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Luis Perozo Padua: Quién decidió que Antonio José de Sucre debía morir

 

*El asesinato del Gran Mariscal de Ayacucho abrió uno de los expedientes criminales más oscuros de la historia republicana de América del Sur.

*La emboscada de Berruecos no sólo acabó con la vida del vencedor de Ayacucho, sino que comprometió a militares, caudillos y figuras políticas en medio del derrumbe de la Gran Colombia.

*Doce años después del crimen, la justicia apenas logró ejecutar a uno de los responsables, mientras los nombres más poderosos quedaron atrapados entre sospechas, testimonios y documentos desaparecidos

Cuando Antonio José de Sucre emprendió el último tramo de su viaje hacia Quito la mañana del 4 de junio de 1830, ignoraba que atravesaba uno de los caminos más peligrosos de la América republicana. Horas después, el vencedor de Ayacucho yacía muerto en las montañas de Berruecos, víctima de una conspiración que durante casi dos siglos ha desafiado a jueces, historiadores y gobiernos.

Tenía apenas 35 años, pero su nombre ya pertenecía a la historia continental. Había sido vencedor en Ayacucho, presidente de Bolivia, libertador de Quito y uno de los generales más admirados por Simón Bolívar.

En aquellos días, sin embargo, la gloria militar no bastaba para proteger a nadie. La república creada por Bolívar se deshacía entre rivalidades regionales, ambiciones de caudillos y disputas por el poder. Sucre viajaba por un territorio peligroso, en una hora política todavía más peligrosa.

Muerte de Sucre en Berruecos Arturo Michelena

La emboscada a Sucre en Berruecos.

El crimen

El camino de Berruecos, en el sur de la actual Colombia, era un paso abrupto, húmedo y propicio para una emboscada. Allí, entre montañas y vegetación espesa, los asesinos aguardaron el paso del Gran Mariscal. Los disparos fueron rápidos y definitivos. Sucre cayó mortalmente herido en una escena que estremeció a la América recién independizada.

La noticia llegó como una puñalada a los últimos defensores del proyecto bolivariano. Bolívar, ya enfermo y golpeado por la desintegración de su obra política, habría pronunciado una frase que quedó asociada para siempre al dolor de aquella pérdida: “Han matado al Abel de Colombia”.

La muerte de Sucre no fue interpretada como un hecho aislado. Desde los primeros momentos se sospechó que detrás de los hombres que dispararon existía una trama de mayor alcance.

El Mariscal era demasiado importante para morir como víctima casual de bandoleros. Su prestigio político y militar lo convertía en una figura capaz de alterar el equilibrio de poder en Quito, en Nueva Granada y en todo el antiguo territorio grancolombiano.

Para unos, Sucre representaba la continuidad moral del proyecto de Bolívar; para otros, podía convertirse en un obstáculo frente a las nuevas repúblicas que nacían entre rupturas, pactos y traiciones.

Las primeras averiguaciones señalaron a un grupo de ejecutores materiales cuyos nombres se repetirían durante años en los expedientes judiciales: Apolinar Morillo, José Erazo, Juan Gregorio Sarria, Andrés Rodríguez, Juan Gregorio Rodríguez y Juan Cuzco, mencionado también en algunas versiones como Juan Cruz.

Morillo apareció como el hombre de mayor peso operativo en la emboscada; Erazo, como pieza clave para entender las reuniones y preparativos; Sarria, como colaborador cercano a los círculos de poder regional; y los Rodríguez y Cuzco como participantes directos en la ejecución del atentado. La investigación, sin embargo, apenas comenzaba.

Antonio José de Sucre

Antonio José de Sucre.

Los acusados

El asesinato ocurrió en un momento de enorme fragilidad institucional. La Gran Colombia estaba en proceso de desintegración y los poderes regionales pesaban más que los tribunales. Rafael Urdaneta, entonces figura central del poder en Bogotá, ordenó abrir juicio contra los sospechosos, pero el expediente pronto quedó atrapado en el caos político.

La ruptura de la unión colombiana, los cambios de gobierno y la influencia de los caudillos hicieron que las averiguaciones avanzaran con extrema lentitud. Documentos esenciales desaparecieron, testigos cambiaron versiones y la causa quedó envuelta en una niebla judicial que nunca terminó de disiparse.

