El ser humano es social; mediante el proceso de socialización adquiere un conjunto de pautas y patrones de conducta sin los cuales se vería reducido a una condición diferente a la humana. La cuestión central estriba en dilucidar el papel que juega la dimensión social en nuestra naturaleza. Kingsley Davis afirmó que el surgimiento de las formas societales constituyó uno de los grandes pasos de nuestra evolución.
Algunas especies lograron esa adaptación al medio merced a su sociabilidad. En la especie humana fue clave para la supervivencia y se convirtió en un elemento imprescindible para esta.
Mientras los sociobiólogos han puesto énfasis en el papel desempeñado por la herencia genética como el verdadero motor de la sociabilidad, es decir, como transmisor de la cultura, otras escuelas teóricas remarcan la significativa influencia de la acción cultural sobre los aspectos biológicos e incluso sobre los rasgos físicos.
Desde estas líneas consideramos que somos fruto de un doble proceso de evolución biológica y social, que se sitúa en un contexto temporal muy dilatado. Si bien las informaciones de que disponemos sobre los homínidos indican que sobrevivieron en virtud de su carácter social, al transmitir y desarrollar conocimientos y técnicas que englobamos dentro de una perspectiva primigenia de cultura.
De tal suerte que la cultura es para el ser humano como un ambiente artificial creado por él mismo, que ha ido enriqueciéndose a lo largo de la historia y que se transmite a través de un proceso de aprendizaje a lo largo de la vida y de generación en generación. En ese sentido, sociedad y cultura son un binomio inseparable que permite comprender nuestra propia naturaleza. Dentro de este entramado, la solidaridad ha jugado un papel determinante desde la Prehistoria, desde los primeros homínidos.
A través de la Bioarqueología, disciplina que analiza los restos óseos patológicos para estudiar la atención médica, alimentaria y social recibida por estos primeros homínidos, tenemos constancia de casos que muestran la importancia de la solidaridad. Hay que destacar los restos de la niña de Homo heidelbergensis Benjamina, de hace 500.000 años (que vivió hasta los 10 años), descubierta en Atapuerca y de la que se tiene constancia de que había padecido una deformación craneal grave que le originó un retraso psicomotor severo. También el caso de Shanidar 1, un neandertal que vivió hace 50.000 años y murió con una edad avanzada para la época (40 años), a pesar de habérsele identificado numerosos traumatismos, ser ciego de un ojo, sordo y tener un brazo amputado o atrofiado de nacimiento. Por último, en Egipto, los restos de la conocida como mujer de Sheikh Mohamed (1750 a. C.), que vivió hasta los 30 años con una artritis reumatoide grave.
Los tiempos que corren no son los mejores en términos de solidaridad. La violencia, los conflictos, las guerras, los asesinatos y las muertes de cientos y cientos de hombres, mujeres y niños hieren al extremo la sensibilidad de cualquier ciudadano de bien que, desde su cómoda atalaya, contempla lo que acontece en todo el planeta.
Más allá de las teorías utilitaristas, que sostienen que los seres humanos necesitamos de la ayuda mutua para adecuar nuestro comportamiento moral y social, convirtiéndose la solidaridad en una herramienta racional para alcanzar la felicidad, o de las teorías pragmáticas, que sostienen que la solidaridad es una construcción cultural definida a través de la empatía, me posiciono en la línea de las teorías comunitaristas, que apuestan por los vínculos entre las personas y los grupos a los que pertenecen.
En un mundo global, la ligazón entre las personas y la propia Humanidad resulta esencial, pues si hemos llegado a nuestros días, siendo una especie con grandes limitaciones, ha sido posible gracias a la cooperación y la solidaridad; en ningún caso, estimo, merced a la competencia o a la ley del más fuerte (¡aunque en esas estemos para muchos!).
Ante la deriva de los tiempos, no puedo por menos que expresar mi intensa desazón como ser vivo dotado de sensibilidad y mi incomprensión como ser vivo dotado de razón. La visita del papa León XIV a España, se sea o no creyente —independientemente de los puntos no afines a su credo papal—, refuerza estas ideas que he tratado de trasladarles. Precisamente el término «insolidaridad» y la defensa de la justicia colectiva son temas clave para León XIII, quien desde su pontificado denunció la lacra e injusticia que supone la primacía del individualismo y la falta de cohesión comunitaria, una reflexión plenamente vigente en la tercera década del siglo XXI.
Paradójico que los más poderosos se muestren, en su día a día, cercanos a lo eterno, a lo celestial, mientras se llenan los bolsillos a costa de los más pobres y desventurados.
¡Justicia, coherencia y más coherencia!

