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Soledad Morillo Belloso: Y Delcy sacó la pluma…

 

Aunque la tinta venía de otra oficina. Porque esta vez —y no es la primera— las decisiones sobre esas firmas no se cocinaron en Miraflores. No. El menú, los ingredientes y hasta la receta se definieron en “The White House”, ese eufemismo diplomático que en Caracas se pronuncia con una mezcla de resignación y cálculo.

Así que ahí está Delcy, en el salón, presente como presencia obligatoria, como figura central del cuadro, como protagonista que no protagoniza. No firma, pero su sola ubicación en la mesa dice que la firma le pertenece. Y mientras el funcionario designado estampa su rúbrica obediente, ella administra la escena con esa cara de “yo no fui” que ya es marca registrada.

Y claro, no pierde la oportunidad del discursito almibarado. Ese tono suyo, suavecito, casi maternal, que intenta envolver la realidad en celofán. Habla de soberanía, de cooperación, de oportunidades, de “nuevos tiempos”. Todo mientras el país sabe —porque lo sabe— que la decisión no se tomó ahí, ni ayer, ni en esa mesa. Se tomó lejos, en inglés, con aire acondicionado y sin necesidad de discursos.

El funcionario firma, pero firma lo que ya estaba decidido. Firma lo que llegó listo, empaquetado, con instrucciones claras. Firma porque alguien tiene que hacerlo para la foto. Y Delcy, que entiende el teatro mejor que nadie, se limita a supervisar la coreografía: la sonrisa, el gesto, la frase dulce, la mirada al lente.

Las compañías petroleras, por su parte, fingen. Ellas saben perfectamente dónde se negoció, quién dio el visto bueno y cuál es la jerarquía real del proceso. El salón en Caracas es apenas el escenario final, la ceremonia de clausura, la foto oficial. El acuerdo, el verdadero, se discutió en otra latitud.

Y el país, que ya ha visto demasiadas puestas en escena, reconoce el patrón: cuando la firma no nace en Miraflores, el discurso se vuelve más empalagoso y la sonrisa más rígida. Es la forma de cubrir el vacío con palabras, de maquillar el tutelaje con solemnidad, de convertir una imposición en un acto de “cooperación”.

Así que sí: Delcy está en el salón.

No firma, pero posa. No decide, pero actúa. No manda, pero representa. Y mientras tanto, la pluma sigue trazando líneas que otros escribieron.

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM
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