La gente más seria del mundo —esa que camina como si tuviera un reglamento interno soldado a la columna, esa que habla como si cada frase necesitara firma y sello húmedo— se vuelve escandalosamente simpática cuando hay Mundial. Es como si alguien les desconectara el modo “funcionario público” y les activara el modo “tío borracho en bautizo”. Basta que ruede la pelota para que ese señor que normalmente te mira como si fueras un trámite se transforme en un animador de feria con repertorio ilimitado de insultos creativos. El contador que vive en Excel ahora vive en el grito; el gerente que habla como decreto ahora habla como fanático poseído; la profesora de lógica, que jamás pierde la compostura, ahora pierde la garganta.
El Mundial tiene ese poder de desatornillar la seriedad con una facilidad que asusta. La gente seria empieza a usar diminutivos sin darse cuenta (“ese golcito estuvo criminal”), a soltar frases que jamás habían pronunciado (“¡qué pase tan sabroso, vale!”), y a mover el cuerpo con una torpeza feliz que haría llorar a cualquier fisioterapeuta. El tipo más acartonado del país puede terminar bailando un pasito que parece inventado por un robot recién lubricado. Y cuando el partido se pone tenso, ahí sí se desatan: el señor que nunca levanta la voz ahora grita “¡árbitro, revisa esa vaina!” como si el árbitro pudiera escucharlo desde otro continente; la señora que siempre habla bajito se convierte en soprano del reclamo; el muchacho tímido se vuelve estratega militar y empieza a explicar, con una seguridad sospechosa, por qué el lateral debería subir más.
Pero el momento supremo llega con el gol. Ese instante en que el país entero se convierte en un solo grito, un solo brinco, un solo despelote emocional. Ahí la gente seria pierde la compostura, la dignidad y hasta el apellido. Saltan como si tuvieran resortes en los zapatos, se abrazan con desconocidos como si fueran primos perdidos, se ríen con una felicidad tan pura que debería venir en frasco. Por unos segundos —maravillosos, gloriosos, casi milagrosos— son felices sin permiso, sin protocolo, sin agenda.
Y cuando el árbitro pita el final, ahí quedan: desparramados, sudados, despeinados, tratando de recomponer la dignidad que dejaron tirada en el minuto 73. Se acomodan la camisa, carraspean, se ponen serios otra vez… o al menos lo intentan. Pero ya es tarde. Todos los vimos. Todos sabemos. Sabemos que ese señor que firma documentos con cara de estatua brincó como si estuviera escapando de un charco de aceite. Sabemos que esa señora que siempre habla en tono de misa gritó “¡qué golazo, papá!” con una potencia que podría mover montañas. Sabemos que el jefe, el mismo que nunca ríe, celebró con un brinquito que desafía la física, la lógica y la vergüenza ajena.
Y lo mejor es que, cuando todo termina, intentan volver a su seriedad habitual… pero ya no les queda igual. El Mundial les dejó una grieta deliciosa por donde se les escapa la simpatía. Una sonrisa traicionera. Un chistecito espontáneo. Una mirada cómplice. Porque, aunque lo nieguen, aunque se hagan los duros, aunque vuelvan a su postura de “yo soy muy formal”, todos sabemos la verdad: el Mundial los desprogramó. Les soltó las bisagras. Les aflojó los tornillos. Les recordó que, debajo de tanta compostura, también tienen alma de fiesta.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

