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Ana Noguera: El Papa de visita en España

 

No ha quedado nadie por enterarse de la visita del Papa a España, de los largos aplausos recibidos en el Congreso, de lo sorprendente que supone que agrade a “casi” todos los grupos políticos destacando cada cual aquello que más le interesa, de la alegría de las personas que se tostaban al sol esperando verle, de sus discursos serenos y cargados de moral humanista y católica, y de la abrumadora ola católica que parece envolver a España cuando luego las iglesias están vacías durante los sermones dominicales.

Me cae bien este Papa por lo que dice, porque se ha enfrentado varias veces a Trump, porque habla de la paz, porque clama contra las guerras y la violencia, porque defiende al prójimo (obligación de los creyentes católicos, aunque muchos no lo practiquen), porque reivindica el valor de las palabras buenas y eleva el amor por encima de las diferencias, porque defiende el multilateralismo que lo representan instituciones como la ONU, y porque se posiciona claramente en contra de los tecnócratas y autócratas que quieren controlar el mundo para su propio beneficio y ambición. En definitiva, porque veo a un hombre culto y formado que tiene clara su labor de proselitismo humanista.

Al mismo tiempo no puedo sentir que nos conformamos con bastante poco. Porque, al fin y al cabo, esa es su obligación como líder de la Iglesia o ¿qué deberíamos esperar de un líder espiritual?

Por una parte, a lo largo de la historia española, ha sido tan decepcionante el papel de la Iglesia católica, que no solo ha incumplido su mandato religioso, sino que se ha significado al lado del dictador o defendiendo medidas discriminatorias o con posiciones oscuras y maniqueas, que es inevitable que muchos creyentes y/o agnósticos hayamos desconfiado de esta iglesia española católica, apostólica y franquista. Por ello, estos discursos de León XIV resultan como un aire fresco y hasta casi revolucionario.

Por otra parte, vivimos en una sociedad polarizada, embrutecida, con el insulto fácil, con la imposibilidad del diálogo, sin escuchar al otro, con el fango metido en la política y en la vida social, que el discurso del Papa en el Congreso se ha convertido en “histórico”, no solamente por ser la primera vez, sino por haber sido un discurso sereno, razonado, emotivo, sin elevar la voz, sin insultar y profundamente humanista.

Sin embargo, en la misma valoración de las palabras del Papa ante la prensa, la ultraderecha vuelve a su “prioridad nacional” y el PP (católico hasta la médula) vuelve a su mismo discurso simplista.

No nos equivoquemos porque la polarización que vivimos no es exclusiva de España. Cada vez que vemos unas elecciones en cualquier país, observamos la división casi al 50% de su población. Desde EEUU a cualquier país europeo o las últimas elecciones en Chile, Perú, Colombia… La polarización hace mella en el corazón de la democracia creando sociedades crispadas y sin puentes para el diálogo. Y muchos que provocan sus discursos con insultos y mala educación, véase el caso de Trump, son al mismo tiempo aquellos que se refugian en la religión para darse sus baños de autoridad moral.

Y, aunque la mayor parte de su discurso me resulte reconfortante, hay otros aspectos que no.

En primer lugar, comprendo pero no comparto su oposición al aborto. Es una posición que respeto y que provoca dudas, pero no es defendible actualmente con los problemas que la maternidad indeseada genera en las mujeres. El aborto no es un capricho ni se toma a la ligera, y siempre ha existido a lo largo de la historia incluso en países católicos como España poniendo en riesgo la vida de las madres por realizarlo sin garantías médicas.

Lo que no comprendo es la oposición a la eutanasia. Quienes toman la decisión de morir porque su sufrimiento físico es insoportable merecen todo nuestro apoyo y las mejores garantías de que esa dificilísima decisión se realice con toda la dignidad que se merece.

En segundo lugar, el Papa ha defendido “la libertad educativa”. Un mensaje que repite siempre el PP como un mantra. Pero lo que nunca se dice es que esa libertad es solo para los colegios católicos concertados. Evidentemente no se refiere la Iglesia a que cada confesión tenga sus propios colegios. Su libertad es una forma de proselitismo pagado por el Estado. Aún recuerdo los primeros movimientos de padres y madres en la democracia pidiendo que no se rezara en clase y tuviéramos una escuela laica, porque el laicismo sigue siendo el valor que permite que cada persona crea y rece (o no) en lo que quiera. La libertad y la equidad educativa la garantiza el laicismo. Lo otro es, sin duda, proselitismo.

En tercer lugar, la mujer queda fuera siempre de los mensajes de la Iglesia. También del Papa. Siguen quedando las religiones, incluida la católica, como instituciones patriarcales que deberían ya dar ejemplo y abrir las puertas a compartir en igualdad. Las tradiciones y las religiones han pesado sobremanera sobre el papel secundario e invisible de la mujer. Todavía resuenan mensajes católicos señalando la función de la mujer en el matrimonio al servicio total del varón.

La Iglesia es de las pocas instituciones que han quedado relegadas en el siglo XXI. Cuando existen bomberas, policías, políticas, empresarias, sindicalistas y cualquier profesión, resulta humillante que la Iglesia olvide que la mujer es también un ser humano igual que el hombre, y que probablemente su mirada y su trabajo ayuden a una más sana evangelización.

Y, por último, el asunto que más me preocupa e indigna: los abusos a menoresNo hay ninguna justificación, ninguna excusa, ningún perdón por los delitos cometidos por sacerdotes contra niñas y, especialmente, contra niños. Abusar de la inocencia, destruir la confianza y el cuerpo de los menores, dejarles heridas para toda la vida y destrozar su futuro es imperdonable desde el punto de vista jurídico, social y religioso.

La condena debe ser inapelable. No puede justificarse ni esconder al pederasta, y mucho menos si es un sacerdote que utiliza su autoridad moral para imponerse, su credo para perdonarse y su religión para esconderse.

Quizás algún día el Papa elimine esa absurda regla del celibato que tantas represiones humillantes provoca en los cuerpos de los sacerdotes. Quizás algún día se proclame el matrimonio, el amor y la unión entre adultos con libre consentimiento para evitar que esos “deseos impuros” terminen castigando a los más débiles.

Mientras tanto, a la Iglesia, como al resto de religiones, les quedan muchos corsés absurdos y terrenales de los que liberarse para actuar verdaderamente como un credo de humanidad.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM
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