Irracionalidad como actitud de muchos, como actitud nacional, como absurda ideología popular… Cuando los habitantes de una nación se entregan a la renuncia de sí mismos, a la negación de sus más elementales derechos por una obediencia ciega a poderes que los sojuzgan y mantienen como rehenes, nos hallamos ante unos de los más aberrantes comportamientos humanos: la inmolación de miles, de centenares de miles de personas como un acatamiento a la voluntad de algún “supremo designio”.
Solo la racionalidad puede contrarrestar el delirio de una población dispuesta al sacrificio supremo ante una entelequia, un espejismo, una mentira colectivamente obedecida. Racionalidad desgraciadamente ausente en sociedades sometidas al ideal de sectas, santones, regímenes, ejércitos y, en general, a la más diversa clase de posesos convencidos de su absoluta verdad en la interpretación del tiempo humano.
El trágico espectáculo de hace algunas semanas de miles de mujeres iraníes ataviadas con pesadas, largas sayas negras, acompañadas de sus hijos y ofreciéndose a la inmolación ante las bombas norteamericanas, se muestra como la patética metáfora de la deshumanización extrema, del total sacrificio de lo individual a una ideología religiosa. Aberrante imagen de seres convertidos en inhumana forma o despojo individual en el insensato propósito de dejar de existir para complacer mandatos ajenos.
Resuenan en todo esto los ecos de tantos y tantos holocaustos a lo largo y ancho de la historia de la Humanidad a causa de sistemas políticos o religiosos a los que únicamente importa una sola cosa: su perduración. Demoníaca potestad de poderes capaces de anular, en su propio beneficio, a millones y millones de personas convertidas en mártires para quienes jamás deberían haber merecido semejante sacrificio.

