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Rodolfo Izaguirre: Una revelación infernal

 

Tuve un sueño que puede considerarse más bien, si se quiere, como una pesadilla insólita e infernal. Estaban en la puerta del cielo San Pedro y Dios con sus barbas blancas, a imagen y semejanza nuestra, como nos enseñó la Santa Iglesia, discutiendo qué iban a hacer conmigo, porque ninguno de los dos me aceptaba en el cielo, porque confundían mi nombre con algún chavista impresentable o por temor a mis críticas; y habían recibido la notificación de que en el Infierno tampoco estaban dispuestos a recibirme, lo que explica por qué sigo viviendo en Caracas con 95 años encima.

La verdad es que no quiero ir al cielo prometido y mucho menos al Infierno tan temido. En este sentido, le escribí al Papa una misiva aún no respondida, en la que solicitaba su intervención para que Su Santidad resolviera mi problema

Mi relación con el Diablo tiene que ver con Cantinflas cuando lo conoció y le preguntó si era casado y el Diablo repreguntó: ¿Cómo lo sabe? Y Cantinflas dijo: ¡Por los cuernos! Desde entonces me burlo del Diablo y de sus payasadas infernales.

Lo que estaba soñando resultaba patético y entristecedor, porque lo que podía verse del cielo me pareció pobre y desconsolador, un lugar envejecido como el lenguaje mismo de la Iglesia que no convence ni conmueve a los jóvenes. Es cierto que todavía tiene poder, pero las armas de fuego las tienen quienes carecen del poder espiritual de la propia Iglesia.

Entonces vi pasar a un ángel y mientras los jefes discutían mi presunta aceptación lo llamé y le pregunté si era verdad que los ángeles comen mangos. Me miró, movió las alas y muy displicente dijo: “Será en otro cielo porque aquí ni mangos hay”.

No sabía lo que ocurría con el infierno, pero al soñar con él y saberlo, me golpeó en plena cara. El sueño reveló que entre políticos corruptos, jueces honorables, industriales exitosos y una brutalidad de gente que ignora qué es un escrúpulo, se conformaba un acuerdo con una nueva pero más siniestra Oderbrecht, mediante el cual cada uno recibía elevados sobornos para permitir el financiamiento de la transformación física del Infierno: es decir, convertirlo en un Paraíso, con verdes praderas, piscinas, hoteles cinco estrellas, residencias de suma elegancia y muchas chicas y chicos de alterne y tragos y espectáculos. Algo muy Berlusconi, muy Jeffrey Epstein. Una nueva Dubái, algo más sofisticado que el Country Club, más que la Romana de Santo Domingo. Una costosa tecnología, modernísimos sistemas hidráulicos, agua y ríos inventados. ¡Una estafa! Esto se comprende, porque muchos compatriotas mala conducta de estas últimas décadas saben que ningún país decente los va a recibir, a menos que los nacionales de esos países les abran las puertas y se dispongan a arruinarlos, cobrándoles el refresco en mil dólares y un precario paladar en diez mil o treinta mil y el hotel en un millón. Precisamente, lo que en una versión de Montecristo le hizo Edmundo Dantés al repugnante y despiadado Baron Danglars.

Desde luego, quedarían muy lejos y solo como pasatiempo turístico, las célebres y conocidas pailas, el azufre y el tradicional estanque lleno de heces donde los penitentes, gente chavista de calle, sin poder político o económico, se hunden cuando oyen la voz que advierte que pasará rasante una enorme y afilada cuchilla destinada a decapitarlos o lo hacen.

Desperté lúcido e intuitivo, clarividente, porque en verdad son muchos los chavistas o enchufados que, abrumados por sus fortunas adquiridas, sin nobleza alguna, no tienen donde refugiarse ahora que están caídos y ningún país decente estaría dispuesto a recibirlos, a menos que decidan despojarlos, como digo, de todo el corrupto dinero acumulado que cargan consigo y solo les quedaría una miseria en el bolsillo, además de la triste memoria de haber conocido una vulgar opulencia. Pero lo que no saben es que después de muertos y de haber invertido el dinero mal habido en un proyecto fantasma, costoso e inútil de la nueva Odebrecht no solo les esperan la eternidad, las pailas, el azufre y el estanque con su grito de advertencia.

 

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