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Eligio Damas: Dos escaleras. Yo, a escondidas la miraba, mientras ella esculpía su cuerpo

 

Las novedades y variaciones del mundo llegarán mitigadas al sitio de mi recogimiento, como si las hubiera amortecido una atmósfera pesada. José A. Ramos Sucre.

Ella tendría unos catorce años; yo, quizás me acercaba a los quince. La había visto crecer, mientras yo mismo crecía. En algún momento, no recuerdo, porque los jóvenes no tomamos nota de eso, lo dejamos a una memoria que, a veces, puede ser muy perspicaz, expresiva, activa, pero también, por desordenada, poco entrenada, olvidadiza, empecé a mirarla de manera distinta. Ya no era la A.R., aquella linda muchachita catirita, que corría descalza por la calle, dando saltos y su vestido largo, subiéndosele más arriba de las rodillas, de lo que yo y los demás, no nos fijábamos; tanto que, nadie, nunca, en la habitual complicidad de los muchachos, hizo comentario, por haber visto por encima de las rodillas de A.R. Al verla sólo nos provocaba reír por la ternura, gracia toda que había en ella y sus saltos como buscando arriba su futuro, simplemente alcanzar una mariposa o por el sueño de agarrar una estrella.

Pero los dos crecimos, con discreción, sin apuro, sumamos años, pero también otras cosas que vienen con ellos, el vivir, nos inculca, y, por él, aprendemos. Nuestros cuerpos crecieron y fueron modelándose, por esas reglas que, a ellos determinan y hacen particulares, irrepetibles. Nos embargamos de percepciones, ideas, sentimientos, propios de la edad nueva, del barrio y las escuelas. Empezamos a mirarnos y evaluarnos de otra manera, emocional y muy sensitivamente, como que su mirada, entraba dentro de mí y me escrutada. Lo sentía, pero lo sabía porque la mía, a ella, escrutaba. Por esto, advertí que A.R., con los años, que eran todavía muy pocos, se había vuelto algo distinta a aquella que saltaba por encima de los pozos de charcos que formaba la lluvia en nuestra calle y hasta sólo por divertirse, dejando al descubierto, sin fin o motivo alguno, sus rodillas y hasta un poco más arriba, en un tiempo que, las muchachas, al vestirse, cubrían mucho más debajo de estas. Por lo que, las solas rodillas de ellas, eran motivo de atracción y hasta fisgonería nuestra. Pero esto vino después, cuando ella y yo llegamos a la edad del inicio de esta historia.

Muchas fueron las sonrisas de ella que, en los primeros años, me llenaron de alegría y hacía que las mías, generalmente escasas, emergiesen a encontrarse con las suyas; un modo infantil de llamarnos la atención, de decirnos uno al otro, que nos atraíamos, sólo eso y por ello, celebrar el solo vernos, estar juntos, vivir la vida en el mismo espacio. Luego, nuestras risas y miradas se embargaron de otros sentimientos que maduraban e iban apareciendo como lentamente, pero con firmeza y ternura, en la misma medida que nuestros cuerpos cambiaban.

Nuestras casas habían quedado pegadas, una de la otra. Las separaba una pared común. El techo de la de ella, una construcción más nueva, había quedado por encima del nuestro y la pared común, de modo que, los ruidos de un lado entraban al otro y se podía mirar, a través de ese espacio abierto, en ambos sentidos. Para hacerlo bastaba usar una pequeña escalera, de la que en mi casa había una, justamente, recostada de esa pared del cuarto que compartía con mi hermano. Es decir, A.R. y yo, éramos como vecinos íntimos y pegados. Por esto, alguna que otra vez, cuando el atrevimiento y audacia me atrapaban, la imaginaba acostada a mi lado.

Yo, ya llevaba un largo tiempo mirando a A.R. como embobado; por su linda cara, bello cutis, pelo largo, amarillento, que caía debajo de su cintura y, cuerpo que iba tornándose por demás armónico y bello. Había crecido y, sus piernas, lo que uno de ellas veía, un poco más abajo de las rodillas, incluyendo sus tobillos, llamaban la atención y hasta excitaban. Aparte de lo que el viento, cuando apretaba sus vestidos, nos mostraba de su bello cuerpo, sin necesidad de imaginación ni fantasía.

Ahora, cuando daba saltos o, descuidadamente, se sentaba, en una silla o rama, dejaba ver partes de sus piernas como esculpidas con cuidado, esmero y arte, eso en mí, comenzó a atraerme y provocar un estado emocional nunca antes experimentado. Entonces, empecé a mirarla con más, cuidadosa atención, tanto que, cuando estábamos en el mismo espacio, no hacía otra cosa sino eso, pese fingiese mirar hacia otro lado. Mi vista iba de ella a cualquier sitio con fingimiento; siempre retornaba a ella y su imagen nunca se borraba de mis ojos.

