriorados por el hambre y la desesperanza.

Ya la había observado con admiración abrazar a campesinos, pescadores, enfermeras, maestros, niños, muchos niños…, a una nación rota y malherida por el chavismo.

La había observado abrazar a Venezuela. Y me inspiró.

La ternura en el abrazo

A veces pienso que la ternura es la forma más lúcida de inteligencia. Después de tanta persecución y tragedia lo más fácil habría sido endurecer el corazón hasta convertirlo en puñal, pero no, ella no, María Corina recorría el país abrazando a su pueblo como una lámpara encendida de la oscuridad perenne. Comprendió que Venezuela no sólo agonizaba de hambre material, sino de hambre emocional, de abandono, de falta de ternura. La gente no corría sólo para verla, corría como quien encuentra un manantial en el desierto.

Mientras el chavismo insultaba, encarcelaba y torturaba, ella abrazaba con ternura. Mientras unos dividían y herían, ella reunía pedazos dispersos de una nación quebrada entre sus brazos.

Y en cada abrazo Venezuela recordaba que todavía era humana.

La piedad en el abrazo

La piedad no es lástima, la piedad exige mirar el sufrimiento sin apartar los ojos, recogiéndolo, amontonándolo en el regazo, sosegándolo; viendo en cada rostro venezolano una página dolorosa que merece ser leída con delicadeza. Porque el drama no sólo ha sido político, ha sido espiritual. El chavismo convirtió la humillación y el resentimiento en método de poder. Rompió familias, deformó el lenguaje, enseñó a desconfiar y a sospechar del amor, de la virtud, de la fraternidad. Durante años, Venezuela dejó de abrazarse a sí misma.

Ella hizo y hace lo contrario, nos abraza como ceremonia del reencuentro, sin hablar, sin dar explicaciones, sólo sintiendo, estrechando pecho con pecho a Venezuela.

Hace la más piadosa política en el abrazo.

La resurrección en el abrazo

La palabra resurrección viene de resurgere: levantarse otra vez. En sus abrazos, en los muchos que ha dado he comprendido algo más filosófico que político: las naciones necesitan amor para resucitar, para levantarse. No basta sólo economía y leyes, hace falta afecto, fe, belleza y esperanza. He aprendido, después de tanto dolor y drama, que para resucitar como nación tenemos que volver a reconocernos en el espejo de nuestra propia esperanza. Y la hay, mientras haya aliento capaz de empañar una lámina de vidrio.

El chavismo nos convirtió en una nación bajo sospecha, María Corina los enfrentó con valentía y coherencia. Comprendió que el primer acto de coherencia era abrazar a una sociedad despedazada.

Y lo hizo y lo seguirá haciendo…

@tovarr

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM
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