Existe un concepto poco transitado fuera de los círculos académicos que, sin embargo, ilumina con notable precisión ciertos virajes históricos que vistos en retrospectiva parecen súbitos. Es la llamada Ventana de Overton.
Su premisa es sencilla, aunque sus implicaciones son profundas: toda sociedad delimita un campo de lo pensable. Dentro de ese campo habitan las ideas aceptables; fuera de él, lo impensable. Pero ese perímetro no es fijo. Se desplaza y en ese desplazamiento, lo que ayer parecía radical termina volviéndose razonable; lo que se juzgaba imposible acaba adoptando la forma de lo inevitable. Las grandes transformaciones políticas no nacen en los decretos ni en los palacios, sino en una mutación previa: la de lo que una sociedad considera normal.
La historia reciente ofrece ejemplos elocuentes. La caída del Muro de Berlín, el fin del apartheid o las transiciones en Europa del Este no comenzaron con reformas institucionales, sino con una alteración silenciosa en la imaginación colectiva. Primero cambió la expectativa; después, la realidad.
Venezuela parece asomarse a un momento análogo.
Durante años, el país fue narrado —y en buena medida asumido— como un sistema inmóvil. Había elecciones, negociaciones intermitentes, ciclos de sanciones más o menos severas, pero el núcleo del poder permanecía inalterado. Se instaló así una idea persistente: el poder podía erosionarse, pero no transformarse. Cada crisis, lejos de abrir una grieta, terminaba reforzando la sensación de permanencia.
Sin embargo, las sociedades no se sostienen únicamente sobre instituciones. También se organizan en torno a símbolos y cuando los símbolos se reconfiguran, el poder comienza a desplazarse antes de que los gobiernos lo registren.
Ese desplazamiento, hoy, empieza a insinuarse.
Los datos de opinión pública ya no reflejan únicamente malestar económico o rechazo a una gestión concreta. Sugieren algo más profundo: un corrimiento en los límites de lo políticamente imaginable. El lenguaje de la resignación pierde terreno. En su lugar emerge otro, aún impreciso pero inequívoco: el de la expectativa.
La mayoría de los venezolanos ya no discute si el sistema debe cambiar, discute cuándo cambiará y bajo qué reglas se ordenará el día después.
La diferencia no es retórica; es histórica. Supone el tránsito de una sociedad sometida a una sociedad que comienza a ensayar mentalmente sus alternativas.
En los sistemas autoritarios, el control no descansa solo en la coerción institucional. Depende, en gran medida, de una operación más sutil: la administración de las expectativas. Un gobierno puede sobrevivir largos periodos sin legitimidad, siempre que logre persuadir a la población de que no existe alternativa viable. La resignación, en ese contexto, se convierte en un instrumento de gobernabilidad tan eficaz como cualquier aparato coercitivo.
Pero cuando esa resignación se fractura de manera simultánea en millones de individuos, el equilibrio psicológico cambia.
Las encuestas apuntan precisamente en esa dirección. La demanda de transformación ya no es marginal ni ideológicamente acotada. Se ha convertido en una expectativa social compartida y su relevancia no reside solo en la magnitud, sino en su capacidad de alterar conductas.
Porque los individuos rara vez actúan únicamente por convicción personal, actúan cuando descubren que no están solos.
En el momento en que el ciudadano advierte que su percepción es compartida, el miedo pierde eficacia. Lo que era una opinión privada adquiere estatuto de norma social. Es ahí donde la Ventana de Overton se desplaza de verdad: no en el discurso oficial, sino en la conciencia colectiva.
Mientras esto ocurre dentro de Venezuela, en Washington se perfila una mutación paralela, aunque de naturaleza distinta.
Las recientes declaraciones del secretario de Estado, Marco Rubio, ofrecen indicios de ese viraje. Durante años, el enfoque estadounidense giró en torno a la presión máxima, el aislamiento y el cambio de régimen. Hoy el vocabulario se ha desplazado: estabilización, seguridad energética, auditoría petrolera, reducción de riesgos estratégicos.
No es un cambio meramente semántico. Es una reconfiguración del problema.
Para Washington, Venezuela ya no es solo una cuestión ideológica. Es una pieza dentro de un tablero más amplio, donde confluyen energía, rutas comerciales, seguridad regional y la influencia de actores extrahemisféricos.
De ahí que las prioridades no coincidan plenamente.
La sociedad venezolana piensa en transición.
Washington piensa en estabilización.
El poder interno, en preservación.
Tres temporalidades superpuestas, avanzando a ritmos distintos.
La sociedad parece ir por delante —no solo de sus instituciones, sino también de los marcos de interpretación externos—, mientras quienes administran el poder continúan operando bajo supuestos que pertenecen a una etapa anterior.
La historia sugiere que estas desincronizaciones rara vez son sostenibles. Más temprano que tarde, se convierten en el núcleo de la inestabilidad.
El problema más delicado para cualquier sistema no es la oposición organizada ni la presión internacional, es la brecha creciente entre la experiencia social y el relato oficial. Cuando esa distancia se vuelve demasiado amplia, la política deja de ser una disputa de programas y pasa a ser una disputa por la interpretación misma de la realidad.
Eso es, en esencia, lo que comienza a perfilarse en Venezuela.
Una parte significativa de la sociedad imagina el futuro como si la transición fuese ya un hecho. El interinato, en cambio, actúa como si aún pudiera gestionar indefinidamente el presente. Washington intenta evitar que cualquier cambio derive en vacío.
Tres actores, tres lecturas, un mismo país.
Sin embargo, las transiciones no suelen resolverse a favor de quien posee más poder formal, sino de quien interpreta con mayor precisión la dirección del cambio social.
Los sistemas pueden resistir crisis económicas prolongadas. Pueden adaptarse a sanciones y sortear presiones externas. Lo que les resulta mucho más difícil es sobrevivir a la pérdida de significado.
Cuando una mayoría deja de creer en el relato que sostiene al poder, ese poder no desaparece de inmediato, pero comienza a vaciarse. Conserva estructuras, pero pierde narrativa. Conserva instituciones, pero pierde legitimidad. Conserva control, pero pierde horizonte.
Y es entonces cuando el futuro empieza a filtrarse en el presente, casi sin ruido.
Quizá por eso la pregunta decisiva ya no sea quién controla el Estado, sino quién comprende mejor la transformación que ocurre en la mente de los venezolanos.
Porque toda transición ocurre dos veces: primero en la imaginación colectiva; después, en las instituciones.
La primera, todo indica, ya ha comenzado.
La segunda aún está en disputa.

