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Elizabeth Bishop: Los hijos de los ilegales

 

Los hijos de los ilegales

 

En las apacibles laderas de los montes

juegan la motita de una niña y la de un niño

solas, y junto a ellas, la motita de una casa.

El ojo suspendido del sol

parpadea indiferente, y entonces vadean

gigantescas olas de luz y sombra.

Una inquieta mancha amarilla, un cachorro,

los vigila. Las nubes se están acumulando;

una tormenta se acumula tras la casa.

Los niños juegan a cavar agujeros.

El suelo es duro: intentan utilizar

una de las herramientas del padre,

un azadón con el mango roto

que apenas logran sostener entre los dos.

Cae con estruendo. Su risa esparce

resplandores en el cumulonimbo,

débiles chispazos de indagación

dirigidos como el ladrido del cachorro.

Y para su pequeña y soluble

arca indemne,

la aparente respuesta de la lluvia

consiste en una ecolalia,

y la voz de la Madre, fea como el demonio,

sigue llamándolos para que vuelvan a casa.

Niños, el umbral de la tormenta

se ha deslizado bajo vuestros zapatos enlodados,

mojados y cautivos, permanecéis entre

las mansiones de donde podríais elegir

una más grande que la vuestra,

cuya legitimidad perdura.

Sus documentos empapados preservan

vuestros derechos en cuartos anegados por la lluvia.


Elizabeth Bishop fue una poeta nacida en Worcester, Massachusetts, en 1911, distinguida como poeta laureada de los Estados Unidos (1949-1950) y el Premio Pulitzer de Poesía en 1956. Antes de su primer aniversario, su padre muere y, más tarde, ingresan a su madre en una institución psiquiátrica. Sin figuras paternas bajo las que arroparse y sin una ciudad o un país al que poder llamar hogar, Bishop no empezará a publicar hasta sus treinta nueve años, cuando sale a la luz North & South mientras ella vive en Nueva York. En un impulso por desprenderse de los lastres de su pasado, de su frágil salud y de su inclinación al alcoholismo, Bishop viaja a Río de Janeiro, donde vivirá los siguientes quince años de su vida en compañía de la arquitecta Lota de Macedo. Su obra, heredera de los maestros de la Alta Modernidad, como T.S. Eliot y Wallace Stevens, nos muestra una poeta apátrida, una eterna outsider, siempre entre los límites de la depresión y la vitalidad, entre el rigor y la espontaneidad.

 

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