El pasado 6 de abril, en este mismo espacio, publicamos un artículo cuyo título era El péndulo político se mueve hacia la derecha en el que comentamos la dirección en la que se viene moviendo la preferencia política actual.
Adolfo P. Salgueiro: El péndulo político hoy se mueve hacia la derecha
El resultado de la reciente primera vuelta electoral en Colombia, que anticipa el posible triunfo del candidato De la Espriella en la segunda del 21 de junio, más lo que se asoma en Perú, para la segunda vuelta de la elección presidencial del domingo venidero (triunfo bastante probable de Keiko Fujimori) parece confirmar lo que allí se afirmaba toda vez, que en la primera vuelta del pasado 12/13 de abril el total de 2.8 millones obtenido por ella representa un porcentaje de 17.9% frente a su oponente Roberto Sánchez, quien con poco más de dos millones logró tan solo 12.04%. Ello más los apoyos ya comprometidos, sugiere cual pueda ser el resultado final.
La arquitectura electoral del Perú, a partir de su vigente constitución de 1993, está concebida de una manera suficientemente insólita que ha permitido que desde 2018, al renunciar el entonces presidente Pedro Pablo Kuczinsky, haya sido sucedido por nada menos que cinco Jefes de Estado (Vizcarra, Merino, Castillo, Boluarfte y Jeri).
El tal Castillo (2021/2022) fue aquel tragicómico personaje que, en todo momento, incluyendo los más protocolares, lucía un exagerado sombrero campesino que permitía pensar que solo representaba a ese sector del electorado, lo cual no le impidió intentar un frustrado golpe de Estado “constitucional” que lo llevó a la cárcel donde aún se encuentra.
Perú, como casi todo el resto de América Latina, adolece del gran problema de la pobreza y consecuente exclusión de vastos sectores. Sin embargo, hay que tener en cuenta que toda la inestabilidad política antes comentada no se ha visto trasladada a la economía, la cual -con las necesarias adaptaciones- se ha mantenido en un camino constante que ha podido garantizar un desarrollo bastante sostenido pese a las peripecias vividas en lo político. Justo es reconocer también que ese rumbo fue iniciado durante el mandato del presidente Alberto Fujimori (1990/2000), padre de la actual candidata, quien, apartando los excesos en materia de derechos humanos que se le atribuyeron, logró sacar al país del foso en el que se encontraba.
Hoy día, después de cuatro intentos, la señora Keiko Fujimori, de 51 años de edad, con un bagaje educacional ciertamente envidiable (Columbia Business School, New York State University y Universidad de Boston) más amplia experiencia parlamentaria, aspira nuevamente a ocupar la presidencia del Perú. La apreciable diferencia de votos a su favor en la primera vuelta más el apoyo ya anunciado por algunos de los demás candidatos que participaron, permite suponer que su elección definitiva es más probable que la de De la Espriella en Colombia, aun sujeta también a una segunda vuelta.
Adicionalmente, la composición del Poder Legislativo pudiera asegurar a la señora Fujimori que no la destituirán en el primer año, como casi se ha hecho costumbre. En la Cámara de Diputados, su partido Fuerza Popular cuenta con 41 de los 130 miembros y en el Senado con 22 sobre un total de 31, lo cual permite suponer que con algunas negociaciones y consensos pueda superar las inconveniencias que dificulten la gobernabilidad.
Por el contrario, su oponente, Roberto Sánchez, es un psicólogo con experiencia como líder local en el interior del país, actual diputado y -peor aún- exministro en el gobierno de Pedro Castillo, lo cual, sin duda, no es una credencial para exhibir con orgullo.
El debate televisivo transmitido en estos pasados días entre ambos aspirantes dejó -en nuestra opinión- muy en claro, cuáles son las orientaciones de cada uno de ellos. De lo que allí vimos resulta evidente que Fujimori maneja un cuadro más realista que su oponente, quien se limitó a expresar buenos deseos e intenciones, sin explicar el marco de la factibilidad y posibilidad.
Justo es expresar que el referido debate, siendo escenificado para convencer a los votantes, se mantuvo en un tolerable marco de respeto y civilizada confrontación. lo cual mucho dista de los lamentables episodios vistos en similares ocasiones entre los candidatos Trump y Biden o en Argentina, entre Milei y Massa, en noviembre de 2023.
Aun cuando el resultado final de la segunda vuelta colombiana no tiene un ganador seguro, parece razonable anticipar que De la Espriella sea el vencedor, lo cual pudiera conducir a Colombia por un nuevo rumbo bastante diferente al caos actual en que tanto su economía, la seguridad y su política exterior están en absoluto entredicho.
No podríamos cerrar este comentario sin tener en cuenta la elección de Hasfura en Honduras este mismo año, cuyo muy ajustado resultado se desenredó tan solo cuando el “Gran Elector” (Trump) sugirió que fuese Hasfura el ungido. Lo mismo está ocurriendo en el marco colombiano cuando el presidente norteamericano ya se ha pronunciado -sin recato alguno- por De la Espriella, lo cual, seguramente, dará lugar a comentarios condenatorios de la renovada costumbre “imperial” que le autoriza a tener injerencia en los asuntos de su “Patio Trasero” y, peor aún, si esa cuestionable práctica pretendiese intervenir en el venidero proceso democrático que aspiramos para Venezuela, donde esperamos no se repitiera una bochornosa actuación del impresentable Elvis Amoroso.
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