Domingo Kultural.
Faltan 10 días para el Mundial de Fútbol, que será el evento más serio e importante que tendremos en agenda durante un mes, opacando cualquier otro. A menos, claro, que Trump y Rubio aprovechen la distracción e inventen una vaina en Cuba.
Mientras tanto, vamos con nuestros temas frívolos dominicales de siempre, y demás menudencias anecdóticas.
Acaba de morir Edgar Morin, sin arrepentirse de lo vivido, lo bebido, y lo tenido; como debe ser. Dejó una obra extensa y diversa; por algo lo llaman el “teórico del pensamiento complejo”.
Se fue ese titán habiendo cruzado la barrera de los 100 años con una lucidez que desafiaba a la biología— y esto no es un obituario común; es la celebración de un siglo entero de pensamiento libre, rebelde y profundamente vital. “Creo que he vivido mucho tiempo (104 años) porque no he sido rencoroso”.
Antes -con el permiso- para variar, voy con una de mis digresiones recurrentes: sabía poco de Edgar Morin, salvo que estuvo por aquí y un viejo conocido intelectual me invitó a una conferencia en la UCV, corría el año 2000.
-Mira carajito para que te pongas las pilas no te pierdas mañana al filósofo Edgar Morin…
Morin era el invitado del profesor Rigoberto Lanz, a quien yo había conocido hacía tiempo en San Félix (1972), tenía yo 18 años y decidí -mochila mediante- hacerme un autorregalo por haber culminado el bachillerato: conocer Ciudad Guayana, la metrópoli venezolana de moda por su planificación y desarrollo y comunión entre el urbanismo y la naturaleza. En ese polo de desarrollo potente e impresionado por la multitud de obreros orgullosos de sus cascos y overoles conocí al sociólogo Lanz. Otra historia.
Soy sincero, no fui a la conferencia y tampoco le hice seguimiento al ilustre visitante francés. Hasta ayer que entré en cuenta; veo en las redes y hoy en todos los medios internacionales los grandes reportajes que hablan del fallecimiento del último de los grandes pensadores europeos modernos.
A remendar el capote, pues
Hoy desde temprano, puse en marcha el buscador. Leí todo lo que pude sobre el polifacético intelectual: Historiador, Filósofo, Sociólogo, Geógrafo, Economista y licenciado en Derecho.
Morin no fue un académico de escritorio; fue un pensador de trinchera, el padre del Pensamiento Complejo y un enamorado absoluto de la vida, de la incertidumbre y de estos pagos (una nostalgia del tango) latinoamericanos de samba y salsa. Por lo mismo hay unanimidad: tuvo una larga vida feliz. Se declaró esclavo del amor.
Un Filósofo con Pistola
Antes de los doctorados honoris causa y los libros de mil páginas, Edgar Morin (cuyo nombre real era Edgar Nahoum) fue un hombre de acción. Durante la Segunda Guerra Mundial, con Francia ocupada por los nazis, se unió a la Resistencia Francesa.
El origen de su nombre: “Morin” no es su apellido de nacimiento, era su seudónimo de guerra en la clandestinidad para que la Gestapo no persiguiera a su familia judía. Le gustó tanto el nombre que decidió conservarlo para siempre como su firma intelectual.
Era un filósofo espía: militaba en el aparato de propaganda y sabotaje. Llegó a ser Teniente Coronel de las fuerzas de liberación. Entró a la Alemania derrotada como oficial de información. Morin solía recordar con gracia que en esa época cargaba una pistola en el bolsillo y panfletos prohibidos bajo el brazo: “La muerte estaba tan cerca que la vida se volvía hiperbólica, cada minuto valía por un año”, decía.
A diferencia de otros intelectuales franceses eurocéntricos, Morin sentía una fascinación casi mística por América Latina. Decía que Europa estaba demasiado mecanizada y que el “calor de la complejidad viva” residía en nuestro continente.
Amaba el Caribe y la samba. Morin era un optimista antropológico. Estuvo decenas de veces en Brasil, Argentina, México y pasó por Venezuela. En sus diarios confesaba que no concebía la vida intelectual sin el cuerpo; se le veía en los bares de Río de Janeiro discutiendo epistemología mientras se tomaba una caipiriña y bailaba samba. Afirmaba que el carnaval de Río era una lección de sociología superior a cualquier tratado.
Mantuvo una postura crítica frente al régimen venezolano. Dejó amigos en la UCV.
Fue comunista en su juventud, pero su mente era demasiado compleja para los dogmas. En 1951 lo expulsaron del Partido Comunista Francés por publicar un artículo donde criticaba el estalinismo. Morin aprendió temprano que los partidos políticos odian la duda metódica.
Fue cineasta de vanguardia. En 1961, junto al antropólogo Jean Rouch, dirigió una película mítica de la Nouvelle Vague titulada Crónica de un verano (Chronique d’un été). Es la película que inventó el término Cinema Verité (Cine Verdad). Morin salía a la calle con un micrófono a preguntarle a los parisinos: «¿Usted es feliz?».
Se va el filósofo que dirigía películas, el comunista expulsado por pensar demasiado, el centenario que se seguía enamorando como un adolescente; se casó nuevamente a los 80 años. “Hay que vivir poéticamente porque todos los momentos de felicidad están llenos de poesía”.
Brindemos por él. No con el silencio acartonado de los cementerios, sino con la curiosidad encendida. Como él mismo escribió en sus diarios: «He vivido la vida intensamente, y he descubierto que el único antídoto contra el vacío es el amor y el pensamiento». Buen viaje, viejo y querido camarado. Y tenías razón: La primera y más fundamental resistencia es la del espíritu.
Nos vemos por ahí.

