pancarta sol

Crisanto Gregorio León: No te aterres, buen juez, que esto no es contigo.

 

Soy Lucifer, el cobrador; vengo a pedirle cuentas solo a las almas malvadas.

El derecho, cuando se despoja de su función protectora para convertirse en un mecanismo de extorsión, se revela no como una ley, sino como la manifestación más refinada del caos organizado que devora la estructura social desde sus entrañas. Frédéric Gros.

¿Cuántos hombres inocentes has enviado a la ergástula, juez de toga manchada y alma estéril, mientras pretendes erigirte como un semidiós sobre las cenizas de la libertad ajena? Te interpelo, no desde la norma escrita que violas y destruyes en el afán de tu corrupción para tus fines inconfesables, sino desde la esencia sombría de tu función, esa que has prostituido bajo el peso de una ambición que no conoce fronteras. ¿Es acaso la balanza de Temis un mecanismo para medir el valor de tus extorsiones? Cuando un hombre justo se desmorona en su ergástula personal, víctima de tu hambre de poder, ¿acaso crees que tu negligencia, ese desprecio absoluto por el principio iura novit curia, permanecerá oculto bajo el manto de una impunidad que, aunque terrenalmente protegida, es ante la mirada de las tinieblas una herida abierta? La ignorancia del derecho, que ostentas como un escudo para ocultar tu falta de solvencia intelectual, es apenas la primera de tus miserias.

Tu soberbia, alimentada por los espejismos de una psicopatía narcisista que te hace sentir dueño de la vida, es la raíz de tu degradación. Te crees deidad porque vistes una prenda que te otorga una potestad que no mereces, una autoridad que utilizas no para impartir equidad, sino para saciar un ego que devora todo a su paso. ¿Qué ocurre en tu interior cuando decides ignorar el padecimiento de quien enferma en la oscuridad de la prisión? Ese silencio que guardas, esa falta absoluta de remordimiento, no es señal de fortaleza, sino de una atrofia moral profunda. No sientes pesar porque, en tu delirio, has deshumanizado a quienes sentencias, convirtiéndolos en meras cifras dentro de un expediente que, para ti, es solo una transacción pendiente.

El soborno se ha convertido en el lenguaje que mejor dominas, un idioma de sombras donde el precio de la libertad fluctúa según la urgencia de tu codicia o el capricho del momento. ¿A cuántos hombres has condenado porque no lograron alcanzar la cifra que exigiste en la clandestinidad de tu despacho? La perversión de este acto trasciende el delito común; es un asalto a la estructura misma de la sociedad. Al convertir el proceso penal en una subasta, destruyes la confianza del ciudadano y siembras un desierto donde antes florecía el derecho. No te importa si la enfermedad consume al inocente, ni si la vida se le escapa entre los barrotes; para ti, el ser humano es una mercancía desechable.

¿Cómo te atreves a dictar sentencia si tu conocimiento es un túnel oscuro, donde ni siquiera las luces naturales de una toga de estudioso logran revelar una mínima claridad? Bien decía el Libertador que “moral y luces son nuestras primeras necesidades”, y tú has naufragado en ambas: te falta la luz de la doctrina que ordena el pensamiento, la luz de la jurisprudencia que marca el camino de la justicia, la luz de la ética judicial que dicta la rectitud, y la luz de la argumentación jurídica que justifica la libertad del hombre. Sin este conjunto de luces, tu ejercicio de la magistratura no es más que una incursión en la barbarie, un acto de tiranía que se pretende llamar ley cuando, en realidad, solo es el reflejo de una oscuridad moral que ha sustituido el saber por la codicia.

La patología de tu narcisismo te impide comprender que, al emitir un fallo injusto, te condenas a ti mismo a una existencia marcada por la hipocresía. Te observas en el espejo y ves un magistrado, pero ante el estrado donde ahora te encuentras, todos tus recursos serán declarados inadmisibles y tu pretensión carece de derecho. Tu falta de sentido de culpa es el síntoma más claro de un trastorno que ha invadido tu capacidad de empatía, convirtiéndote en un agente del caos bajo el disfraz de la legalidad. En este instante, Lucifer susurra en tu despacho: “¿Te crees libre tras esos muros, pequeño servidor del engaño? No te equivoques. Yo no vengo a tentarte, vengo a ejecutar una sentencia donde no cabe la apelación; vengo a cobrar los intereses de cada lágrima que has provocado por treinta monedas de plata. El estrado es mi banquillo, y tu toga es, en realidad, el sudario de tu futura irrelevancia”.

Lucifer te observa desde la esquina de tu propio escritorio, esperando el instante en que tu última extorsión sea completada. No temas a las leyes humanas que ya has doblegado, ni a los hombres que has silenciado con tu miedo. Teme, en cambio, a la rendición de cuentas que te espera cuando el velo se desgarre. No eres el amo del proceso, solo eres el próximo en la lista de quienes, habiendo vendido su capacidad de discernir el bien del mal por una moneda de cambio, terminan siendo devorados por el mismo abismo que ayudaron a construir. Las cadenas que forjaste para los hombres justos son, en realidad, los eslabones de tu propia condena eterna, y el cobrador ya está al otro lado de la puerta.

«¡Si no es contigo, que te resbale!:» El presente texto constituye un ejercicio de ficción jurídica y narrativa literaria, diseñado como una hipótesis de trabajo para exponer, mediante la hipérbole y el análisis doctrinario, situaciones que no son correctas y no deberían presentarse en la praxis judicial, con el fin de ilustrar los vicios procesales desde una perspectiva académica y docente. Ni la imagen que ilustra este artículo, ni la descripción de conductas, ni los arquetipos narrativos aquí expuestos se refieren a ningún funcionario público real, ni en ejercicio, ni en retiro, ni a persona natural o jurídica determinada. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Este escrito se ampara en el derecho fundamental de los intelectuales a la libre expresión, el pensamiento crítico, la investigación y la labor de contraloría social, principios protegidos por la UNESCO y por la jurisprudencia consolidada de la Corte Interamericana de Derechos Humanos sobre el derecho a la crítica de las instituciones. Por tanto, toda interpretación que pretenda identificar a sujetos reales en este análisis es ajena a la intención del autor; valga recordar el aforismo: «Excusatio non petita, accusatio manifesta» (El que se excusa sin habérselo pedido, declara que es culpable). En consecuencia, este artículo es una invitación a la reflexión sistémica y académica; si alguien siente que el zapato le queda, es una revelación que proviene exclusivamente de su propia conciencia, no del texto.

La tiranía judicial es el grado máximo de corrupción, pues al utilizar la ley para subvertir el derecho, el juez no solo asesina la libertad de otros, sino que ejecuta el suicidio moral de su propia alma ante el tribunal de la eternidad. Pascal Quignard.

Profesor Universitario – crisantogleon@gmail.com

 

Tradución »