Durante casi un milenio, los Papas creían —con cierto fundamento— que eran el centro del poder no solo espiritual, sino también como soberanos de vastas extensiones territoriales (los Estados pontificios) que los convertían en uno de los personajes más influyentes del mundo occidental.
En tal carácter, durante la existencia del Sacro Imperio Romano Germánico, a partir del siglo X, era costumbre que quien fuera consagrado emperador concurriera personalmente a Roma para ser coronado, regresando luego a su reino.
Así las cosas, hasta que el inexorable paso del tiempo no solo debilitó ese poder, sino que en 1806 cuando Napoleón Bonaparte se erigió en emperador de Francia, se dio el lujo de invitar al entonces Papa Pío VII a París para coronarlo en la catedral de Notre Dame. Fue allí cuando ocurrió la célebre situación en la que, a la hora de colocar la corona sobre la cabeza de Bonaparte, este se la quitó de las manos al Papa y se la colocó él mismo, para luego hacer lo propio coronando a su esposa Josefina, dejando en claro quién era cada quien a partir de ese entonces.
Los emperadores y reyes dejaron de ir a Roma en busca de su legitimidad, mientras se tornaba evidente que los soberanos ya no necesitaban la consagración religiosa para mandar en sus dominios.
La historia posterior, con el aumento del poder de los reyes y la disminución del poder político papal, llegó a limitar este último a los llamados Estados pontificios que al final del siglo XIX se extendían solo a algunas partes de la península italiana, en un proceso que culminó con la limitación territorial solo en el Vaticano, que recién a partir de 1929 fue reconocido como Estado por Italia.
Este proceso resultó en que el Papa pasó de ser soberano temporal de los Estados pontificios, a serlo tan solo en la minúscula Ciudad del Vaticano de hoy, lo cual, naturalmente, resultó en una disminución de su figura como centro del poder temporal, aunque manteniendo siempre y hasta incrementando su valor espiritual como jefe de la Iglesia Católica, en la que más de mil millones de personas profesamos nuestra fe.
Paralelamente a lo anterior fue apareciendo la “competencia” para conseguir fieles, toda vez que desde hacía varios siglos habían aparecido el protestantismo, el calvinismo, los evangélicos, mormones, etc., cada uno de los cuales reclutó para sus filas lo que antes había sido exclusivo de una sola Iglesia, la católica.
Lo anterior, sumado a la mayor integración geográfica y cultural que arropó al mundo, llevó a la necesidad de que fuese el Papa quien tuviese que asegurar en su patio el mantenimiento y aumento de los fieles católicos. Con tal evolución, unida al crecimiento de otros credos y justamente cuando las comunicaciones y la facilidad de viajar lo hicieron posible y necesario, es que los Papas del siglo XX fueron a buscar fieles, convirtiéndose en agentes viajeros, de tal suerte que Juan Pablo II hizo ciento cuatro viajes apostólicos por todas partes del mundo —incluyendo dos veces a Venezuela— seguido por Francisco que hizo cuarenta y uno. Este columnista tuvo oportunidad de presenciar la visita de Paulo VI a la sede de Naciones Unidas en Nueva York, en 1964.
Esta evolución fue no solo necesaria, sino indispensable en el mundo de hoy, donde hasta los líderes religiosos deben mantener y aumentar el número de fieles para poder permanecer como referentes en materia espiritual.
Por eso, el Papa León XIV, justo cuando cumple el primer año de su pontificado, ya ha realizado cuatro viajes que incluyen Turquía, África y, en estos días, España que, por razones de afinidad cultural, histórica, lingüística, etc. con nuestra América, ha sido reseñado y difundido hasta la saciedad por todos los medios de comunicación, habiéndose convertido en noticia casi central justamente en esta época en la que otros acontecimientos (guerras, pestes, violencia, etc.) ocupan la atención mundial.
La presencia del Papa Prevost en diversas localidades de la España peninsular y en las Islas Canarias ha permitido que millones de personas hayamos podido seguir su viaje y ser testigos mediáticos del éxito del mismo, en el cual pudo cautivarnos con la admirable luminosidad de su humildad y simpatía personal; además de la profundidad de sus discursos pronunciados en los más diversos escenarios, desde concentraciones millonarias hasta el Congreso de los Diputados o la sociedad civil, en los que el centro ha sido la defensa reiterada de la dignidad del ser humano, el llamado al amor y la convivencia, el rechazo a la guerra, los derechos humanos y el rol que debe tener la inteligencia artificial como herramienta y no como rectora de las decisiones humanas. Ello nos ha permitido, aunque sea por unos días, traer a nuestro corazón un mensaje de espiritualidad tan necesario como ausente en esta época.
Cada Papa es como es, desde la santidad de Juan Pablo II, a quien pudimos ver dos veces en Caracas, pasando por lo polémico de Francisco, hasta la centralidad reiterada de León XIV acerca de la dignidad del ser humano y el consecuente respeto a sus derechos, muchas veces puestos en entredicho en las actuaciones del poder actual.
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