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Soledad Morillo Belloso: El falso dilema que nos quieren vender

 

El supuesto dilema entre “normalización económica” y “reinstauración democrática” es un truco barato, de esos que ni en circo de pueblo funcionan. Una mano agita la palabra economía para que el público mire el espejito, mientras la otra mano —la que no enseñan— sigue serruchando derechos. O al revés: se invoca la democracia como si fuera un amuleto que, por arte de birlibirloque, reparará la devastación material.

Pero en la vida real —la que huele a sudor rancio, a factura que da pánico abrir, a rabia que se mastica— esa separación no existe. Es un invento útil para excusas, tiempo y coartadas. Un país no es un laboratorio donde se apaga un sistema para encender otro. Es un cuerpo vivo, y pretender que camine sin huesos o respire sin pulmones es una estupidez con ínfulas de estrategia.

La economía sin instituciones es un castillo de arena: luce bonito cinco minutos, hasta que llega la primera ola y lo deja hecho engrudo. Y las instituciones sin economía son esqueletos administrativos: oficinas con sillas cojas, tribunales sin papel y veredictos en venta, ministerios que existen sólo en el membrete y en la imaginación de algún burócrata aprovechado.

La trampa del falso dilema consiste en vender —en varios idiomas y con acento importado— que hay que escoger entre dos platos, como si el país fuera un menú ejecutivo. “Primero la economía”, dicen, como si la inversión floreciera en medio de la arbitrariedad. “Primero la democracia”, dicen otros, como si la libertad se sostuviera con un estómago vacío. Ambas posturas son cómodas, mediocres e irresponsables: eluden la complejidad, ese territorio donde las consignas se derriten y no sirven ni para un post con imagen generada por IA.

La verdad es que la normalización económica y la reinstauración democrática son siamesas. Se necesitan, se alimentan, se sostienen. No hay confianza económica sin garantías políticas; no hay estabilidad política sin alivio económico. La gente no tiene democracia cuando no tiene qué comer, pero tampoco trabaja con ganas cuando sabe que su esfuerzo puede ser confiscado por un poder sin frenos. La democracia requiere cohesión social; la economía requiere seguridad jurídica. Ambas requieren algo aún más escaso: confianza. Y la confianza no se decreta: se construye, con hechos, no con discursos acalorados.

El falso dilema obliga a elegir entre dos mitades que sólo funcionan juntas. Es como pedirle a un país que decida si quiere corazón o cerebro. El resultado es siempre el mismo: parálisis, cinismo, resignación. Y mientras la discusión se enreda en esa dicotomía de utilería, la vida sigue: la señora de las empanadas ajusta el precio cada semana; el estudiante de derecho se pregunta si algún día ejercerá en un tribunal que no sea un decorado; el jubilado calcula si la pensión le alcanza para dos o tres días. La política, cuando se divorcia de la realidad, se convierte en un teatro del absurdo.

El país no necesita escoger, sino simultaneidad: reconstruir instituciones mientras se estabiliza la economía; abrir libertades mientras se recupera la producción; restaurar la confianza mientras se ordenan las cuentas; devolver derechos mientras se reanima el mercado. No es fácil, no es rápido, no es lineal. Pero es la única vía que no termina en un callejón sin salida. Porque, al final, la economía sin democracia es frágil, y la democracia sin economía es inviable.

Y para los que ponen como ejemplo a Corea del Sur y Singapur, vale la pena mirar la película completa, no el tráiler que repiten en conferencias de media hora y textos de lectura rápida. Esos países no despegaron por arte de autoritarismo ilustrado ni por la fantasía de “orden primero, libertad después”. Progresaron cuando entendieron que libertad y economía no son divorciables, que sin derechos no hay inversión seria, y sin prosperidad no hay ciudadanía que aguante.

Todo lo demás es cuento para incautos, PowerPoint para burócratas o excusa para quienes quieren justificar que aquí la libertad puede esperar “un ratico”. Pues no. La historia es terca: sin libertades, los países no progresan; con libertades mutiladas, progresan a medias; y con libertades plenas, progresan de verdad.

Se puede y se debe “caminar y mascar chicle”. Una frase que por seguro entienden en Washington los titanes de la economía y la democracia. Ya no sé si empecinarse en tan falso dilema es por conveniencia o por flojera de pensar, ambas enfermedades graves de la política. Ah, y de paso, los venezolanos queremos que Miraflores y “The White House” nos rindan cuenta de cada dólar por venta de petróleo. Porque —dicho en cubano para que se entienda— tenemos derecho a saber quién “corta el bacalao”.

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM
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