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Najat El Hachmi: Mínimo muy mínimo

 

Pagar impuestos no solo es una obligación ciudadana sino una responsabilidad y hasta un orgullo del que estar satisfechos, como le decía Juan y Medio a Aimar Bretos. En la sala de espera de cualquier hospital, una se acuerda de cada céntimo depositado en las arcas del Estado y agradece formar parte de un sistema diseñado para tener servicios públicos. Al contribuir con nuestro trabajo formamos parte de una tupida red de solidaridad y, a pesar de la erosión que ha sufrido en los últimos años, supone una enorme conquista. El problema viene cuando descubrimos que existen agravios comparativos y que, fruto de acuerdos particulares e iniciativas legislativas, la fiscalidad no siempre es justa ni equitativa. Un ejemplo flagrante sigue siendo el Concordato con la Iglesia católica, ese privilegio por razón teocrática. En su visita al Vaticano, Pedro Sánchez se deshacía en alabanzas al jefe de un estado basado en la existencia de seres fantásticos y que encarna la antítesis de lo que es una democracia. No hay esperanza alguna para los laicistas que aspiramos a que Dios se quede en su casa y no gorronee en la de todos, ni siquiera con un Gobierno que se dice de izquierdas. También las grandes corporaciones con todos los recursos que tienen para ahorrarse el pago de lo que toca van agujereando esa red de lo común.

Otra de las cuestiones que afecta de forma directa a nuestra contribución a las arcas públicas y la hace poco ajustada a la realidad es el apartado del mínimo personal y familiar que aparece en la declaración de la renta. Está establecido en 5.500 euros cuando no se tienen cargas familiares y hace años que no se modifica. Esto supone que esa cantidad es la que necesita una persona para sobrevivir: menos de 500 euros al mes. Que me digan en qué rincón perdido de la geografía española eso es así, por favor; porque en una ciudad como Barcelona, donde el billete de metro vale 2,90 euros y el kilo de patatas no baja de 1,50 (el precio de la patata es el índice que usa mi madre para establecer el aumento del coste de la vida), resulta ridículo pensar que se puede vivir con un mínimo tan mínimo. Más aún cuando hay un enorme elefante en la habitación que no se está teniendo en cuenta desde que Rajoy eliminara las deducciones por el alquiler: que el techo solo, incluso el más humilde y precario, no puede cubrirse con esa cantidad. Mientras no se consiga solucionar el alza de los precios de la vivienda, lo justo sería tributar por lo que realmente tenemos y no por lo que ganamos y que se va directamente al casero.

 

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