A.R., por lo que una vez me dijo, nunca antes, desde que nos vimos por primera vez, siendo muy niños, se había percatado de mi mirada usualmente fijada en ella, cuando estábamos en el mismo espacio, lejos o cerca.; es decir, no se había dado cuenta que mi mirada, siempre se posaba en ella, la escrutaba e intentaba atraerla; ella nunca se sintió atraída por mi mirada, algunas veces indiscreta y escrutadora, eso siempre pensé, y menos que, en eso yo estaba, desde tiempo atrás, cuando éramos niños y ya, en la adolescencia, tampoco.

Y el cuerpo de A.R., al cambiar, con el paso de los días, se fue haciendo más bello y exquisito. Se estaba convirtiendo en una muchacha esbelta, muy linda. Su cabellera amarillenta se hizo más abundante y larga, tanto que casi caí bajo su cintura. Sus senos, por encima de la amplia vestidura, comenzaron a emerger y como apuntar hacia uno o hacia mí; por eso, yo al mirarlos, me sentía, no sé si atrapado o atraído, sólo sé que me quedaba con la boca abierta y con los ojos punzantes. Como que la miraba toda, de frente, espalda y mejor aún de perfil.

Todo en ella se transformaba y crecía armoniosamente. Empecé a prestarle esmerada y emocional atención, escrutar todo su cuerpo de otra manera, como cargado de una enorme emoción que parecía embobarme y me sentí volar a sitios escondidos, llevándola prendida en mi mirada y en mi cuerpo todo; se había vuelto, tempranamente, en una bella muchacha; dicho así, pues por la edad y la costumbre del barrio, no podía decirle aún mujer y menos dama. Era muy joven para decirle mujer y en el barrio, la palabra dama, no salía de la boca. Como hubiesen dicho en sitios regios y exquisitos, una cursilería, refiriéndose a algo que, allí, eso era. No sabía aún nada del Quijote y la bella Dulcinea del Toboso, pero A.R. era exactamente, la Dulcinea que soñaba el aventurero de La Mancha.

Pero A.R., quien sabe si por las conversaciones entre niñas, adolescentes como ella u otra circunstancia, el sentirse ya casi una mujer, hasta elogiada por mujeres y hombres en la calle o en circunstanciales relaciones más cercanas, comenzó a observarse, a examinarse, evaluarse a sí misma y a aspirar que, su cuerpo, fuese más hermoso y tempranamente.

Un domingo pasado al mediodía, cuando me había cansado de divertirme en reuniones de amigos, de haber hecho deporte, bañado en las limpias aguas del río Manzanares, volví a casa a almorzar, descansar un rato, para luego estudiar hasta la noche. Estando en el cuarto que compartía con mi hermano, en ese momento ausente, me senté en mi catre, justo donde la parte superior de la pared, permitía ver de un lado al otro; desde mi cuarto al de A.R. y del de ella al mío. El mismo donde estaba la escalera.

La escuché cantar; por el rato que pasé escuchándola, supe que estaba sola. Con extremo cuidado, coloqué la escalera de manera que, al subir pudiese mirar al lado suyo, donde ella estaba, subí también con cautela, de modo que no produjese ruido alguno. Mientras subía, la pensaba, con su vestido hasta los tobillos, holgado, pero que, por plegarse al cuerpo, dejaba mirar alguna de sus formas cubiertas y su cabellera suelta; sus caderas, glúteos y hermosos pimpollos que se insinuaban en su pecho; sin hacer mención a su lindo, bello y atrayente rostro que, uno miraba con facilidad y sin discreción alguna y, al llegar al escalón preciso, miré por la ranura dejada por los techos de ambas casas, hacia ella. A.R, estaba desnuda, parada frente a un espejo, tan alto como ella, colocado en el suelo, apoyado en la pared del cuarto, su cabellera estaba recogida en un moño a la altura de los hombros. Yo la miré, al inicio, de perfil.

Tuve que hacer un gran esfuerzo para no caer de la escalera. Pues al verla desnuda, sentí como si un ciclón se me hubiese venido encima; el cuerpo se me desarmó, perdí el control de todo por segundos, me bamboleé; tuve que cerrar los ojos, bajar la cabeza, afincarme al borde de la pared, sin mostrar mis manos al lado opuesto, para que A.R. no se diese cuenta de mi presencia y recuperar el control. No sé cuánto tiempo duró aquello, pudo haber sido siglos; el terror se apoderó de mí, de sólo pensar que ella se percatara de mi indiscreción y hasta bajeza. Yo, fisgoneándola a ella.

