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Jesús Puerta: Notas críticas acerca de la IA. A propósito de “magnifica humanitas”

 

Ya llevamos más de tres décadas desde que se declaró la llegada de la cuarta revolución científico-técnica de la Humanidad, en el marco del capitalismo (hay que decirlo), descrita por numerosos estudiosos, entre los que destacan la venezolana Carlota Pérez y M. Castels, entre muchos otros. Como se sabe, estos cambios profundos en las fuerzas productivas que implica la introducción de nuevas tecnologías, formas de organizar el trabajo, insumos distintivos, incremento de la productividad, inversiones, reformulación de las fronteras y muchas consecuencias más allá de lo económico, incluyendo transformaciones en las formas de dominación propiamente económicas, ideológicas y políticas, siempre dentro del mismo modo de producción que, ahora sí, es absoluto y sin fronteras.

La introducción de las tecnologías digitales, la INTERNET y hace ya varias décadas, la Inteligencia Artificial, en prácticamente todos los ámbitos de actividad humana, estaba prevista desde la década de los ochenta, cuando ya se abrían las perspectivas de la robotización en la industria y del comercio en Internet, creando nuevas formas productivas como la aparición de la figura del “prosumidor”, como llamó aquel futurólogo Alvin Toffler a aquel agente que especificaba las características de los nichos de mercado gracias a la circulación instantánea de la información en el proceso mismo del consumo. En los noventa, las organizaciones internacionales ya preveían el uso masivo de Internet en la educación y la salud, pero la pandemia del COVID 19, en 2020, aceleró la digitalización de varios sistemas educativos. No siempre con resultados celebrables. Ahí tenemos por ejemplo el caso de Suecia que decidió, después de haber introducido el uso de las redes sociales y los dispositivos móviles en la actividad académica, prohibir el uso de esas tecnologías debido a sus impactos negativos en la plasticidad de los cerebros de los niños y la aparición de varios trastornos psicológicos como el tecnoestrés, la adicción a la tecnología y otros trastornos de comportamiento y atención en los jóvenes.

La explosión del uso de la digitalización tuvo tal empuje que se encendieron varias luces rojas. Como la IA irrumpió incluso en el proceso judicial, con jueces electrónicos en China, Argentina, Colombia, Chile, EEUU y varios países europeos, se levantaron varias alarmas que llevaron a la suscripción internacional de acuerdos éticos y legales y el pronunciamiento de organismos como la ONU y la OMS. Sin considerar obras divulgativas como Armas de destrucción matemática (O’Neil 2016), Sapiens (Harari, 2018) o El Filtro Burbuja (Pariser, 2017), hay iniciativas de amplio calado que van desde la reglamentación de la Inteligencia Artificial en la Unión Europea, a la Future of Artificial Intelligence Act del Congreso de Estados Unidos (2017) o los principios de Beijing (2019); los marcos éticos para la Inteligencia Artificial de UNESCO o la OCDE; la estandarización orientada a la ética de la IEEE o la ISO (las normas ISO 26000) o, en el ámbito del sector privado, el foro de Asilomar o las distintas iniciativas individuales de cada empresa. En general, el llamado consenso de Harvard, observa unos puntos en común en todos ellos que es necesario considerar para que no se vean afectados: defensa de los derechos humanos, el resguardo de la privacidad, la ausencia de sesgos, la sostenibilidad ambiental, la transparencia en la toma de decisiones, la rendición de cuentas si se cometen aciertos o errores en las decisiones que tome el automatismo, la seguridad, el control humano en la última decisión. En estos momentos se está discutiendo una ley en México para limitar el uso de la IA en espacios como el marketing y el manejo de información política. Estas resoluciones éticas y legales buscan responder a los problemas que van desde la destrucción de sectores económicos, a riesgos para la vida humana, la propiedad intelectual o la discriminación por razones de identidad.

No es casual que esta respuesta a lo que se percibe como un conjunto de riesgos, sea de un género ético o legal. Ya varios autores, como el filósofo Alain Badiou advertía que la desaparición de una alternativa social de conjunto al capitalismo, que trajo consigo el derrumbe del campo socialista, desplazaba e influía en la manera misma de plantearse los problemas. A lo mismo apuntaba Fred Jameson cuando resaltaba, a propósito de la ciencia ficción, que la imaginación se estaba limitando a imaginar con facilidad el fin del mundo, con todos esos mundos distópicos, que el fin del capitalismo.  Desde los 90 se pusieron de moda los abordajes éticos, entre liberales y comunitaristas, entre contractualistas y decisionistas, etc,, dejando de lado el sano punto de vista de la totalidad que parte de que estamos hablando de un cambio, sí, pero dentro del marco del mismo capitalismo de siempre. Se trata entonces se situarse en una visión histórica de las formas de dominación capitalistas.

