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Jordi Gracia: Apoteosis apostólica

 

La ubicuidad del apostolado de la fe esta vez se ha hecho con sobrecarga bollywodiense de luz y de color con eje pastelero en el centro de Barcelona: la apoteosis explosivamente plástica y musical ha sido hipnótica. En conjunto este viaje papal ha fabricado la campaña de márketing más poderosa que se recuerda en los siglos de los siglos (después de la campaña de venta de la IA lanzada urbi et orbi, nunca mejor dicho, por los oligarcas del nuevo tecnofascismo benditamente disfrazado de servicio público y denodada vocación de fraternidad desinteresada). De punta a punta del país, los medios públicos y privados han asumido el marco de la fe católica como espacio privilegiado de la virtud, el bien y la bondad, gracias al empuje y la inteligencia de un papa culto, batallador y bregado en las condiciones materiales de la existencia de los parias de la tierra, en su caso los parias del Perú.

La asociación es inmediata e imbatible: el reflejo de esta visita en los medios ha sido una gigantesca legitimación de la creencia supersticiosa en un conjunto de fábulas de estricta naturaleza infantil, donde existen los milagros, un infierno lleno de llamas (creo) y un cielo lleno… lleno de cielo azul, imagino, donde las bondades de la muerte feliz redimirán de las carencias de la vida, aunque nadie tenga prueba demasiado fiable, ni siquiera indiciaria (al estilo de algunos jueces), que pueda dar tranquilidad racional a esa profecía. Para eso está la liturgia y el teatro de la fe y su magnificencia ceremoniosa: para que la rotundidad del escenario y el espectáculo litúrgico cale en el corazón emocional de las personas sin pasar por las galerías de la razón quebrantahuesos. Hemos vivido en directo y a todas horas y en todas las cadenas la bendición de la neurosis de la fe como refugio irracional, falsa redención de nada y fascinación fabuladora contra toda la faramalla incomprensible y abstrusa que fabricó el humanismo ilustrado en los últimos 400 años.

Tanto si ha servido para reactivar las vocaciones como si no, con seguridad ha propiciado un rearme de la credibilidad o la confianza en la fe religiosa, y lo ha hecho en buena medida porque este papa ha sabido hablar por su cuenta y sin faltar a la palabra del Evangelio, en particular aquella que menos escucha, atiende y acata buena parte de su propia parroquia de obediencia debida (pero perezosa u olvidadiza). La paradoja ha sido que algunos de sus mensajes más potentes sintonizan con la vértebra sensible del discurso de la izquierda menos transigente con la avidez codiciosa de la especie o menos contemporizadora con la pandemia del dolor evitable o mitigable porque es de origen material: la miseria sin límite, la explotación inhumana, la exclusión social y civil que padecen centenares de millones de personas en el globo. Sí, exacto, esos mismos a quienes ha dejado a las puertas de la extinción (e inmersos en su propia extinción) la primera decisión ejecutiva del rezador Donald Trump tras su llegada a la Casa Blanca hace un año y medio: la supresión de la USAID como criminal ataque a los parias con consecuencias de genocidio consciente y deliberado. La pureza de la barbarie.

Los ateos fervientemente recalcitrantes hemos de poner parches a nuestros prejuicios estos días porque los ha puesto contra las cuerdas el señor Prevost: se ha acercado, ha tocado y ha reivindicado a los más desgraciados, a los parias de la tierra de antaño, los del himno legendario, y los ha hecho suyos a base de palabras, gestos e imágenes. Los destinatarios de esa predicación debemos ser el orbe entero, que es la escala en la que se mueve el Papa de Roma, pero para mí que los interpelados hasta el fondo de sus conciencias cristianas deben de ser los partidarios de mantener a los parias en su sitio, bien lejos, y que no vengan aquí a meter las narices, no vaya a ser que haya que subir impuestos para reforzar y rearmar servicios públicos minuciosamente deteriorados desde la Gran Recesión en múltiples comunidades autónomas gobernadas por la derecha.

Igual es mejor verlo al revés: la inmigración que ha experimentado España en la última década es el resultado directo de la opulencia conquistada como Estado rico del mundo (el número 12, según el FMI) y obviamente deseable como lugar de desarrollo de una vida machacada, como las de la muchachada que llega en patera (si sobrevive) o en avión. Lo hicieron centenares de miles de españoles hace décadas, cuando España no era rica, y quizá entre ellos algunos padres y abuelos de los que hoy echan pestes de los parias (que es lo que fueron sus antepasados en Suiza o Alemania). Y visto sin un sesgo especialmente pornográfico, me parece que la sintonía papal en esta materia con el Gobierno de Pedro Sánchez es objetivamente demostrable. Pero tampoco hay que preocuparse demasiado: la culpa es del Papa.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM
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