Domingo Kultural.
Algunos amigos que se lucen en su erudición, me han comentado que los antiguos griegos contaban el tiempo histórico en olimpiadas, divididos en intervalos de cuatro años: digamos, “entre la olimpiada tal y la cual, sucedió esto y aquello…”
Yo tengo que confesar que divido mi vida en mundiales de fútbol. Cuento cuántos mundiales he visto, y cuántos más, Dios mediante, podré ver en esta vida. No sé si hay mundiales en la otra vida (para comenzar no sé si existe otra vida), pero me imagino un mundial con jugadores como Maradona, Cruyff, Di Stéfano, Sócrates, Pelé y con gradas de angelitos alados y diablitos pegando brincos, un encuentro por ejemplo entre la selección del infierno contra la selección de cielo, con San Pedro y Belcebú como entrenadores. ¿Quiénes juegan para el cielo y quiénes para el infierno? Buena pregunta…
Disculpen la ocurrencia, escribo ahora en plena capilla ardiente, estoy sentado al lado del féretro donde descansan los restos de mi amigo “Monche” Castillo, en vida un gran deportista que perdonaba todas mis travesuras. A él va dedicado el Domingo Kultural de hoy.
Continuamos
Cada cuatro años, el mundo se detiene, el mundo se convierte en un balón, y el ausentismo laboral aumenta, las ventas de cervezas y parrillas se disparan, y los carros se adornan con banderitas de los diversos países y selecciones que compiten. Este año he visto menos (le pela sigue siendo dura a pesar de la invasión del Imperio mesmo), pero espero que la tendencia cambien durante la semana que comienza.
Aquí no hay excusas, todo el mundo se embochincha. Se arman grupos familiares, peñas, y no importa la hora; recuerdo una escena rocambolesca de un finado emprendedor, eterno aspirante a la Alcaldía del Municipio Girardot de Maracay, que hizo madrugar a los cocineros del mejor restaurante de la ciudad para invitar a 30 amigos a un desayuno VIP -juego mediante-, todo rociado con champán de los caros. El que tiene dinero marranea y el que no pues lo desea.
La verdad es que cada quien se tripea el Mundial como quiere, o como puede…
Nunca compré barajitas del álbum de Panini, tan fanático no soy, pero hice cosas peores: era un cuasi adolescente comerciante, andaba yo por Yaracuy manejando una vieja camioneta Apache, y en pedido llevaba una carga de chicharrón y cajas con botellas de manteca de cochino procesados en un emprendimiento familiar que serían entregados en aquellos andurriales.
Pues en mis recurrentes descuidos, como había partido del mundial, me senté en un chiringuito de la vieja carretera Panamericana a ver aquel juego trepidante de Francia contra Brasil, y me emocioné tanto que se me olvidó la camioneta, y cuando regresé me habían saqueado la carga. Siempre lo cuento, aunque no lo crean. Quién me manda…
Recuerdo haber visto grandes partidos, un encuentro colosal entre Inglaterra y Estados Unidos, en que el imperio les mostró el colmillo a los inventores del fútbol, o la mano de Dios en aquel partido de Maradona en México 86, o los portentos de Zidane con el balón, y de Ronaldo Nazario, el Fenómeno. También disfruté las proezas de Pelé.
¿Hasta cuándo?
Venezuela nunca ha ido a un mundial, nos toca el grupo más arrecho del planeta, una confederación de 10 equipos donde hay 10 campeonatos mundiales, y para colmo, con una gestión atroz de la directiva de la Asociación Venezolana de Fútbol. Peleamos como nunca y perdemos como siempre.
De estas eliminatorias de la Conmebol conservo un grato recuerdo y otro amargo. El 17 de octubre del 2023 fue una tarde noche maravillosa le ganamos a Chile 3 a 0 en Maturín; íbamos embalados…
En medio de la celebración olvidé a mí bella bicicleta de carreras. Al despertar de la euforia me percaté que los enemigos de lo ajeno dispusieron de ella. ¿Cuál es el animal que tropieza dos veces con la misma piedra?
La vida continúa
Paren el mundo que me quiero bajar, gritaron los Beatles. Bueno, ahí lo tienes, el mundo se para el jueves 11 por 40 días; todos seguimos adelante, la mayoría apoyando a Brasil y yo a España -por razones obvias- y al vecino Colombia también por razones obvias y pensando en la última cumbia de James (de hecho tengo una mesa reservada en un botiquín colombiano que celebra los juegos con Ajicato Antioqueño y ambientado con cumbias y vallenatos) aunque me deleita ese otro vecino y su juego bonito; de vez en cuando me escapo a los clubes y acompaño a las colonias apoyando a España, Portugal, aunque esta vez no contaremos con Italia porque los siguen ponchando en las eliminatorias. A ver si en el mundial que viene se llevan a Ancelotti de Brasil como entrenador y cambia su suerte.
No a la guerra: sólo amor y futbol
Mientras tanto el inexorable balón mundialista y ese hombre casi desnudo que solo cuenta con sus piernas y astucia salen el jueves, y con su magia ojalá logren que se suspendan las guerras, y todos los humanos -como los antiguos atletas en Grecia- tengamos salvoconductos para cruzar fronteras y abrazarnos sin ninguna enemistad. Que fluya la paz y que sólo brille el famoso cartelito de Eduardo Galeano: “Cerrado por fútbol.”
Parafraseando a Clausewitz, que el fútbol sea la continuación de la guerra y la diplomacia por la vía del espectáculo.
¿Cuántos mundiales has visto tú?
¿Cuántos más llegaremos a ver?
Esa es una pregunta existencial… y no me digan que no.
Nos vemos por ahí…