El materialismo histórico siempre vincula los cambios tecnológicos y de las fuerzas productivas con nuevos períodos históricos. En este sentido, son tan valiosos los aportes de Carlota Pérez, como los de Castels y otros, como Yanis Varoufakis que incluso sugieren que hay un cambio en el propio modo de producción, y propone el concepto “tecnofeudalismo” de mucha discusión. El hecho es que, en el comercio y la producción, ya hace tiempo que existe el “prosumidor” de Toffler, es decir, el consumidor que al consumir produce datos aprovechables, igual que, con la Industria Cultural analizada por T. Adorno, el entretenimiento o “tiempo libre” ha devenido en tiempo que se explota. Cualquier consumo cultural en la web, se convierte en datos que son transables en el mercado.

También es curioso, desde un punto de vista político, cómo las utopías de un Stallman o un Linux, programadores que visualizaron una sociedad de cooperación entre iguales a través de Internet, fueron descartadas a favor de jugosos negocios, al cercarse el ciberespacio, como ocurrió al cercarse, en los inicios de la revolución industrial en Inglaterra, lo que antes era gratis, las tierras comunales. Así mismo, se entiende el progreso de la propiedad intelectual en los acuerdos internacionales de comercio. Es decir, se privatizó lo común que era la comunicación por la red. De ahí surgieron los gigantes de la web como Facebook y otros, que dieron nacimiento a una nueva clase burguesa internacional, la “aristocracia” de Sylycon Valley, los monstruosamente millonarios, las grandes compañías de tecnología, Internet, IA y RX, propiedad más ricos de los ricos en el mundo. A lo económico (nuevas formas de acumulación de capital) y social (surgimiento de una nueva fracción del capital) se agrega una expresión política e ideológica, que se expresa en la llamada “Nueva Derecha”, detrás de Trump, y documentos como el manifiesto de Palantir, llamado hoy “manifiesto del tecnofascismo”. Todo ello, en el marco de la configuración de una nueva guerra fría entre China y EEUU, por la cual se reestructura todo el panorama geopolítico mundial

Por ello son saludables gestos, claramente políticos, como la nueva Encíclica de la Iglesia Católica, Magnifica Humanitas, con olor a teología de la libración, o al menos de un humanismo necesario frente a la emergencia del tecnofascismo y algunas ideologías que hay que mirar con desconfianza: el transhumanismo, el Cyborg, etc. El Papa analiza cómo los algoritmos y la automatización impactan de forma directa en las estructuras básicas de la convivencia humana: la verdad, la dignidad del trabajo y la libertad. La IA generativa y las redes sociales han llevado la desinformación a niveles que superan la tradicional “posverdad”, distorsionando el imaginario colectivo mediante la creación masiva de realidades simuladas o engañosas. Ante lo cual hay que construir un entorno informativo sano, donde la tecnología no secuestre la atención ni polarice a la sociedad. La salud de la democracia depende directamente de la transparencia de los datos y de la defensa de la verdad objetiva. La digitalización de la educación debe garantizar la protección de los jóvenes de fenómenos alienantes como la adicción a las pantallas, el control de su atención y la manipulación de sus deseos.

En cuanto al trabajo, León XIV denuncia que la economía digital puede generar “nuevas formas de servidumbre” y exclusión, alerta sobre el desplazamiento masivo de trabajadores sin una red de contención social. La tecnología debe complementar y enaltecer el ingenio humano, no sustituir al trabajador por mera eficiencia de costes. Además, el Papa criticó el “extractivismo de la personalidad íntima”, donde los datos personales se convierten en mercancías comerciales o de vigilancia masiva, y advirtió respecto a los algoritmos predictivos, hoy en día a usados como herramientas de control social o condicionamiento conductual frente a lo cual hay que levantar la libertad humana debe prevalecer frente a las dependencias corporativas o paraestatales.

El Papa, al parecer como respuesta a documentos del tecnofascismo, como el manifiesto Palantir, expresó una profunda alarma por la integración de la inteligencia artificial en los sistemas militares y la automatización de la fuerza letal. Criticó el falso “realismo político” y los poderes supraestatales que ignoran el derecho internacional. El avance tecnológico desregulado en manos de potencias militares alimenta una “fuerza sin límites” que tiende a normalizar los conflictos armados, borrando de la vista el sufrimiento humano.

Por supuesto, la respuesta del Papa se enmarca en el pensamiento de Agustín de Hipona y lo rescatable del humanismo cristiano. Exige recuperar la empatía y juzgar la historia desde el sufrimiento de los más vulnerables y las víctimas de los conflictos. Para eso, hace un llamado a una regeneración ética de la diplomacia global. El Papa aboga por un multilateralismo renovado y vinculante, donde científicos, empresarios, gobernantes y la sociedad civil se sienten a la mesa para regular la IA en favor de la paz y la justicia.

Para nosotros, el Papa se ha quedado corto, porque su visión no llega a caracterizar las bases materiales (o sea, el capitalismo) de esta amenaza a la Humanidad. Por otra parte, no se trata de reeditar el ludismo y promover la destrucción de esta tecnología. Se trata de reorientar el curso de las investigaciones y de sus usos, hoy en manos de un grupito de supermillonarios, que se enriquecen con las guerras, las enfermedades mentales, la intolerancia política e ideológica, al tiempo que fomentan la inhumanidad de un nuevo fascismo.

 

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