Apolinar Morillo fue considerado desde temprano uno de los principales responsables materiales. Militar venezolano, conocedor del terreno y de los movimientos de la región, terminó señalado como jefe operativo del grupo que ejecutó la emboscada. José Erazo, por su parte, ocupó un lugar decisivo en la trama. Su casa habría servido como punto de reunión y organización de algunos conspiradores antes del crimen, razón por la cual su testimonio se volvió fundamental cuando el caso fue retomado años después. Juan Gregorio Sarria también apareció vinculado a las diligencias, no sólo como hombre cercano a la zona de influencia de los sospechosos, sino como declarante capaz de comprometer a figuras superiores.

Respecto a Andrés Rodríguez, Juan Gregorio Rodríguez y Juan Cuzco, las versiones históricas coinciden en presentarlos como parte del grupo ejecutor. Sin embargo, sus destinos judiciales fueron confusos.

Varias narraciones sostienen que murieron antes de comparecer plenamente ante la justicia, lo que impidió conocer con mayor precisión el alcance de su participación y las órdenes que pudieron haber recibido. Aquellas muertes tempranas debilitaron el proceso porque cerraron vías de información que pudieron haber resultado decisivas.

La pregunta que obsesionó a los investigadores no fue únicamente quién disparó contra Sucre, sino quién dio la orden. En ese punto comenzaron a aparecer nombres de mayor jerarquía: José María Obando, Juan José Flores, José Hilario López y Mariano Antonio Álvarez. Cada uno fue mencionado de distinta forma en declaraciones, sospechas o análisis posteriores.

El caso dejó así de ser un crimen de camino para convertirse en una disputa sobre la autoría intelectual de uno de los magnicidios más graves del siglo XIX hispanoamericano.

Antonio José de Sucre

El juicio

La reapertura efectiva del caso llegó en 1839, nueve años después del asesinato, cuando José Erazo fue detenido. Su captura resultó decisiva porque permitió reactivar un expediente que parecía destinado al olvido. Erazo confesó detalles importantes de la conspiración y sus declaraciones volvieron a poner en movimiento el proceso judicial.

A partir de entonces se retomaron nombres, se buscaron conexiones y se intentó reconstruir la cadena de responsabilidades que unía a los ejecutores materiales con posibles autores intelectuales.

Erazo permaneció encarcelado cerca de tres años. Su testimonio fue clave, pero su destino impidió cerrar una parte importante del proceso: murió en prisión en 1842 antes de recibir una sentencia definitiva.

Nunca cumplió una condena formal, aunque su encierro y sus declaraciones marcaron el rumbo de las averiguaciones. Su muerte dejó abierta una pregunta inevitable: cuánto alcanzó a decir y cuánto se llevó consigo.

El caso de Apolinar Morillo fue distinto. Contra él sí avanzó una causa formal y concluyente. Tras las diligencias reabiertas, fue sometido a un Consejo de Guerra y declarado culpable como jefe operativo de la emboscada.

El 18 de agosto de 1842, doce años después del asesinato de Sucre, recibió sentencia de muerte. La pena fue ejecutada el 30 de noviembre de ese mismo año en Bogotá, donde Morillo fue fusilado. De todos los responsables vinculados al crimen, fue el único que cumplió íntegramente la condena impuesta por la justicia.

Juan Gregorio Sarria colaboró con las investigaciones y aportó testimonios que comprometieron a personajes de mayor jerarquía, pero no existe constancia de que haya recibido una condena semejante a la de Morillo.

En el caso de Andrés Rodríguez, Juan Gregorio Rodríguez y Juan Cuzco, la justicia tampoco alcanzó una sanción definitiva. Las versiones sobre sus muertes antes de la conclusión del proceso reforzaron la sensación de que la verdad se fragmentaba cada vez que un testigo desaparecía o un acusado moría.

Uno de los aspectos más graves del proceso fue la pérdida de documentos. Cuando el mayor Alejandro Godoy intervino en las averiguaciones, se encontró con un expediente mutilado, incompleto, con piezas fundamentales destruidas o extraviadas. Aquella situación fortaleció las sospechas de encubrimiento.

No se trataba únicamente de un crimen difícil de probar por el paso del tiempo, sino de una causa judicial afectada por intereses políticos que parecían haber operado desde el inicio para impedir que la investigación llegara demasiado lejos.

Juan José Flores

Juan José Flores.

Los hombres que llegaron al poder

Entre los nombres que aparecieron una y otra vez en testimonios, expedientes y sospechas posteriores al asesinato de Sucre figuraban personajes que más tarde alcanzarían posiciones decisivas en la vida política de sus respectivos países.

El más notable fue José María Obando, nacido el 8 de agosto de 1795 en Corinto, en la actual Colombia. Militar de gran influencia en el sur de Nueva Granada, fue señalado por diversos testimonios como posible instigador de la conspiración.

