El pasado viernes 29 de mayo de 2026 dejó de existir Edgar Morin, el padre del Pensamiento Complejo y uno de los más influyentes intelectuales del siglo XX y XXI. Su dilatada labor intelectual es reconocida en los diversos centros de enseñanza e investigación del mundo. Por eso su partida constituye una gran pérdida en el ámbito académico.

Edgar Morín.
Este filósofo y sociólogo francés es ampliamente reconocido por su lucha contra la fragmentación del conocimiento y su defensa de la ética ciudadana. El mundo intelectual está de luto por su partida porque sus aportes a la epistemología trastocaron fuertemente los cimientos de la ciencia tradicional, lineal y mecanicista que se formuló bajo los criterios newtonianos y cartesianos.
De formación izquierdista, Morin impuso una novedosa visión en los campos de la filosofía, la sociología y la educación con su célebre Pensamiento Complejo, sustentado en la capacidad del ser humano para conectar las partes con el todo e integrar las distintas disciplinas científicas para producir conocimiento. Esta perspectiva contrasta con la visión reduccionista de la ciencia que mutila y simplifica la realidad.
Durante su agitada vida fue un ferviente activista de las libertades y la democracia, más allá de su abnegada pasión por la investigación y la producción de libros hasta sus últimos días de vida. Estaba a punto de cumplir los 105 años cuando partió de este plano terrenal, lleno de lucidez y preocupado por el destino incierto de la humanidad. Su mayor legado es elaborar una gigantesca serie de seis volúmenes qué denominó El Método, escrita durante casi 30 años, entre 1977-2004. En ella resumió su propuesta del Pensamiento Complejo para unir disciplinas que se habían mantenido fragmentadas como la física, la biología, la cibernética y la biología.
Además, propuso tres principios clave de la Complejidad que rompen con la lógica clásica y permiten abordar la realidad con multiplicidad de dimensiones. El primero es el principio dialógico qué sintetiza la dualidad en el seno de la identidad, el orden y el caos simultáneamente. El universo se organiza y crea vida (orden) a partir de colisiones y caos (desorden). Ambos conceptos no pueden vivir sin el otro. El segundo es el principio de recursividad, es decir, los efectos y los productos son, al mismo tiempo, causantes y productores de aquello que los creó. El tercero es el principio hologramático, es decir, las partes está en el todo y el todo está en las partes.
Morin cuestionó la fragmentación del conocimiento, impulsada por el “cogito ergo sum” de Descartes. Esa fragmentación cognitiva es uno de los peores peligros de la humanidad porque nos convierte en ciegos frente a los problemas globales, del planeta. Nos produce una “ceguera inteligente”, puesto que surgen expertos conocedores de un área específica pero suelen ignorar el contexto general. Advertía que la realidad es poliédrica e interdendiente, por lo que al parcelarla destruye las relaciones entre las variables o acontecimientos que se dan en ella.
Visto este reduccionismo científico, resulta difícil que el sujeto pueda resolver la crisis del planeta y de la propia humanidad. Los problemas actuales (cambio climático, pobreza, crisis política) son transversales por lo que no se pueden resolver desde una sola disciplina científica. Por eso apostó por una educación transdisciplinaria que permitiera derrumbar los muros entre las ciencias naturales y las ciencias sociales. Apostó en enseñar a los estudiantes a conectar los saberes en vez de memorizae datos separados. Resulta reconfortante leer su ensayo “Los siete saberes necesarios para la educación del futuro”, auspiciado por la UNESCO, donde sienta las directrices para enseñar la condición humana y desafiar las incertidumbres que reinan en nuestra vida cotidiana.