Al fin pude controlarme. Volví a mirar y allí estaba ella. Le miré, mientras ella se miraba y examinaba en el espejo; hacía gestos innecesarios como para levantarse los incipientes y por lo mismo erectos senos y glúteos que, vistos desde mi posición, se veían bellos y hasta serenos, sólidos. Mientras ella miraba su bella figura desnuda en el espejo, innecesariamente, intentaba levantar los senos a una posición inadecuada, quizás como quien intenta hacer que lámina metálica o plástica, tome la posición media, la que determine la gravedad. Después de aquello, volteó en el sentido contrario de donde yo estaba, es decir, me dio la espalda sin saberlo y con ello un momento de mayor libertad para admirarla. Esta vez, se tomó el glúteo derecho e hizo una maniobra similar a la que había hecho con los senos. Estuvo un rato observándose a sí misma y luego, con menos parsimonia, giró en redondo y se puso frente al espacio desde donde yo la miraba, esta vez, se tocó el glúteo izquierdo. Yo le miraba desde arriba y a través de una muy estrecha franja, lo que era muy difícil, ella me mirase. Tuve que hacer un supremo esfuerzo para mantener el equilibrio, apretar los dientes, morderme fuertemente los labios para no dejar escapar siquiera un tenue susurro de gozo, satisfacción, emoción y miedo.

Volvió a girar, dándome de nuevo la espalda, dio unos tres pasos hacia adelante; de un mueble tomó una cinta larga y amplia; de un extremo a otro la dobló, la hizo más gruesa y con ella, como si fuese una correa, se rodeó la cintura; esta se oprimió hasta donde pudo varias veces y cada opresión la mantenía un largo rato, mientras se contemplaba en el espejo, de frente y de perfil, pues giraba de un lado al otro sin dejar de mirarse en el espejo.  Al apretar la gruesa cinta, para oprimir su cintura, sus caderas parecían ensancharse. Era, según supe, por una conversación en un grupo de amigos y amigas de otro espacio, sin mencionar persona, sino como algo salido de la nada, que era un ejercicio destinado a contraer la cintura, hacerla más delgada u oprimida, lo que, a su vez, haría a los glúteos más erectos y la cadera ensanchada. Ejercicio que, cuando aquello supe y la recordé a ella, en aquel momento de mi indiscreta observación, me pareció por demás innecesario. Pues no había forma de hacerla más bella de lo que ya ella era. Sólo debía esperar que el tiempo y la rutina terminasen su hermoso trabajo.

De repente se oyó un grito, largo y sonoro. Ella, de manera instintiva, se dobló hacia adelante, colocó los brazos entre senos y piernas, las que cerró abruptamente, mientras se inclinaba hacia adelante; miró en redondo y corrió hacia otro cuarto, cerrando de manera brusca la puerta. Me mantuve calmado, pero bajé dos escalones, de manera que ella no me viese, en caso de mirar hacia arriba y justo al punto desde donde yo miraba. Sabía la procedencia del grito, la persona que gritaba y el motivo.

Percibí, mientras bajaba con demasiado sigilo de la escalera, de manera que mis pisadas no se sintiesen, el abrir la puerta que ella antes había cerrado, sus pasos apresurados dirigirse hacia el sitio desde donde creyó oír el grito, el patio de su casa, que colindaba con el de la mía y por un espacio que allí había, se comunicó justamente con quien había gritado. Era esta persona mi tía que, en el patio estaba y espantaba a un perro que intentaba entrar al espacio donde ella se hallaba.

¡Que susto me dio señora R.! Yo creí era su sobrino que, de algún rincón me miraba mientras yo me cambiaba de ropa.

No, fui yo que espantaba a un perro. Mi sobrino, ahorita está en la sala estudiando.

Ese intercambio de palabras, sobre todo por lo que dijo ella, despertó mi atención. En principio, descarté me hubiese visto, dado la altura desde donde yo la miraba. Además, en ningún instante, hizo algún gesto o movimiento visual que la llevase hacia mí. Pese mi corta edad, pues he dicho que estaba entrando en la adolescencia, pensé que, en efecto, no me había visto, pero que, mientras se miraba en el espejo todo lo de ella, como yo la miraba, la pensaba y hasta ansiaba, ella, sin mirarme, en mi pensaba.

Aunque imaginé que, del lado de su casa, pegada a la misma pared, posiblemente, también había una escalera.

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM
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