Aunque nunca fue condenado, su carrera política continuó ascendiendo hasta convertirse en presidente de la República de la Nueva Granada entre 1831 y 1832, y nuevamente entre 1853 y 1854. Murió el 29 de abril de 1861 en El Rosal, Cundinamarca, cuando participaba en una nueva guerra civil colombiana.

Otro nombre recurrente fue el de Juan José Flores y Aramburu, nacido en Puerto Cabello, Venezuela, el 19 de julio de 1800. Veterano de la independencia y uno de los hombres de confianza de Bolívar durante varios años, Flores terminó convirtiéndose en el primer presidente de la República del Ecuador tras la disolución de la Gran Colombia.

Gobernó en tres ocasiones y se consolidó como una de las figuras más influyentes del Ecuador republicano. Falleció el 1 de octubre de 1864 cerca de la isla Puná, cuando participaba en operaciones militares relacionadas con los conflictos políticos de la época.

También apareció vinculado en algunas declaraciones José Hilario López, nacido en Popayán el 18 de febrero de 1798. Militar independentista y figura destacada del liberalismo colombiano, llegaría a ejercer la presidencia de la Nueva Granada entre 1849 y 1853. Su gobierno pasó a la historia por impulsar importantes reformas políticas y por decretar la abolición de la esclavitud. Murió el 27 de noviembre de 1869 en Campoalegre.

Aunque su nombre fue mencionado en algunas investigaciones relacionadas con Berruecos, jamás enfrentó una condena ni se presentaron pruebas concluyentes en su contra.

José María Obando

José María Obando.

Las sombras

Entre todos los personajes mencionados durante las investigaciones, ninguno quedó tan comprometido como José María Obando. Distintos testimonios señalaron que Morillo y otros participantes actuaron bajo órdenes vinculadas a su entorno. Obando siempre negó responsabilidad y nunca fue condenado por el asesinato.

Su peso político, sus alianzas y el convulso escenario granadino dificultaron que las acusaciones prosperaran judicialmente. La historia, sin embargo, no logró desprender su nombre del expediente de Berruecos.

Juan José Flores también quedó asociado a las sospechas. Para algunos historiadores, la presencia de Sucre en Quito podía alterar los planes de poder que se estaban consolidando en el antiguo Distrito del Sur. El prestigio del Mariscal entre militares y civiles ecuatorianos era inmenso, y su regreso podía modificar el equilibrio político de la naciente república.

Flores nunca fue juzgado ni condenado por el crimen, pero su nombre permanece en las discusiones históricas sobre los beneficiarios políticos de la muerte de Sucre.

José Hilario López y Mariano Antonio Álvarez también aparecieron mencionados en el conjunto de declaraciones y sospechas. A López se le vinculó con los sectores políticos enfrentados al proyecto bolivariano, mientras que Álvarez fue señalado como parte del entorno de Obando.

En ninguno de los dos casos hubo sentencia condenatoria. La justicia de la época nunca consiguió reunir pruebas suficientes para transformar aquellas sospechas en condenas, y los nombres de los presuntos autores intelectuales quedaron suspendidos entre la acusación histórica y la imposibilidad judicial.

El balance del proceso resulta inquietante. Morillo fue condenado y fusilado; Erazo murió preso sin sentencia definitiva; Sarria declaró, pero no recibió una pena comparable; los demás ejecutores materiales murieron o desaparecieron antes de responder plenamente ante los tribunales; y los presuntos autores intelectuales nunca fueron condenados. La justicia castigó al brazo ejecutor, pero no alcanzó con claridad la cabeza de la conspiración.

La muerte del Gran Mariscal tuvo consecuencias que desbordaron el drama personal. Con él desapareció una de las últimas figuras capaces de representar la unidad del proyecto bolivariano.

Bolívar moriría pocos meses después, enfermo y políticamente derrotado, mientras la Gran Colombia terminaba de fragmentarse en nuevas repúblicas. Berruecos fue mucho más que una emboscada en un camino de montaña: fue el símbolo de una América que, tras derrotar al imperio español, comenzaba a sucumbir ante sus propias rivalidades.

Casi dos siglos después, los expedientes, las confesiones y los testimonios permiten reconstruir parte del crimen, pero la pregunta esencial continúa abierta. Los historiadores saben quién disparó. La historia todavía intenta responder quién decidió que Sucre debía morir.

Periodista especializado en crónicas históricas – luisalbertoperozopadua@gmail.com

 

Emisora Costa del Sol 93.1 FM
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