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Juan Monsant Aristimuño: Un Papa en la Cibeles

 

Las calles se desbordaron de gente de todas las edades, sexo y nacionalidad, las madres les ofrecían su criaturas, y España se reencontraba consigo.

No fue Rosalía, tampoco la selección española de fútbol que regresaba con una nueva copa del Mundial, mostrándose  en La Plaza de Cibeles; esa intersección de tres emblemáticas calles madrileñas que conforman el centro de la ciudad.

Hacía ya quince años que un Papa no visitaba España, parecía que entre el desmantelamiento  organizado y programado de la fe cristiana en cualesquiera de sus expresiones, para insertar el nihilismo espiritual y extraer de la historia y la conciencia de cada español cualquier rasgo de libertad, humanidad, continuidad y gallardía, España como unidad cultural y territorial comenzaba a rendirse ante la unidimensionalidad de la nada espiritual, el colectivismo y la destrucción de los valores judeocristianos; que no son otros que lo que hoy denominamos valores occidentales, sustentados en la convivencia democrática.

Había llegado un día antes, la Eucaristía, la Santa Misa se había programado para el día siguiente, el domingo siete de junio. Allí, cerca de esa intersección de las tres calles, muy cerca del templo donde Bolívar contraería matrimonio con María Teresa del Toro y Alayza.

Y fue el despertar, un amanecer tardío donde se hicieron presente, en un calculo muy conservador, un millón y medio de personas, para asistir, ver y oír al Santo Papa venido de América, que en menos de un año se había ganado el corazón y respeto de los cristianos y no cristianos.

Lo que vino después fue impensable, cada palabra, cada discurso pronunciado fue un retrato del presente y un aliento definitivo hacia el futuro, sin miedo, sin dudas, con la seguridad que da la verdad y el sentido universal de la vida proclamado con sencillez por Jesús, el de Nazaret; más allá de la religión, lugar de nacimiento, etnia o condición humana, que ese domingo en la Cibeles, y luego en cada una de sus intervenciones públicas, su mensajero León XIV, transmitía con la humildad, sabiduría de quien se sabía solo un discípulo más de los elegidos por el Creador.

Fue como una tarde de Fiesta Brava, por la expectativa que despertaba, aunque fue a las 10:30 de la mañana. Y allí entraba, puntual, consciente de dónde se encontraba y lo que se esperaba de él. Por primera vez, Papa alguno hablaba ante la soberanía popular, en el antiguo convento convertido en sede del Congreso de los Diputados y Senadores del Reino de España.

Un Congreso invertebrado, exactamente como la España invertebrada de José Ortega y Gasset, publicada en 1921, para evidenciar la crisis política y social por la que atravesaba España en ese momento; y que hoy, un siglo después, pareciere repetirse en otras circunstancias, pero siempre invertebrada.

Se engalanó las Cortes Generales de España (el Congreso de los diputados y  senadores) impecables en el protocolo para recibir al Papa León XIV. Himnos de por medio, uniformes de gala, corbatas impecables, vestidos sobrios bajo las rodillas de las damas, el Presidente del Gobierno, de la Suprema Corte de Justicia, la Presidenta de la Comunidad de Madrid, los jefes de fracción parlamentariael Arzobispo de Madrid.

Y hete aquí, que al saludar a la diputada Miriam Noguera y Camero, diputada del partido Junts per Catalunya, ella con gracia, elegancia y sonrisa de por medio, le retine la mano al Papa y le dice en perfecto inglés: “Su Santidad, como Gaudí, soy catalana. Hablar la lengua de la tierra que te acoge es un maravilloso acto de amor y respeto. Espero que disfrute su visita a Cataluya, mi nación”. Segundos después, y antes de soltar la mano del invitado de honor, ya se había percatado que le exigía al Papa, algo que ella no cumplía, dado que en Madrid se habla castellano (español, pues).

Salvo ese desaguisado e inoportuna precisión, el discurso leído por el Papa León XIV ante las Cortes Generales,  es un documento para la historia del Parlamento, de España y del orbe, que debemos leer una y otra vez para entender y asumir el proyecto de vida individual y societaria en búsqueda de una convivencia pacifica, de prosperidad compartida, ajustada solo a la verdad y la libertad.

El impacto de sus palabras fue de tal impacto que, al concluir su lectura, el Congreso en pleno, sus invitados oficiales y alguaciles se pusieron de pie al unísono y por siete minutos continuos, lo aplaudieron y vitorearon. Tuvo la presidente de la Corte de Diputados, ante el desconcierto del Papa que no sabía que hacer ante el unísono aplauso que no cesaba, invitarlo a abandonar el salón de sesiones, para poder continuar su apretada agenda.

En ese instante, en ese momento, en esos siete minutos, España dejó de ser invertebrada.

 

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