Ante la vida que es sucesión de tiempos, la muerte es fijación definitiva. Vivos, todos somos cambiantes; muertos, todos somos imagen única, recuerdo.
En Así habló Zaratustra, Nietzsche habla de “morir a tiempo”. Ni demasiado tarde ni demasiado pronto: en el momento preciso. Morir prematuramente significa no conocer la vida. Morir tarde es tocar la decadencia, sufrir el dolor del cuerpo contraído por los años y conocer la compasión en los ojos de los otros.
Dice Borges, citando a De Quincey, que el temor a una muerte repentina fue invención de la fe cristiana. Morir sin agonía: casi todas las utopías forjaron la imagen dichosa de una muerte plácida e, incluso, voluntaria; cuando el deseo de morir -o el cansancio de vivir- llegaba, los habitantes de utopía bebían una pócima que dulcemente los sumía en definitivo sueño.
John Donne en su Biothanatos, sostiene la tesis del suicidio de Dios. Donne vislumbra la crucifixión de Cristo como un grandioso acto de inmolación divina. Por su patética magnificencia, la imagen impresionó a Borges. De su admiración, quedan estas frases imborrables: “Quizá el hierro fue creado para los clavos y las espinas para la corona de escarnio y la sangre y el agua para la herida … Dios fabrica el universo para fabricar su patíbulo”.
Jonathan Swift, en Los Viajes de Gulliver, imaginó la inmortalidad como una trágica pesadilla. En un episodio del libro, la describe como decadencia infinita, interminable deterioro de cuerpos seniles que, perdidas todas sus facultades y convertidos en patético despojo, tercamente se niegan a morir. Ante esa imagen terrible, la muerte pasa a convertirse en metáfora feliz de la liberación deseada por todos aquéllos a quienes la vida llega a parecer demasiado larga o hacerse insoportable. La inteligencia cruel de Swift dibujó con terrible ironía el macabro reverso del sueño de la juventud eterna.
Quizá, y a pesar de que parezca desearla, el hombre rechaza la inmortalidad. El imaginario humano abunda en visiones que revelan ese rechazo. Se asocia, por ejemplo, inmortalidad y vampirismo. Criatura de la noche, siempre sedienta de sangre y temerosa de la luz diurna, monstruo de maldad, muerto en vida: el vampiro encarna todo lo que es repulsivo y antinatural. Tal vez en el rostro del vampiro el hombre dibuja su verdadera, su más profunda convicción: la de que una existencia interminable no sugiere sino horror.

